Charly Sinewan | Aclimatándome al trópico entre buena gente
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Aclimatándome al trópico entre buena gente

Aclimatándome al trópico entre buena gente

Vuelta al Mundo en Moto Sinewan. Capítulo anterior

La carta del restaurante advierte que los precios pueden cambiar sin previo aviso. Internet no va hoy, son casi las dos de la tarde y he perdido lo que en Europa sería una valiosa mañana. Pero estoy en África, aquí todo es diferente, el tiempo tiene otro valor y las cosas no siempre se consiguen a golpe de banda ancha. He volado desde casa y no he tenido tiempo de aclimatarme.

Tengo que activar cuanto antes el súper poder del viajero. La paciencia

El trópico me arreó una bofetada de calor húmedo que me hizo sudar la camiseta desde el minuto uno. La gruesa chaqueta motera colgada del antebrazo me hacía sentir ridículo entre los muchos buscavidas que revoloteaban en chanclas por los aledaños del aeropuerto.

Un taxi me lleva a casa de Mounib, pasamos el control de seguridad, cruzamos el amurallado recinto, y mi amigo sale de su chalet a darme la bienvenida. Vive con dos ghaneses, el guardés de la casa y la chica que cocina y limpia, ambos viven en una pequeña construcción colindante a la casa. Así es el formato habitual de la clase media-alta en África

Casa de Mounib

En Ghana crecen este tipo de urbanizaciones acorazadas a la vez que aumenta este segmento de la sociedad. Las desigualdades son tremendas como en la mayoría de este continente sinsentido, pero aquí, a diferencia de la mayoría de los países del oeste, la economía crece con la inercia del oro, el petróleo, el cacao,  y la medianamente buena gestión de un gobierno  que no debe ser tan corrupto como otros. Mantienen además buenos acuerdos con los americanos, el presidente y Obama posan juntos en vallas publicitarias a lo largo y ancho del país. La precaria situación de miseria que vive este continente es inasumible, pero en Ghana las cosas van algo mejor que en los paises colindantes.

La estabilidad del país además cuenta con otro pilar importante, la religión. Son miles las iglesias, protestantes en su mayoría, las que se anuncian en cualquier rincón del país, al estilo americano, con predicadores de la palabra del señor que abarrotan enormes recintos en sus shows sectarios. Con micrófono y coro. Hay que ser bueno, no robar, no engañar, no mentir, trabajar, tener una familia, consumir, y sobre todo, no quejarse de la injusta desigualdad.

Predicadores

El gran dilema es qué es peor, vivir engañado en la miseria de un país cuya estabilidad brinda alguna que otra oportunidad, o vivir en algunos de los países colindantes, donde además de esa  misma miseria, si cabe peor, existe una inseguridad que imposibilita cualquier abismo de prosperidad.

Yo, como casi siempre, no tengo nada claro, la religión me parece el opio para el pueblo pero por supuesto respeto a los creyentes, además reconozco que la gran mayoría, sea cual sea su religión, se esmeran por ser buenas personas. Sin embargo detesto las instituciones religiosas y su manipulación. Un contrasentido más.

Cuanto más viajo más preguntas me hago y menos respuestas encuentro.

El Jueves es el último día útil para las gestiones esenciales antes de abandonar Accra, el Viernes y el lunes son festivos. Necesito el visado de Nigeria y encontrar un mecánico donde cambiar gomas, kit de arrastre, aceite y filtro.

Mounib me lleva a su fábrica donde aguarda la moto. Envuelta en una gruesa capa de mierda y polvo parece estar triste y aburrida. Me recuerdo que las motos no sienten ni padecen y que lo que estoy diciendo es una gilipollez, lo que está es sucia y punto, así que conecto la batería y sin mayor problema arranca, el motor ronronea y una enorme sonrisa me recuerda por qué estoy aquí. Vuelvo a viajar y eso me hace feliz.

Visado de Nigeria A base de dólares consigo el visado en una mañana. No es corrupción, las tarifas son oficiales y muy claras. El gobierno cobra cincuenta y seis dólares, la embajada de Ghana treinta, si no eres residente aquí otros setenta, y si además no quieres esperar hasta el martes, otros cincuenta. Doscientos seis dólares por entrar en un país que pienso cruzar en un par de días. Esto, junto a las veces que has de empaquetar la moto para meterla en un avión o en un barco, son las cosas que realmente encarecen los viajes largos en moto. La gasolina es lo que es y comer y dormir si no eres muy escrupuloso se puede hacer relativamente barato.

Son las cuatro de la tarde y estoy en la puerta de la embajada de Nigeria. En el interior del topcase tengo un kit de arrastre y un filtro de aceite, y en el exterior un pulpo que agarra dos neumáticos Continental TKC 😯 que aún huelen a caucho. Necesito un taller y no tengo ninguna referencia. Me dirijo al centro a ver qué me depara el azar.

Yo creo que generalmente tengo mucha suerte, también es cierto que al ser optimista y a veces un poco irresponsable, me pongo en situaciones que motivan que me pasen cosas aparentemente excepcionales, pero que quizá son más probables de lo que pensamos. La buena gente anda suelta por las calles, hay que prevenirse de la mala pero intentar abrirse a la buena.

Paro en un semáforo y escucho cómo se aproxima un sonido reconocible, miro por el retrovisor y veo unos focos con estrabismo. Mi vista está perfecta, no es eso, me refiero a los focos de la moto que se acerca, que son bizcos.

Bizca en AccraSe trata de un ghanés sobre una BMW GS1150 gris. Los moteros compartimos ciertos hábitos en cualquier lugar del mundo, a estas alturas de mi vida ya puedo dar fe de ello, así que como no podía ser de otra forma nos saludamos efusivamente y sonreímos agradecidos de compartir la misma afición. Sin pensármelo ni un solo segundo lanzo la pregunta. “¿Conoces un buen mecánico en Accra para mi moto?”. “Claro que sí, al que llevo yo la mía”, me dice.

El tipo sonriente de la moto bizca me pide que le acompañe a una gestión y que después me lleva. Me juego la vida entre el tráfico africano tratando de no perder la estela de uno de ellos. Minutos más tarde aparecemos en un taller junto a una gasolinera, rodeado de varias hileras de motos destartaladas, varias de gran cilindrada y un par de ellas

taller

No fue la mejor reparación de la historia ni desde luego la más rápida, nos dieron casi las nueve y el ejército de geniales pero rudimentarios mecánicos terminó cambiando el aceite en la penumbra de la noche. Pero lo cierto es que lo hicieron, teniendo en cuenta que quedaban tres horas de luz y no tenía referencia alguna, podemos decir que fue un milagro encontrarme con Osman en ese semáforo, un excepcional tipo que me acompañó toda la tarde y me protegió de cualquier intento de abuso que pudiese cometerse sobre el blanco ostentoso. Ese que no sólo se conformó con llegar sobre una moto que vale un riñón, ni con dos gomas nuevas para reemplazar otras que para ellos casi lo estaban, sino que además no dejó de grabar con su cámara de vídeo momentos tan insulsos y cotidianos como cambiar un neumático en sandalias o sacar un piñón de ataque a martillazos.BMW. 

taller2

Osman me cuidó como un amigo hace con los suyos, sin esperar nada a cambio. La mejor manera de recompensarle fue regalarle los dos neumáticos a medio uso, complicados de encontrar aquí a precios razonables. Hoy debe andar por ahí feliz como niño con zapatos nuevos.

Osman1

Su jefe es italiano y vive en Barcelona. Lo conoció en una gasolinera a punto de ser estafado por unos buscavidas. Osman lo vio, salió en su ayuda, y la suerte quiso que el blanco en apuros estuviera forrado. Su recompensa no buscada fue ser contratado para administrar un nuevo negocio en un país emergente donde todo lo relacionado con la construcción florece a ritmo de burbuja. Osman es el responsable de una empresa de alquiler de maquinaria pesada, camiones, grúas y demás cachivaches de esos que hacen un ruido infernal y escupen humo negro, pero que en este sistema que entre todos hemos creado son síntoma de prosperidad.

Hoy decliné la invitación de Mounib de pasar con él y sus amigos el fin de semana en el río Volta, tienen allí una casa con todo tipo de distracciones ociosas. Quería aprovechar para configurar mapas en el GPS, estudiar bien la ruta hasta Camerún, y publicar algo en el blog. Creo que ha sido un error, Internet se ha caído y hasta este momento, casi las cuatro de la tarde, no he avanzado más que escribir este artículo.

Viajar sin dejar de currar tiene la ventaja de no soltar definitivamente el mango del sistema, pero a cambio provee al viaje de algo completamente antinatural, la puñetera prisa. Ahora, en lugar de mirar compulsivamente la señal del wifi, debería estar disfrutando de la compañía de la gente que ilumina un viaje.

Porque si hago tantos esfuerzos por viajar no es por montar en moto y ver paisajes, eso lo haría igual cerca de casa, lo hago por conocer gentes y culturas diferentes, personajes que van apareciendo en el camino y que me van dejando un poso que pienso será para siempre.

Gentes como Mounib o como Osman.

 

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