Charly Sinewan | Angola, camino a Luanda
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Angola, camino a Luanda

Angola, camino a Luanda

 

Pasan los minutos lentamente, demasiado. Lo cierto es que estoy relativamente tranquilo sabiendo que al fin y al cabo, no he hecho nada malo, aunque eso no siempre sea garantía de éxito. Pero el caso es que soy optimista y que de una u otra forma, se aclarará el tema y podré seguir mi viaje con mi moto, que es lo que más me preocupa.

Dos horas después de haber llegado, el funcionario entra por enésima vez y sonriente me hace un gesto de conformidad. – Luz verde, puedes usted seguir viaje. Cuando llegue a M´Banza Kongo, la primera ciudad, le estará esperando una camioneta de la policía para escoltarte, son normas del gobierno.

Me encantaría saber qué han dicho los de la embajada en España, pero mejor no preguntar.

Carretera a M´Banza Kongo

Al margen de la mala noticia de la escolta, algo que ya sabía, Angola me recibe especialmente bien. La carretera de asfalto perfecto circula por una cordillera de suaves colinas verdes, que pierden poco a poco la intensidad del trópico. Atravieso pequeñas y tranquilas aldeas de adobe y barro rojizo, y un profundo buen rollo me entra en el cuerpo. Es la droga de superar fronteras y adentrarte en un nuevo país.

Pueblo Angola

Súper agenteLlego a M´Banza Kongo y efectivamente un policía me espera en la entrada. Alza la mano y me ordena parar. –Tengo que acompañarle, no se mueva- Cruza la carretera, se monta en una Yamaha Diversión y me escolta hasta la gasolinera. Hay unas diez motos esperando para repostar, pero el policía los aparta a todos a bocinazos para que yo sea el primero. Tiene una misión y ejerce su poder. Yo me avergüenzo profundamente, no hago más que pedir disculpas a los chavales. Ellos me miran sin dar mucha importancia al asunto. Las cosas en África son así, aunque a mí me cueste digerirlas.

A la salida del pueblo el súper agente es relevado por una camioneta que me escolta a ciento veinte kilómetros por hora, aunque el límite es de cien,  por una carretera que se adentra paulatinamente en la sabana. Atrás queda definitivamente el trópico y sus selvas, aparecen enormes baobabs cada vez más numerosos. Llegamos a  Tomboco , cambiamos de escolta y mis nuevos protectores me acompañan a igual ritmo hasta llegar atardeciendo a N´zeto, pequeña ciudad costera.

 Patrulla

Un nuevo par de agentes, esta vez sobre un scooter, me escoltan hasta una misión católica donde podré acampar. – Mañana una patrulla vendrá a recogerle –, me indican.- No creo que me vaya mañana -, contesto, – ya os avisaré cuando me vaya -. Ni de coña claro, ya pueden esperar sentados.

Sale a recibirme el padre Emilio, un polaco que desde hace ocho años vive en N´zeto y que comparte la misión con el padre Antonio, angolano de nacimiento, y con un joven estudiante al que le encanta hablar inglés. El padre Emilio es calvo, lejos de emanar paz, es algo parecido a Mcgiver, siempre estresado y siempre con las manos negras de trabajar duro con ellas. Lo único que le delata es un crucifijo de madera que cuelga de su cuello. Me muestra las instalaciones y mientras monto la tienda de campaña me acompaña dándome conversación. Le gustan los viajes y las motos,  me habla de ilustres viajeros que pasaron por su misión. Entre ellos Álvaro, el biciclown, hace siete años. Después el padre Antonio me acompaña en su coche a comprar pan y ceno solo en total silencio cuando todos se han ido a dormir.

Padre Emilio y Padre Antonio

….

Amanezco con la idea de quedarme a descansar un día. Anda merodeando por la misión un tipo portugués que ha llegado en un lujoso cuatro por cuatro. Charlamos un rato. Es constructor y acaba de terminar una escuela que gestionará la misión. Ambos somos invitados a compartir del desayuno con el resto de los misioneros. El padre Emilio ha dejado de ser el dicharachero personaje de la noche anterior y parece que algo le perturba.

blogueroPaso la mañana escribiendo en la misión. El padre Emilio anda atareado con un par de mecánicos arreglando un viejo camión de carga. Están ampliando la iglesia y lo necesitan para ir a cargar ladrillos. Los mecánicos se acercan a observar la moto detenidamente. Tanto que uno de ellos me informa que está tirando aceite. La capa de polvo y mierda es tan espesa que ha hecho de esponja y no gotea, pero efectivamente en la parte baja del cubre cárter hay una mancha considerable. Miro el nivel y está algo bajo, pero nada alarmante. Al menos para mí, al guionista sí parece preocuparle. Vierto un poco de aceite y sigo escribiendo.

Por la tarde el padre Emilio me lleva a dar una vuelta por el pueblo, a comprar algunas cosas que me faltan y me enseña la recién terminada escuela. – ¿La habéis financiado vosotros?-, pregunto. – No, ha sido una petrolera, por ley tienen que invertir un seis por ciento en obra social. – -Ah qué bien, parece una buena medida-. – Sí, no está mal…-

Pero algo no está del todo bien, al día siguiente y por casualidades, alguien me cuenta que esa escuela ha costado un millón setecientos mil dólares. Es prácticamente igual a otra que hizo la misma empresa, supongo que la constructora del portugués de la mañana, hace tres años. Sin embargo esa costó un millón, casi un cincuenta por ciento menos. No hubo concurso, el constructor fue elegido a dedo y el brutal incremento supongo que habrá pagado, entre otras cosas, el lujoso coche que estaba aparcado por la mañana en la misión. Esa debía ser la perturbación del padre Emilio en el desayuno.

Escuela

………

 

Amanece el día de entrar en Luanda, señalado con una X en mi mapa. Dejo un donativo en la misión y me despido de los dos padres. He dormido dos noches y he comido y desayunado los dos días. Antes de partir, le pregunto al padre Emilio por alguna misión cerca de Luanda, una ciudad donde por menos de trescientos dólares no se encuentra un hotel y donde me gustaría pasar al menos un par de días, pero no por ese precio. El padre me informa que unos veinte kilómetros antes, en Cacuaco, existe una donde podré acampar. Así que tengo un plan, seis horas de pista y estaré en Luanda.

Esa era la previsión del padre Emilio, pero la pista sobre mi moto se puede hacer mucho más rápido. Quiero llegar con luz porque Luanda es peligrosa, así que corro algo más de la cuenta. A medio camino la pista se alterna con trozos de una antigua carretera, con incómodos escalones entre tierra y asfalto. Uno de ellos es demasiado alto y la horquilla se hunde bruscamente para conseguir atravesarlo, el ruido que hace al pasar me duele a mí.  En menos de cinco horas llego al asfalto, unos kilómetros antes de entrar en Luanda. Una de las barras de la horquilla tira un poco de aceite, pero no mucho, así que no me preocupo en exceso. Al guionista, para variar, parece que sí.

Poco a poco se empieza a congestionar el tráfico, la carretera se ha convertido en una autopista de tres carriles que se dirige a la gran urbe. Llego a Cacuaco, donde presumiblemente pienso quedarme a dormir. Es una decrépita ciudad dormitorio, envuelta en una espesa nube de humo negro y polución. Me invade una profunda pereza, esto no me seduce. Decido continuar, son las tres de la tarde, tengo tiempo suficiente para encontrar una mejor opción.

Puerto Luanda

Entro en Luanda por la costa, la carretera desciende con el puerto a la derecha y suburbios infectos a la izquierda. Todo está en obras, carreteras levantadas, esqueletos de edificios forrados de andamios, grúas en el horizonte, camiones de carga pilotados por chinos que conducen peor que los angolanos, operarios trabajando en cada rincón, más grúas…

Luanda

Edificios oficinas LuandaPaso la zona franca y entro en el paseo marítimo, una hilera de viejos edificios de oficinas con cierto aire soviético, convive  con nuevas y modernas construcciones, muchas sin acabar. Cientos de grúas en el horizonte. Un moderno paseo peatonal paralelo a la playa está casi terminado. Avanzo pensativo, ya estoy en el meollo, pero tengo que dormir en algún sitio. Por preguntar en un hotel es posible que me cobren. Entonces recuerdo que mi amigo Jota pasó por aquí y también llevaba poco presupuesto, así que lo mejor que puedo hacer es parar y leer su crónica. Aparco junto a una comisaría de policía, Luanda tiene muy mala fama y toda precaución es poca.  Saco el libro electrónico y empiezo a leer. A setenta kilómetros al sur, en una localidad turística llamada Cabo Ledo, Jota y su grupo acampó en un restaurante llamado Carpe Diem. Ya tengo plan, me quedo sin ver Luanda pero no me puedo permitir pagar trescientos dólares por una noche, si es que encuentro uno por ese precio. Quedan dos horas largas de luz, creo que llego sin problema.

La avenida sigue costeando, una pequeña península con lujosas casas queda a la derecha y me desvío a la izquierda. La calle entra en una zona que define perfectamente lo que es Luanda y Angola en general, probablemente uno de los países con mayores diferencias sociales. Una barriada de chabolas, que de alquiler oscilan los treinta dólares al mes, casi lindan con lujosas casas que superan los cinco millones de dólares.

Diferentes casas en Luanda

Esto es lo que quería ver, siempre huyo de las ciudades pero por curiosidades inmobiliarias me apetecía quedarme un par de días en Luanda. Lamentablemente va a ser que no, ya tengo un plan y esto queda para otra ocasión. El tema deja de preocuparme y me centro en llegar de día a Cabo Ledo.

Por fin parece que salgo de la ciudad, sigo costeando y la avenida se despeja de tráfico. Saco la cámara y sin detener la moto se lo cuento. Es una práctica habitual cuando viajo, a falta de copiloto voy hablando con mi cámara. Como Robinson con Wilson. Pero Luanda es gigante y nunca parece terminar. Vuelve el atasco y vuelven las casas. Son barrios periféricos, hasta tres veces le cuento a la cámara que ya salgo, pero la realidad es que sigo atascado y el sol va bajando. Aunque creo que llegaré de día, no son más que setenta kilómetros por asfalto y sigue quedando una hora larga de luz.

Lamentablemente este relato termina aquí, lo que acontece después pertenece a otro género diferente. Se trata de un guión televisivo, “El Show de Truman”, pronto en sinewan.com.

12 Comments
  • DrJaus
    Posted at 10:01h, 04 septiembre Responder

    Nada, solo te dejo el comentario para probar, no pienses. 😉

  • Francisco J. Cruz
    Posted at 10:01h, 04 septiembre Responder

    Probando comentarios…

  • Anónimo
    Posted at 10:38h, 04 septiembre Responder

    …yo poco te comento, pero mucho me gusta jejeje!

  • Ana
    Posted at 19:26h, 04 septiembre Responder

    Pues yo estoy enganchada, a por el siguiente!

    • Charly
      Posted at 10:29h, 06 septiembre Responder

      Droga sana esta de viajar. gracias!

  • Anónimo
    Posted at 20:31h, 04 septiembre Responder

    Una curiosidad que tengo, por si un día me toca a mi, que consideras correcto como donativo cuando duermes en una misión????

    • Charly
      Posted at 10:30h, 06 septiembre Responder

      Pues depende, en N´Zeto, que dormí dos noches y desayune y comí un día, dejé veinte dólares. Es poco, pero les pareció bien, ellos quieren que cada uno deje lo que puede.

  • paratito
    Posted at 12:17h, 05 septiembre Responder

    Tus relatos últimamente me recuerdan al final de los episodios de “perdidos”. Siempre dejándonos en ascuas y preocupados por las situaciones y problemas en las que se veían envueltos.
    Estoy en parte contento al haber coseguido pasar la frontera sin problemas y en parte preocupado por el misterioso “Show de Truman”.
    Espero que sólo sea una anécdota más.
    Un abrazo.

    • Charly
      Posted at 10:33h, 06 septiembre Responder

      Perdidos que debió dejar marcado. jaja!, ya verás el final del capítulo de hoy, es peor aun. Abrazo amigo!

  • fernando rivas
    Posted at 20:24h, 14 septiembre Responder

    Que historias!! Miedo me da como va a acabar esto…..

    abrazo

  • Anónimo
    Posted at 21:29h, 27 octubre Responder

    para cuando el libro??? jejej me gusta leerte!!!!

  • Madrid–Ciudad del Cabo en relatos | EL Mundo en Moto Sinewan
    Posted at 20:26h, 24 diciembre Responder

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