Charly Sinewan | (Vídeo–Relato) Rumbo al trópico
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(Vídeo–Relato) Rumbo al trópico

(Vídeo–Relato) Rumbo al trópico

 

Vuelta al Mundo en Moto Sinewan. Capítulo anterior

Abandoné la aburrida comodidad del hogar civilizado sobre las cinco de la tarde del treinta de julio. Madrid me despedía con su habitual monocromo cielo azul, el de los eslóganes. La boina color tóxico que envuelve la ciudad, y que a nadie parece importar,  no se distingue desde dentro, hay que salir unos kilómetros para ser consciente de la mierda que respiramos los que vivimos en su interior. Una razón más para odiar la ciudad que amo.

Treinta y tantos euros de taxi me depositaron en Barajas. El taxista olvidó darme las gracias.

Mucho antes de lo previsto apareció un buscavidas comerciando con carros porta maletas. Es muy común encontrarse con ese fenómeno al llegar a Dakar, pero por primera vez en mucho tiempo aparecía en Barajas. Se trataba de un muchacho de rasgos este europeos y gesto endurecido por las calamidades de la vida. Bueno, supongo, porque tampoco se lo pregunté. No logró su objetivo comercial pero sí consiguió dejarme pensativo. Algo está cambiando sEtapa2 001in apenas darnos cuenta.

Sorprendentemente llegué pronto al aeropuerto. Aguardé  pacientemente en ordenada fila hasta que abrieron la cinta de facturación, luciendo orgulloso mi peculiar equipaje. Dos enormes maletas de moto, una extraña bolsa con forma de depósito, y una rueda de tacos cuyo fabricante no patrocina viajeros. El resto de aburridos pasajeros me observaban extrañados.

Una vez más, el azar y el guionista prefirieron no ubicar una espectacular viajera solitaria en mi asiento colindante. Eso nunca pasa aunque siempre se piense.

Compartí sin embargo asiento, y agradable charla, con un grupo de estudiantes en cooperación que comenzaban un curso financiado por ellos mismos. Turismo solidario. Por un módico precio, una ONG los recogería en Dakar y los mostraría durante un mes su trabajo en Senegal.

Aterrizaje, frenética salida del avión, codazos para alcanzar una mejor posición en la cola de la policía, a la espera de la estampa de el pasaporte, y desembocadura en la sala donde llegaba el equipaje. Mucho rato después. Suficiente para la reagrupación, los de los codazos con los rezagados.

Una rueda apareció deslizándose por la cinta del aeropuerto ante la sorpresa de los pacientes viajeros, que siguieron curiosos la trayectoria girando la cabeza al unísono, como si de un partido de tenis se tratase. Eran las once de la noche. Con la rueda en mi poder completaba mi equipaje y podía abandonar el recinto.

Salí al exterior. Sentí como me atizaba una bofetada de húmedo bochorno. Avancé despacio propulsando mi carro porta equipajes mientras con la mirada buscaba a Khalifa. Una pequeña multitud se aglutinaba al otro lado de unas vallas, metálicas y amarillas. Esto es nuevo pensé, así protegen a los turistas con necesidad de transporte, del enjambre de buscavidas. Entre la multitud escuché una voz que gritaba mi nombre. Allí estaba mi buen amigo, una vez más.

Conocí a Khalifa en 2004 durante mi primer viaje a Senegal. Él se encargó de transportarnos por medio país en su destartalado Mercedes treintañero. Fue nuestro chofer durante unos días. Debemos ser de la misma quinta. Sin una jodida palabra en común, aquellos días juntos fueron suficientes para que nos hiciéramos colegas. Desde entonces siempre suele venir a buscarme al aeropuerto, me cobra lo mismo que un taxi, unos tres euros, y me hace sentir que llego a casa. Khalifa, como la mayoría de los africanos, amanece cada día con el bolsillo vacío. Tiene una mujer y tres hijos a los que no conozco. Ellos viven en otra ciudad mientras él pasa en Dakar la mayoría del tiempo, intentando encontrar turistas.

Cargamos el equipaje y salimos zumbando del aeropuerto.

La noche africana, opaca y tupida, hacía horas que se había adueñado de las calles. En Dakar hay poca iluminación y mucho tráfico. Khalifa conduce confiado pero siempre alerta. Por los que vienen, por los que van, por posibles pinchazos o por frecuentes averías. Coches que se cruzan, faros que deslumbran, bocinazos que desafinan, asfalto roído, peatones suicidas o animales despistados.

El caos se había apoderado del entorno. Ya estaba en África.

Por fin llegamos a casa de Nico, en la zona D, un barrio residencial que queda ligeramente antes de entrar en el caótico centro. Allí se vive bien, al menos tranquilo. Nico y Calixta siempre me acogen cuando paso por la ciudad. También los conocí la primera vez que visité Dakar. Nico es madrileño, pasó por aquí hace 18 años, se enamoró del país, de Calixta, y se quedó para siempre. Tienen dos hijos, Nico y Jean Paul, que además de hablar varios idiomas han tomado la sabia y voluntaria decisión de ser del Atlético de Madrid. Como su padre y como su tío Charly.

Una vez más me acogieron generosamente en su casa, una pequeña construcción unifamiliar con varias dependencias y rodeada de un patio jardín, un oasis para el afortunado invitado. En la parte trasera existe otra pequeña construcción, con el despacho de Nico y la habitación de invitados. Allí me hospedé los siguientes cuatro días, a cuerpo de rey.

Junto a la entrada, en un garaje usado como trastero porque no hay vehículos en la familia, esperaba desde Mayo mi querida moto. Tan ansiosa por emprender viaje como yo.

 

 

Aun siendo la sexta vez que visitaba el país, y que por tanto pasaba por Dakar, era la primera vez que tenía cosas importantes que hacer en la ciudad. Habitualmente pasaba de largo, huyendo del asfalto y del humo negro. Esta vez la burocracia y las tareas típicas de viajar con vehículo propio me tendrían retenido unos días. Tiempo para conocer mucho mejor el país y la ciudad.

La burocracia apesta. Pesados trámites en oscuros chiscones en los que malhumorados y corruptos funcionarios suelen tratar de sacar tajada. Gestiones que llevan eternas horas en lugares donde el tiempo parece no correr. El tiempo, como casi todo, tiene diferente valor dependiendo donde estés. Hace mucho que aprendí que la mayor virtud de un viajero es la paciencia. Quizá lo único necesario para llegar lejos. Si no te gusta el sistema que visitas, por absurdo que parezca, te jodes. Pero no lo discutas. Asúmelo e intenta sacar provecho de él. Especialmente porque tú estás de paso, estás ahí porque quieres. Para ellos es el día a día.

Una excelente manera de conocer un país y una sociedad es a través de sus gentes, de las de verdad. De los vendedores de seguros, de los mecánicos, de los agentes de aduanas o de los taxistas que te llevan de un lugar a otro de la ciudad en busca de los anteriores. El turista de avión y Samsonite dura, suele pagar fortunas por excursiones que aseguran transportarlo a las mismísimas entrañas del país, pero que desgraciadamente suelen terminar arrastrándolo a un circo alrededor de dólares frescos. Viajar en moto te obliga a convivir con el entorno, a hacerte parte de él aunque sea por unos días. Además de llevarte allá donde quieras.

Yo quería llegar a Ghana, pero para eso tenía que completar antes una gincana de gestiones que comenzó en aduanas, donde tocó lidiar con un corrupto agrandado por el poder que otorga un sello, para el carnet de passage en este caso. Quince euros directos a su sucio bolsillo y la moto automáticamente pasaba a estar legal. Necesario para salir del país.

Después acudí a unas céntricas oficinas de Axa. Allí contraté un seguro válido para toda la zona francófona, coqueteando con una de esas mujeres africanas de imponente personalidad. Un visado para Burkina Fasso, un mecánico que cambió mi rueda a martillazos, y con zapatillas de tela, y varias pequeñas compras que me hicieron sumergir en las apestadas zonas comerciales de Dakar. Pura vida.

La mañana del cuatro de agosto todo estaba preparado para comenzar el viaje. Volvía a sentir esa misma sensación de siempre, infantil, incansable,  enfermiza. Ansioso por rodar de nuevo, por conocer otros lugares, por verme sorprendido y fascinado por las visitas de curiosos lugareños. Esos que viven en los aledaños de cualquier carretera del mundo y con los que siempre mantengo conversaciones sin idioma.

Ansioso de nuevo por viajar.

Eran casi las doce. La familia de Nico, al completo, aguardaba en la puerta de casa mientras yo terminaba de asegurar todo el equipaje a la moto. Nos dijimos hasta pronto, arranqué, rugió el motor, un asentimiento de cabeza en agradecimiento a la hospitalidad, y enfilé al sureste.

Tardé largo rato en conseguir salir de Dakar. El gps indicaba bien el camino pero el tráfico era denso y trabado. Los coches, reliquias en su mayoría de los ochenta, escupían humo negro directo contra mi careto al aire. Aun así no perdía la sonrisa, en breve olería a campo. Mucho peor lo tenían los que a esa hora en la que el sol cae como plomo sobre la ciudad, pretendían entrar. El carril contrario estaba completamente colapsado. Los conductores en su mayoría habían abandonado la sauna y paseaban alrededor de sus coches, intentando encontrar alguna sombra donde el paso de una ligera brisa, los refrigerase unos segundos. Inútil porque a esa hora nada se movía. Ni el viento ni el tráfico. Sólo algunos privilegiados, los menos, disfrutaban acondicionados en el hermético interior de sus vehículos de lujo.

Mientras, la legión de vendedores ambulantes, serpenteaba en busca de algún aburrido cliente que pudiese distraerse comprando insólitos objetos. Las entradas de Dakar se convierten en un gran bazar en el que jóvenes, ancianos, mujeres y niños, pasean con los brazos en alto mostrando todo tipo de productos. Escobas, armarios, perchas, ambientadores, juguetes, camisetas, pantalones, vajillas, cajas de herramientas, películas, reproductores de dvd, mini cadenas musicales, ventiladores, adornos, agua embotellada, agua en pequeñas bolsas, cacahuetes, frutas, pescado…

En Dakar todo se puede comprar desde el coche.

Entre todo este tumulto, y a duras penas, fui poco a poco saliendo de la urbe para atravesar los primeros kilómetros de extrarradio, igualmente infectos y contaminados.

Cien kilómetros y dos horas después, con menos intensidad de tráfico y la nube de humo negro perdiéndose en el retrovisor, aparqué en un lateral de la calzada para dar la salida oficial al viaje. A la sombra de un baobab, y junto a un joven de flequillo imposible, realicé el primer avituallamiento. Agua, galletas y mímica. Ya estaba de viaje.

Mi destino final era Akwidaa, un pequeño pueblo pesquero en la costa de Ghana donde Bonsaid, asociación de la que formo parte, tenía la posibilidad de colaborar en un proyecto de creación de pozos de agua potable. Tenía que llegar y buscar un alojamiento llamado Green Turtle, al parecer un lugar de culto para “overlanders”. Su dueño, Tom, sería el nexo con el pueblo y el punto de partida de cara a la realización de los pozos. Si finalmente llegábamos a un acuerdo.

Por otro lado había diseñado una ruta eludiendo el norte de Mali,  evitando así posibles encontronazos con Al-Qaeda. Remota posibilidad en la práctica, pero pensamiento habitual cuando se diseña la ruta sobre google en casa, en la soledad de la noche. Pensaba bajar hasta Kedougou  y desde allí, intentar cruzar al sur de Mali por pista. Sabía que era posible en época seca pero no estaba seguro de que lo fuese en estos meses de barro. Pero pensaba intentarlo, lo peor sería tener que dar la vuelta.

En cualquier caso tenía una primera parada programada en Dindefelo, un pequeña aldea donde vivía Liliana, una catalana que había conocido meses atrás y que llevaba tres años estudiando chimpancés. Nos conocimos en casa de Nico. Liliana, siempre entusiasta, me habló de Afia, un pueblo en la montaña que en época seca compartía un pequeño hilo de río con los chimpancés, como único punto de agua potable. Necesitaban financiación para la construcción de un pozo. En Bonsaid siempre andamos buscando lugares con necesidad de agua, así que me pareció que todo tenía sentido. El destino final y la ruta hasta él.

Así que tenía un plan…

Continuará

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13 Comments
  • Fernando
    Posted at 18:43h, 15 noviembre Responder

    Muy buen relato y video, siempre me dejas con ganas de mas. Un abrazo!

    • Charly
      Posted at 01:08h, 16 noviembre Responder

      Gracias Fernando, mira que estamos lejos y lo cerca que nos seguimos. Espero ese vídeo de tu paso por Tailandia pronto. Seguimos en contacto. Abrazo

  • marins
    Posted at 19:12h, 15 noviembre Responder

    Que hacer cuando alguien tiene la capacidad de, mientras te transporta lejos, te hace sentir su presencia un poquito más cerca y todo eso cuando solamente te has quedado embobado delante de una pantalla de ordenador? Pues disfrutarlo sin más y alegrarme mucho, muchísmo por ti…eres muy bueno amigo.
    Un enorme abrazo!!

    • Charly
      Posted at 01:12h, 16 noviembre Responder

      Puedes seguir diciéndolo, que me hace muy bien. Gracias Marins, siempre que escribo algo pienso en si te gustará. Un beso amiga.

  • "Oso"
    Posted at 09:30h, 16 noviembre Responder

    Siempre es bueno,en las mañanas,una vez despiertos,empezar a soñar de nuevo.Son sitios como éstos y personas como éstas las que lo hacen posible.No sé si ellos se dan cuenta de que cada vez que durante sus viajes,cuando paran y abren por algo sus maletas estamos algunos dentro de ellas y nos asomamos a disfrutar de lo que en ese momento el viajero disfruta,intentamos impregnarnos de olores de aquellos sitios,dejamos grabados sonidos,silencios,momentos de fatiga,de euforia,de gritos y sonrisas dentro del casco por lo que se está viviendo.
    Gracias,asi pues,por permitirnos soñar de esa manera,despiertos y leyendo,que es como mejor se sueña.Te mando un abrazo,que espero te acompañe durante muchos metros,incluso kms,quizás miles de kms,hasta que vuelvas,que será el momento en el que me lo devuelvas y yo te lo guarde para poder entregartelo de nuevo en el próximo sueño despierto.

    • Charly
      Posted at 01:35h, 18 noviembre Responder

      Saber que tenemos lectores como tú, nos hace seguir escribiendo, haciendo fotos y montando vídeos. Viajaríamos igual, pero no lo publicaríamos. Acepto muy agradecido tu abrazo y te mando otro igual. Muchas gracias por dejar constancia, nos hace muy bien. Un saludo

  • la hierbas
    Posted at 10:58h, 22 noviembre Responder

    Felicidades por la nueva web! Genial! Siempre me peto con tus relatos y te imagino contándomelos en persona! Ojalá algún día! Besote.

    • Charly
      Posted at 00:16h, 03 diciembre Responder

      gracias guapa, las batallitas del abuelo, ya te acuerdas. Un beso

  • fgh
    Posted at 06:54h, 01 diciembre Responder

    A mi me pareces un fraude

    • Charly
      Posted at 00:19h, 03 diciembre Responder

      te refieres fiscalmente? o crees que las fotos están retocadas? o quizá que los vídeos son con croma.
      Gracias fgh por tu comentario.

  • rococa
    Posted at 10:22h, 04 diciembre Responder

    No debes estar haciéndolo mal,cuando los vídeos se te hacen cortos y la narrativa te sabe a poco,siempre con ganas de mas….Yo particularmente te sigo desde el otro formato…

    • Charly
      Posted at 13:25h, 05 diciembre Responder

      Pues muchas gracias, por pensarlo y por decirlo. Se agradece mucho el comentario. Seguimos por aquí. Un abrazo

  • Madrid–Ciudad del Cabo en relatos | EL Mundo en Moto Sinewan
    Posted at 16:23h, 24 diciembre Responder

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