Charly Sinewan | Congo Brazza, buscando un paraíso que quizá, no existe
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Congo Brazza, buscando un paraíso que quizá, no existe

Congo Brazza, buscando un paraíso que quizá, no existe

 

Point Noire como ya presagiaba es un eterno atasco. La he vuelto a cagar, la noche avanza mucho más veloz que yo. Las maletas me obligan a guardar riguroso turno respirando humo negro en una nueva y apestosa ciudad africana. Mi amigo Jota decía en sus crónicas que escuchaba el mar cuando dormía en Point Noire, sigo sus coordenadas en el CompeGPS con la esperanza de encontrar el hotel en el que se albergó,  pero sólo escucho bocinazos. Alejados unos kilómetros de la ciudad, hay tres últimos puntos que parecen estar en la playa. Consigo salir de la ciudad, circulo mangado la noche congoleña hasta que llego a un desvío. Hay una enorme central que parece eléctrica. Ahí parece que está el desvío. Salgo y bordeo el luminoso y horrendo recinto, el entorno no parece lo idílico que imaginaba, recuerda más a Chernobyl que al Lago Azul. Dejó atrás el amasijo de hierros y chimeneas que arden, y se acaba el asfalto. Me incorporo a una pista de arena blanda, estoy entrando en la playa. Avanzo como puedo, hundido en surcos y haciendo malabares para no estamparme contra el suelo. Estoy extenuado, llevo once duras horas de moto y esto es el colofón con dudoso final feliz. El haz de luz de la central se acaba, las tinieblas se apoderan de la noche africana. Estoy solo en Congo, atravesando una pista en busca de un último punto en el CompeGPS que desconozco si es lo que espero que sea. Al menos los focos enfocan palmeras y espesa vegetación. Bailando sobre la moto vuelvo a fijarme unos instantes sobre el último de los waypoints del CompeGPS. Segundos letales en los que la rueda delantera se hunde en un socavón y salgo despedido contra el suelo arenoso. Salta la maleta y la moto queda sumergida en la arena. – Qué coño hago aquí?-, me pregunto…

Colegas frontera

No preparar nada previamente requiere ir haciéndolo en mayor o menor medida durante el viaje. Disfruto viajando a la deriva pero a veces es necesario un mínimo de previsión. Por eso he parado en Mouila, en el Hotel Duc La Bleu. Veinticuatro horas con internet me han permitido solucionar los problemas con el Spot, publicar un relato, y leer un poco lo que serán los próximos días. Mi destino es Point Noire, en la costa del Congo Brazza, allí volveré a conectarme. Calculo que serán tres días de limpieza mental, durmiendo en la tienda, cocinando mis reservas de Salami S.A, empresa de mi amigo Juan Oso que preocupándose por mi salud me ha llenado la despensa, y afortunadamente dejando tranquila a la familia y amigos a través del satélite.

Salgo a las doce apurando hasta el último minuto el hotel. A la salida del pueblo se acaba el asfalto. La pista no es muy mala, circula por una llanura que ha dejado de ser trópico, una especie de sabana algo más frondosa que la del norte de Gabón. Dos horas después llego a Ndende. Son las dos de la tarde, un cartel indica cuarenta y ocho kilómetros hasta la frontera con Congo. Eso supone entrar y poco más, teniendo que acampar en cualquier sitio. Tengo una referencia de un misión católica donde puedo poner al tienda en esta pequeña ciudad, así que decido pasar la noche y mañana madrugar, entrar, y avanzar en Congo para dormir alejado de la frontera.

La misión está a las afueras del pueblo, junto a una rotonda. Entro por un camino y paro la moto junto a la primera de las construcciones. Son cuatro en total, todas de una planta y distribuidas sobre una parcela que aunque no es un jardín, está extremadamente limpia y cuidada. No parece haber nadie. Una de las casas es una garaje con un coche aparcado dentro. Camino por la parcela en busca de algún ser humano a quien preguntar. Al fondo, bajo un árbol, veo de espaldas una monja. Anda atizando a un árbol con un palo bien largo.

Fruto de pan– Bonjour!- No me escucha, estoy lejos. Me acerco unos metros, debo andar a unos treinta. – Bonjour! – Nada, no me escucha. Me acerco otro tanto, tras dos horas de pista roja mi aspecto ha dejado de ser el de un impoluto motero vestido con ropas BMW, para pasar a ser un sucio barbudo, vestido eso sí, con ropas BMW. No quiero asustar a la pobre monja, que por cierto es muy pequeña. – Bonjour!- Nada de nada, debe andar un poco sorda. Vuelvo a avanzar y a unos tres metros de distancia paro. El palo con el que arrea una y otra vez la parte alta del árbol, termina en una especie de cesta de madera. El premio son unos frutos verdes que no sé que son, pero que tienen buena pinta. (La foto es de otro momento, no tengo a la monja inmortalizada) -Bonjour!-, la monja se da la vuelta, me mira, abre bien los ojos, y una enorme sonrisa inunda su menudo y arrugado rostro. Ni se inmuta. Lleva unas gafas de pasta que le ocupan la mitad de a cara, la sonrisa ocupa la otra media. Está en los huesos. Parece haber visto a Jesucristo, al que según dicen en el África Cristiana tengo un cierto parecido. Lejos de asustarse me tiende la mano. Conseguimos entendernos, hay personas que emanan paz y sin duda esta buena mujer es una de ellas. No hay sitio donde lavarse, me dice, pero puedo acampar en un prado verde junto a las construcciones.

Misión católica

Instalo mi flamante nueva tienda de campaña, me voy al pueblo a por pan, ceno Callos con Ternera de mi amigo Juan, y aunque no hay estrellas, paso la mejor noche de lo que va de viaje. La imagen de la oficina en Madrid comienza poco a poco a difuminarse.

Amanezco cerca de las nueve, he dormido como un niño pequeño, que es lo que soy a pesar de las arrugas. Recojo el campamento y busco a la buena mujer, pero no está. El coche tampoco, ha debido salir. Me hubiera gustado dejar un donativo.

Los cuarenta y ocho kilómetros hasta Congo son más de lo mismo, tierra roja y sabana algo más frondosa que la Senegalesa en el hemisferio norte. Atravieso varios poblados de cabañas de madera hasta que llego al último de ellos. Busco un puesto de policía o aduana pero las casas terminan. Metros después encuentro una barrera candada junto a unos edificios decadentes que parecen abandonados. En uno de ellos un militar me hace señales. Me acerco. -La frontera está cerrada -, hay elecciones en Congo, hoy no puedes pasar, me dice el adolescente vestido de camuflaje. Con la parsimonia que acostumbra mi yo viajero, antagónica de la injustificable prisa que maneja en Madrid mi yo urbano, me siento plácidamente en una silla de madera. El chico apunta mis datos en un viejo cuaderno. Puedo volver a la misión o acampar allí mismo, que creo es lo que haré. Entra otro tipo en la sala, me saluda, hablan entre ellos, y parece que a los turistas si nos dejan pasar, así que me abren la puerta y paso a tierra de nadie.

Una nueva barrera candada me impide el paso a Congo. Al otro lado hay una silenciosa aldea. Paro la moto y viene un niño. Se presenta, se llama Egis. Entramos juntos caminando hasta que en el arcén derecho de la pista, repanchingado en una silla, veo un militar. Que no, que no me abre, que hable con el poli de aduanas si quiero. Avanzo otros metros y esta vez a la izquierda hay unas cochambrosas edificaciones de la policía. Ahí está el jefe, vestido de paisano y con una enorme tirita en el moflete izquierdo. Que no, que si quiero me puedo quedar a dormir en el hotel del pueblo, pero la moto no pasa. La frontera está cerrada, hay elecciones y el país está paralizado. Mi moto y yo somos uno, así que me dispongo a volver a Gabón.

Colegas frontera2

Mi amigo me acompaña en todo momento, esta vez con su hermano. Me despido de ellos, hasta mañana les digo, y cuando tengo la moto medio girada aparece un tipo sonriente con una carretilla llena de bidones. Sentada sobre ellos viaja su hija pequeña. Se llama Brell y es el padre de los chavales, quienes rápido le ponen al día sobre la absurda situación del turista y sus euros. El tipo es más inteligente que los funcionarios, así que en lengua local comienza a dar voces al militar, quien pasa el mensaje a voces al policía, que rato después aparece con la llave de la barrera. No hay que ser muy listo para descifrar lo que ha pasado. El tipo de la carretilla ha increpado a la autoridad por dejar que un blanco gaste sus euros en Gabón, pudiéndolo hacer en el pueblo que bien lo necesita. El poli de la tirita en el moflete me confisca el carne de passage y el pasaporte antes de abrir receloso la entrada. Entro en Congo Brazzaville.

Hotel frontera

Los niños me acompañan al resort de lujo. Una edificación de una planta de ladrillo naranja. Ya estamos con los caprichos arquitectónicos, un par de barreras sobre una línea imaginaria dibujada por el hombre blanco, y la madera gabonesa ya no mola, ahora lo que se lleva es el ladrillo. Todo el pueblo está construido igual, casas de una planta sin enfoscar con tejado a dos aguas de uralita.

Cutre hotelEn la edificación rectangular que llaman hotel, minúsculas habitaciones se suceden una detrás de otra. Una puerta de madera, una ventana, y una cama en el interior apoyada sobre un suelo de cemento. Eso es todo. Ni están limpias ni sucias, simplemente están. El precio es el equivalente a cuatro euros. Mientras me instalo me acompañan en todo momento Brell y Egin, junto a una jauría de niños curiosos. Me traen unas sillas de plástico, charlamos por mímica, y termino preguntando si hay algún lugar donde lavarme. Claro que lo hay, el río.

Padre e hijo me llevan por un sendero que sale del pueblo. Llevo una bolsa con jabón y una camiseta limpia. El camino desciende entre unos árboles y aparece un río de unos cincuenta metros de ancho y aguas cristalinas. Varios adolescentes han tenido la misma idea que yo, andan medio sumergidos en el agua, completamente en bolas y restregándose con jabón y una especie de estropajo.

baño en rio

La situación no puede ser más cómica, parece un anuncio de Benetton, el pálido barbudo compartiendo aguas y risas con varios chavales más negros que el tizón. Si a algún curioso lector le hubiese gustado ver la foto comparativa de los accesorios de la raza, lo siento, olvidé poner el disparador automático.

Algún que otro chaval aparece con una carretilla llena de bidones, ellos beben del río, se alejan unos metros nadando y ahí los llenan. Es curioso porque la labor de ir al pozo a por agua en África, siempre es tarea indiscutible de la mujer. Pero en el caso de llenar bidones, es del hombre. Del niño más bien.

Niños con bidonesBrell

Antes de cenar Brell me lleva a su casa. Me presenta a su numerosa familia y como es habitual en África, bajo un árbol, en dos sillas de plástico, nos sentamos a charlar. Pena que el idioma no da para mucho, pero aun así nos contamos un poco nuestra vida. Tiene tres hijos y espera un cuarto. Vive con su mujer, su madre, el marido de su madre y la abuela. Además de los niños. Todos andan por allí, comiendo, fregando cacharros o simplemente sentados de cháchara. Viven con casi nada, pero lucen salud y felicidad. Brell es pescador, me cuenta, pero a pulmón. Me muestra orgulloso sus gafas y su arpón. En un silencio dice algo a su hijo, que entra en la casa para acto seguido aparecer correteando con un tablero de parchís. Se me saltan las lágrimas. – Juegas?-, -Claro-.

ParchísComienza la más mítica de mis partidas de parchís. Dura sólo unos minutos, algo le preocupa a Brell y se levanta. – Quieres beber?, Vino de palma?-. No gracias, no bebo. Igualmente le acompaño detrás de las varias construcciones que forman su casa, allí tiene su preciado tesoro. Distribuidas al azar hay varias palmeras caídas. Sobre el tronco, bien tapados con varias capas de hojas, hay unos agujeros cuadrados en el tallo. Dentro está reseca la resina, que con un cuchillo Brell se encarga de limpiar para que pueda seguir brotando el preciado líquido. En el fondo del agujero del tallo, una vez retirada la resina seca, aparece un orificio. Debajo de la palmera, justo en el desagüe, hay un bidón que ha ido acumulando el sudor de la palmera en un día. Tras seis palmeras han salido unos tres litros. Cada uno de ellos se vende a unos cincuenta céntimos de euro al cambio. Algunos los venderá y otros se los pimplará esa noche.

Vino de Palma

De nuevo bajo el árbol decide desistir del parchís y comenzar a ofrecerme comida. Primero pescado y luego plátanos. Reniego cortésmente de su ofrecimiento por varios motivos. Primero porque no me seduce, pero sobre todo porque ya estoy muy viajado para saber lo que está pasando. Antes o después me pedirá dinero, soy un blanco y eso es desgraciadamente motivo para obtener un ingreso fácil. Algo a lo que por principios me niego, hay muchas formas de contribuir al desarrollo de África y dar limosna es justo lo contrario de lo que pienso se debe hacer. El occidental que se pasea por África regalando bolígrafos, camisetas o euros, no sabe el mal que hace a esta gente.

A las cinco de la tarde vuelvo a mi lujosa habitación. Es la hora en la que encienden el generador. El tendido eléctrico no llega hasta esta remota aldea congoleña y durante dos escasas horas, estas sencillas gentes disfrutan de corriente para cargar sus móviles, enfriar neveras o ver un rato de tele los que tengan. Mientras recargo las cámaras, saco la cocina y me preparo una exquisita lata de fabada litoral. No puedo estar mejor, sólo echo en falta un pedazo de pan para mojar.

Por fin consigo no ignorar el despertador y levantarme a las seis de la mañana. Ayuda que caí redondo a las diez. Utilizo la gasolina de la noche anterior para prepararme un café. El amanecer se disimula entre tanta nube. El poli de la tirita

A las siete y media ya estoy en la aduana. Un policía me sella el pasaporte y el hombre de la tirita en el moflete, que se mantiene intacta,  el carne de passage. He pasado un día en el pueblo y eso me otorga la confianza suficiente para fotografiarme con ellos. Abandono el puesto fronterizo y atravieso el pueblo por última vez. Al fondo, en mitad de la calzada, me espera Brell. Ha perdido la sonrisa. Le doy de nuevo las gracias por todo pero esta vez me mira con un rostro nuevo, apenado y aparentemente disconforme. Espera algo de mí, aunque en ningún momento llega a pedírmelo. Me encantaría explicárselo, pero el idioma no me lo permite. Así que simplemente me voy enfatizando el agradecimiento.

He de reconocer que paso un rato malo, conduzco unos kilómetros jodido pensando que se pueda sentir de alguna forma traicionado, pero termino por darme la razón. Sé, o al menos estoy convencido, de haber hecho lo correcto. Con mi limosna Brell probablemente se habría comprado un mejor móvil o una camiseta más chula que la de sus vecinos. Su hijo que lo habría visto, quizá habría pensado que mucho mejor que estudiar o trabajar, es esperar en la carretera hasta que pase un inconsciente blanco que regale cosas. Pero el problema de ambos seguiría siendo el mismo. Los beneficios de los ricos recursos que brotan de su país, gracias a la sociedad entre las grandes potencias y los codiciosos y corruptos políticos africanos, no llegan nunca a transformarse en el tendido eléctrico que necesita su aldea, y por ello no pueden bombear agua limpia del rico subsuelo. Así que tienen que seguir llenando bidones del río. Este es el problema de África, el que ellos tendrán que solucionar imponiendo sus derechos. Puede tardar años, pero limpiar mi conciencia regalando bolígrafos no hace más que demorarlo.

PistaPasado el mal trago me sumerjo de nuevo en mi viaje. La pista es traicionera, a ratos parece dar respiros y supero los sesenta kilómetros por hora, pero rápido me veo clavando el freno antes de comerme de lleno un banco de arena. Luego el temible rastrillo africano, o como se llame, yo así lo digo, una especie de continua ondulación que hace que la moto y yo no dejemos de vibrar. Las gomas Continental TKC 80 me acompañan desde Accra, casi cinco mil kilómetros, pero todavía están en perfecto estado.

Hay una pared de hierba a cada lado que oculta la misma sabana del día anterior. Atravieso pequeñas aldeas en las que no dejo de saludar niños que salen al paso, a veces sonriendo simplemente, y otras muchas, pidiendo dinero o balones de fútbol. El ladrillo se confirma como base de construcción rural en Congo.

Pueblo Ladrillo

Al mediodía la sabana se ve interrumpida por una pequeña cadena de montañas onduladas. Paro a comer, descanso un rato, y me vuelvo a meter en el polvo rojo de la pista. Mi aspecto ya es lamentable, esta tierra se mete por cualquier fisura. A las tres de la tarde por fin acaba la pista, han sido doscientos cincuenta kilómetros y he tardado siete horas. Paro en una rotonda y me quedo pensativo mirando los carteles. Al frente está Dolisie, ciudad en la que sé que puedo acampar en una misión católica. A la derecha el desvío me lleva a Pointe Noire, a ciento cincuenta kilómetros, mi objetivo final,  pero aunque la carretera es nueva existe el riesgo de llegar de noche. Pero dormir en esta ciudad me da pereza, sí o sí haré noche a la vuelta porque para entrar en Congo Kinshasa he de pasar de nuevo por aquí, así que en mi línea decido jugármela y esperar llegar de día y encontrar alojamiento en Pointe Noire.

La carretera es nueva, la han hecho los Chinos como gran parte de las infraestructuras en África. Son los únicos que financian y trabajan por la mitad que las empresas europeas. La diferencia es sustancial, no se meten en política como los colonizadores europeos y, el coste es en principio más bajo, no obstante parte de la mano de obra son presos políticos a los que se les canjean tres años de prisión en China por uno de trabajo aquí. Eso sí, día y noche, cuando llegan se instalan en el epicentro de los kilómetros de carretera que les toca construir. Se fabrican un colchón con hierbas del bosque, ponen un plástico encima por si llueve, preparan un pequeño huerto, crían pollos o lo que se tercie, y se convierten en autosuficientes. Ni se molestan en aprender el idioma, ellos sólo trabajan. Por su parte las empresa chinas no tienen problemas morales para untar a corruptos políticos, cosa que las grandes constructoras europeas no pueden permitirse porque entre otros motivos, muchas cotizan en bolsa. A cambio el gobierno chino adquiere todo aquello que haya a veinte kilómetros a cada lado de la carretera, ya sea petróleo, oro o diamantes. El Imperio Chino ya está aquí, África es parte importante del futuro de los suministros mundiales y la guerra la tenemos perdida.

Carretera China

El asfalto chino serpentea por una impresionante cadena montañosa. Ha vuelto el trópico en todo su esplendor, centímetros después del arcén todo crece desmesuradamente, la selva es inmensa y majestuosa. La temperatura ha bajado a los veinte grados y conducir tumbando la moto sin cesar por estos parajes es un placer. La única preocupación es saber si llegaré de día.

Finalmente parece que sí, entro en Pointe Noire a las seis de la tarde. Pero rápido me veo colapsado entre tráfico y humo negro. Miro el CompeGPS, estoy siguiendo las coordenadas de mi amigo Jota, que en sus crónicas hablaba del hotel de su amigo Xavi, en primera línea de playa y desde donde decía escuchaba el mar cada noche. Yo quiero eso, y a los niños no se les puede negar los caprichos. Pero no hay nombres en sus waypoints, sólo coordenadas por las que él pasó. Sigo atascado y la noche está llegando. Paso por una avenida repleta de hoteles, pero el sonido del mar no llega ni de lejos, todo son bocinazos y humo negro. Paro unos segundos y veo que alejadas de la ciudad, a unos pocos kilómetros, existen tres últimas coordenadas. El mapa no es muy exacto pero presumiblemente junto al mar.

Puedo conformarme con un hotel céntrico, posiblemente carísimo porque esto es una ciudad petrolera y los precios son más que europeos, o jugármela un rato más y circular de noche en busca del premio. No me lo pienso ni medio segundo. Consigo enganchar la avenida que me saca de la ciudad, se despeja el tráfico, acelero algo enajenado hasta que minutos después llego a la primera de las marcas. Me toca desviarme a la derecha. Un inmenso haz de luz ilumina mi nuevo camino. La luminaria que casi me deslumbra proviene de una gigante central que parece eléctrica, pero no lo es, se trata del depósito central del petróleo de Congo. Atravieso el amasijo de hierros y chimeneas que arden y sigo mi camino, se acaba el asfalto y entro en una pista de arena cada vez más blanda. Efectivamente estoy en primerísima línea de playa. Se desvanece el haz de luz y la penumbra se apodera de todo. Bailando sobre la moto, fatigado y extenuado después de once horas de moto, no dejo de mirar de reojo el CompeGPS, intentando no perder lo que ya es el último de los waypoint y la única esperanza de haber acertado en mi decisión. O encuentro ese hotel idílico, o me veo deshaciendo el camino a las tantas de la noche en busca de hospedaje urbano.

Pista nocturna

En una de esas que me quedo unos segundos mirando el CompeGPS, la rueda delantera se hunde y no me da tiempo a reaccionar. Salgo despedido y me empotro contra el suelo. Salta la maleta y la moto queda completamente hundida en la arena. Acostumbrado a levantar la Honda Varadero esto me parece de niños, grito un poco no sé muy bien por qué, cual súper héroe en horas bajas, e incorporo la moto sin mayor problema. Pongo la pata de cabra y me quedo unos instantes pensativo. – Qué coño hago aquí?-

No he percibido miedo en ningún momento, esta parte del país parece tranquila, pero no dejo de estar solo en mitad de la noche, perdido por una pista que lleva a un sitio que ni siquiera tengo certeza de que exista. Pero ya es tarde para arrepentimientos, sólo queda seguir y ver qué me ha preparado el guionista para la noche de hoy.

Unos metros más de arena blanda, haciendo antiestéticos malabares, y entre la penumbra distingo unas construcciones que parecen tener techo de paja. Pero no hay luz. Enfoco un poco y veo que la pista rodea una cerca que delimita el terreno. Buen síntoma, pero esto está cerrado. Finalmente llego a la entrada del recinto que no presenta barreras,  sin pensármelo un segundo entro antes de quedarme clavado en la arena. Efectivamente es algo, un restaurante o un hotel, pero una casa privada no es. Varios perros ladran enajenados al sentir la llegada de un extraño pero no se acercan. Paro la moto frente a la principal de las construcciones. Efectivamente tiene mesas y sillas, pero luz no hay. A la izquierda, junto a unas casas más pobres, hay un pequeño fuego encendido.

– Bonsoir! – , nadie contesta. Me lio un cigarro, los perros siguen enajenados. – Bonsoir!- De las tinieblas aparece un chaval algo sorprendido. Probablemente asustado, aunque es el guardián. – Hola, es esto un hotel? -, – Guy Mesie – . Resoplo.

Comenzamos un complicado diálogo en el que básicamente yo quiero saber si está abierto, y él, me intenta explicar que ha de llamar al patrón para saber en qué estado se encuentra el hotel, teniendo en cuenta que obviamente soy el único posible cliente. Finalmente consigo comprender que no tiene saldo en su móvil, así que le doy quinientos cefas y me parece entender que espere aquí, que se va a comprar saldo y vuelve. Entre tanto me quedo a solas con los perros que no dejan de ladrarme desde cierta distancia. Viendo la hora decido conectar el Spot y mandar un mensaje a la familia. Por alguna razón que no sé explicar, tengo claro lo que va a pasar, y de los varios mensajes predefinido a los que puedo optar para mantener la tranquilidad en casa, elijo el que dice “hoy acampo aquí”.

Al rato aparece el guardián, que siente comunicarme que el patrón ya está dormido, pero que si quiero me acompaña a un hotel. – ¿Te importa que acampe aquí? – No claro, yo soy el guardián, aquí estarás a salvo. Justo detrás del restaurante hay cuatro cabañas de ladrillo y techo de paja, justo frente al mar. El sonido de las olas rompiendo será lo último que escuche esta noche desde mi tienda. El viaje me ha vuelto a regalar una noche inolvidable. Menos mal que no fui sensato.

Acampado Mukiwa Beach Club

Próximo destino con wifi, Luanda. Entre tanto, kilómetros de pista salvaje entre Congo Brazzaville, Congo Kinshasa y Angola. Gracias por estar ahí.

7 Comments
  • paratito
    Posted at 11:36h, 13 agosto Responder

    Hombre!!! Muy Buenas!!!!!
    No sabia que te habias ido otra vez de viaje, (y vaya viaje….) siempre poniendonos los dientes largos con tus andanzas.
    Bueno, que sepas que me tendras pegado a la web cada dia.
    Buen viaje y buena suerte. Te dejo que tengo que leerme todas las entradas del blog.
    Saludos.

    • Charly
      Posted at 21:52h, 16 agosto Responder

      joder qué alegría verte por aquí de nuevo. Ya ves que no puedo parar, si nada lo impide en unas semanas estaré en Cape Town. Me alegra mucho saber que estás de nuevo leyendo el blog, tú que fuiste de los primeros. Un abrazo

  • Ángel Montoya
    Posted at 22:31h, 15 agosto Responder

    Me encantó cómo sintetizaste lo de las empresas chinas. No tenía ni idea de lo de los presos políticos q usan, pero eso explica, claro, el pq las empresas occidentales no tenemos como competir con ellos en precio…claro que luego sí subcontratamos nuestra producción en China….ahh el aroma de la hipocresía, tan dulzón ello!

    Gracias

    • Charly
      Posted at 21:50h, 16 agosto Responder

      Es acojonante esta parte de África, están por todas partes, además de ser más rápidos, que la calidad es buena y que los precios son más bajos, son los únicos que financian o directamente canjean por petróleo. Si tengo tiempo escribiré más del tema, que da para un artículo solo. Abrazo Ángel, te sigo.

  • Roberto
    Posted at 10:25h, 28 septiembre Responder

    Mira que me gusta, me encanta, y no te dejo nunca ningún comentario. te voy a fusilar un párrafo para el podcast. No quiero insultarte pidiéndote permiso.
    Aunque quizá sería mejor que lo leyeras tu mismo, no?
    Gracias por contarnos.

    • Charly
      Posted at 18:20h, 29 septiembre Responder

      Pues que sepas que me alegra mucho que te hayas decidido a dejar constancia de tu presencia, mucho más que te hayan gustado. Ya sabes que para el podcast es mucho mejor tu voz que la mía. Ansioso por escucharlo. Abrazo

  • Madrid–Ciudad del Cabo en relatos | EL Mundo en Moto Sinewan
    Posted at 20:26h, 24 diciembre Responder

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