Charly Sinewan | Cruzando el río Congo
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Cruzando el río Congo

Cruzando el río Congo

Cruzando el congo

A las seis de la mañana el catequista de la misión católica de Paroisse Zimba, le endiña al campanario desproporcionadamente, bajo mi punto de vista. Remoloneo un rato más en el saco y cuando por fin abro la cremallera, tres niños esperan pacientemente que empiece la función. Poco a poco van viniendo todos.

Mañana en misión

Una hora después más de treinta personas, entre adultos y niños, me despiden calurosamente. Dejo una donación al catequista y abandono Paroisse Zimba, anónima aldea  que no aparece en googlemaps pero que ya nunca olvidaré.

las gentes de la misión2

Circulo más de una hora por la misma pista del día anterior pero la altura va bajando poco a poco hasta que tras una curva, así sin avisar, aparece el río Congo, enorme.

el congo

El río del corazón de las tinieblas de Conrad, mítico enclave de las grandes exploraciones europeas del XIX en África, el deseado canal de comunicación que buscó Livingston entre este y oeste, pero que nunca llegó a encontrar. El río también de la vergüenza, de las matanzas indiscriminadas, del saqueo y la extorsión, de las estaciones de marfil que describía Conrad hace cien años, y por el que en la actualidad bajan miles de cadáveres del coltán. Nada ha cambiado, las grandes potencias han sido sustituidas por las grandes corporaciones, pero la realidad del país más grande del África subsahariana, sigue siendo la misma dos siglos después. Gentes en su mayoría amables e inocentes, como las de estos días, masacradas porque tuvieron la desgracia de nacer en uno de los países más ricos en recursos del mundo.

Una vez escuché a Alberto Vázquez Figueroa decir, que si divides la riqueza del Congo entre sus habitantes, todos podrían pasar el resto de su vida retirados en la costa del sol. Sin embargo casi todos son infinitamente pobres. Congo cuenta con el ochenta por ciento de las reservas mundiales de coltán. Eso, para el negocio de las telecomunicaciones, para las armas de nueva generación, para que nuestros portátiles y móviles sean pequeños y ligeros, parece que sólo pasa porque siguiendo ese curso, dos mil y pico kilómetros aguas arriba, se estén asesinando a millones de personas. Si Congo tuviera un gobierno estable y pudiese controlar sus yacimientos de coltán, dominaría el mundo. Eso acojona a las grandes potencias.

Supongo que cuando se acaben las reservas, los noticieros de las grandes televisiones, propiedad de las mismas corporaciones, nos contarán que por fin la guerra civil del Congo ha terminado. Que los Hutus y los Tutsi ya son colegas de nuevo y que el gobierno de Congo ha conseguido controlar la zona.

LuoziLuozi es una pequeña ciudad a orillas del río. Es una de las estaciones fundadas por los belgas a finales del XIX y desde las que controlaban el comercio, principalmente de marfil. En la actualidad carece de asfalto. Cuenta con un viejo transbordador que cruza personas y vehículos.  Antes de embarcarme tengo que buscar un edificio de aduanas y sellar el carne de passage, porque la aldea por la que entré en el país no tenía potestad ni sello para ello.

Apoyado en la puerta de aduanas espera un tipo bien vestido. No hay duda alguna, se trata de un corrupto. Son todos iguales, visten hortera y suelen además chapurrear inglés.

Antes de estampar el sello en  el carne de passage, con el tampón suspendido en el aire, sujetado con su mano izquierda, a pocos centímetros de un cutre Rolex falso, me pide diez dólares. – No tengo que pagar nada-, respondo tajante. Baja la mano, – ¿cómo?, el sello son diez dólares-. Hoy toca ir de sobrado, no sé por qué, otras veces voy de tonto y otras de pobrecito sin dinero, pero este tipo me saca de quicio y voy bien de tiempo. – Le digo que no tengo que pagar nada – , saco el pasaporte, abro por la página del visado y se la pongo en sus narices. – Este visado me ha costado ciento cincuenta dólares y me permite estar en su país un mes-, señalo al carnet de passage, – y este documento otros doscientos, y me permite exportar temporalmente la moto por los países que aquí enumera, el suyo entre ellos. Así que no tengo más que pagar-.

El tipo se levanta y sin respuesta se va, dejándome ahí sentado. El duelo dura escasos minutos, vuelve con el rabo entre las piernas, pone el sello y me invita a que me vaya. Cosa que hago encantado, me ha salido bien como me podía haber salido mal. Que le den.

Antes de acercarme al puerto compro cinco litros de gasolina en bidones, calculando lo que me resta hasta la carretera donde habrá gasolineras. En previsión de lo que con casi toda seguridad va a pasar, pregunto al gasolinero cuánto cuesta cruzar el río en moto. – Nada -, contesta, – es gratis -. Mira qué buen dato.

Llego al puerto, varios camiones esperan al siguiente turno mientras el transbordador sale renqueante hacia la otra orilla. Aparco la moto en primera línea, entres dos camiones y un cuatro por cuatro. Los curiosos y buscavidas me empiezan a rodear, el ambiente es feo, estoy en un puerto y aquí como en cualquier sitio por donde pasan personas y cosas, florece el pillaje. Me están agobiando, están demasiado cerca. Me abanico con mis manos con cara de “un poco de are por favor”, y entre risas se abren parcialmente. Vuelvo a respirar. Ya sé que esto es gratis así que ni pregunto, me limito a esperar e intento no interactuar con nadie. La operación ida y vuelta dura casi dos horas, en las que espero pacientemente sin separarme un instante de mi patrimonio, bajo un sol justiciero.

transbordador

Por fin llega el transbordador, bajan los peatones y después un gran camión. Ya está vacío. Me indican que entre el primero. Las dos rampas metálicas apoyan sobre unas piedras, no hay siquiera un trozo de hormigón donde traccionar y la pendiente es elevada y resbaladiza. Ups!, mala pinta tiene el asunto. Sólo hay una forma de conseguirlo, – enajenado!-. Acelero endiabladamente y la moto sube del tirón entrando desbocada en el transbordador, casi me calzo la hostia pero la moto se para milagrosamente. Ahora toca bajarla de donde está por un escalón de cincuenta centímetros y aparcar en uno de los laterales para dejar hueco a los coches. Apoyo la rueda delantera en unas piedras que hacen de escalón y bajo sin problema. Ahí se queda la moto, el problema será subirla marcha atrás, porque no hay espacio para dar la vuelta.

Entre tanto ha subido un cuatro por cuatro y un segundo pretende hacer lo mismo, pero el conductor de un camión lo intenta evitar. Se ha debido colar y el camionero está fuera de sí. Se forma una trifulca y llegan a calzarse una media hostia. El ambiente es muy chungo. Medio tapado por la moto grabo el momento. Finalmente se hace la paz y sube el cuatro por cuatro.

Cruzando el congo

Cruzamos el Congo, el cauce en esta zona es perezoso. Sólo con la corriente de este río se podría dar electricidad a toda África, pero la realidad es que en todos los países del África subsahariana por los que he pasado, los cortes son continuos y miles de aldeas carecen siquiera de suministro.

El sucio capitán se acerca, es un tipo detestable. Se sienta a unos metros y observa la moto salivando. Me ordena que me acerque. – ¿Qué?-, pregunto con mala cara, ya le veo venir. – Tendrás que pagarnos algo, ¿no? -. – Lo siento pero no, esto es gratis – . – Ah sí, pues tú verás cómo sacas la moto de ahí, me da que te va a costar mucho -.

Un chaval que lo observa me hace un gesto tranquilizándome, él me ayuda. Debería quitar las maletas y el petate para aligerar, pero visualizo el momento en el que esté arriba, teniendo que cargar de nuevo todo rodeado de alimañas, y desisto de hacerlo. Cuando esté arriba, me monto, acelero y me las piro de aquí lo antes posible.

El transbordador echa el amarre, bajan los peatones, los dos coches, y mi aliado llama a varios chavales para empezar a levantar entre todos la moto. Somos seis, tiramos con todas nuestras fuerzas y la moto finalmente se posiciona arriba. Yo estaba en lado izquierdo, en el derecho algo ha pasado que no he visto. El momento es tenso, los cuatro nuevos voluntarios empiezan a pedirme pasta a la vez. Le hago un gesto al colega y le digo que le espero fuera. Me monto y salgo zumbando rampa abajo. El chaval viene detrás y le doy un par de billetes, algo menos de dos euros. -Repártelo como creas -, le digo. Acelero y huyo del asqueroso puerto.

Pista después del río

La pista mejora a este lado del río, las montañas bajan a trescientos metros, la temperatura ha subido unos grados y los pueblos ya no son tan entrañables ni sus gentes tan efusivamente amables. Me saluden y sonríen igualmente, pero no es lo mismo. Por aquí pasa más gente, esto ya no me seduce tanto. He de irme, me hubiese gustado viajar por las montañas de ayer unos días más pero Cape Town está muy lejos. Objetivo de la tarde, llegar al asfalto.

Vuelo por la pista y a las cuatro de la tarde llego por fin a la carretera, tras tres días sin ver asfalto. Pienso en parar y hacer una foto pero hay un policía en el cruce, hago que no le veo y salgo zumbando dirección Songololo, paso fronterizo con Angola.

Llego justo al atardecer, el único lugar posible para pernoctar es una especie de cutre motel de carretera. El dueño me pide veinte dólares al cambio pero le digo que no puedo pagar más de diez. Accede sin apenas rechistar. Es un tipo simpatiquísimo que se desvive porque esté a gusto en sus humildes instalaciones. El generador está estropeado y no hay luz, la habitación no tiene baño, está fuera y es algo parecido a una pocilga. Pero el tipo acude rápido con un cubo lleno de agua y una pastilla de jabón.

En un momento dado, en su básico inglés, me pregunta.

– ¿Por qué está usted cabreado?

– ¿Cómo?, ¿cabreado yo?, no perdone, es que estoy muy cansado.

Me quedo solo y pensativo. El hombre tiene razón, estoy de mala leche y eso es muy  raro cuando viajo, que siempre estoy feliz por duro que pueda ser un día.

Creo que lo que me pasa es que me ha cabreado cruzar tan rápido Congo, pasar de las buenas gentes de anoche a las chungas de hoy, sin casi asimilar lo uno ni lo otro. Mientras esperaba en el puerto estuve pensando seriamente no cruzar y hacer una ruta por las montañas para entrar en Angola más al oeste, pero haciendo cuentas de los días que me quedan, y que depende de cómo estuvieran las pistas podría tardar hasta tres días, desistí de hacerlo. Creo que eso es lo que me pasa, no me gusta viajar deprisa. Pero es lo que hay, no me queda otra. En cualquier caso me ha venido muy bien que el hombre me lo haya recriminado, qué culpa tendrá él.

 

Hotel Songololo

Maleta rotaAl descargar el equipaje veo que alguno de los chavales que subieron la moto, debió tirar de la maleta, el muy bruto, y ha arrancado el soporte metálico que engancha con el soporte. Apenas le doy importancia al asunto, mañana pongo una cincha y listo. Pero por alguna razón  al guionista sí que le preocupa.

…….

Amanezco muy temprano, anoche caí redondo cerca de las nueve de la noche. Salgo de Songololo y tras una pista de pocos kilómetros llego a la frontera. Tras dos horas absurdas en la parte de Congo, esperando no sé qué, por fin entro en Angola. Cruce de línea imaginaria y cambio de mundo, aparece el asfalto y las oficinas de inmigración son amplias, con aire acondicionado y muebles nuevos. Los funcionarios están limpios y el trato es educado. Además entiendo muy bien el portugués. Tan bien lo entiendo que me cosco perfectamente como un funcionario le dice a otro. –Tú qué pasa, ves a un blanco y sólo por eso ya te crees que es turista…-. Acto seguido me pide que le acompañe a otra sala. Un tipo con cara de poco amigos me invita a que me siente en su despacho. – ¿A qué viene usted a Angola? -. – Soy turista -. – No señor, su visado es ordinario.-. -Pues ni idea, es el que me dieron en la embajada en España-. Mentira cochina…

La historia de mi visado para Angola, como todo lo que me pasa en mis viajes, la escribió el guionista. Al regresar de la anterior etapa, lo más importante y complicado para este tramo era el dichoso visado de Angola. Tanto era así, que existía la posibilidad de que no lo consiguiera. Una noche de copas por los madriles, con un colega, en un sitio bastante canalla, sentado en un círculo de gente que no conocía, mi amigo contó al grupo mis viajes por el mundo. Uno de los allí sentado, Juan, me preguntó. –¿Y piensas ir a Angola?- .- Bueno, esa es la idea, si consigo el visado que no es fácil -. – Si quieres yo te lo consigo, mi empresa lleva más de veinte años trabajando allí y pedimos visados casi todas las semanas-. – Claro que quiero –

La mañana siguiente amanecí pensando que tras la borrachera aquellas palabras se las llevaría el viento, pero antes del café ya tenía un mensaje de Juan, para ver cuándo le daba el pasaporte. Eso hizo que consiguiera un visado de un mes, cosa rara para un turista, no pagarlo, y no tener que inventarme vuelos, reservas de hotel y declaraciones juradas ante notario.

Pero el visado no es de turista, está pedido por una empresa. Y Angola se protege muy mucho de la entrada de extraños en su rico país. Y este tipo me mira con cara de sospechoso. Y lo último que puedo hacer es ponerme nervioso.

– Vengo desde España en moto y viajo a Sudáfrica, lo puede comprobar en el pasaporte.-

– Bien, pero eso no demuestra nada, tendrá que esperar hasta que hagamos las comprobaciones pertinentes-.

Me devuelven a la sala anterior y allí me quedo. El funcionario llama desde su móvil a España, conmigo delante, supongo que para ver mi reacción, y en voz alta y clara repite mi nombre dos veces pidiendo autorización para dejarme entrar, porque tengo un visado ordinario y sin embargo manifiesto ser turista.

Espero pacientemente sentado en la misma estancia del principio. Lo único sucio en la sala son mis pantalones y mis botas. Las dos mesas de escritorio, las sillas, los teléfonos, las máquinas de aire acondicionado, las ropas de los dos funcionarios, que entran y salen, todo está impoluto. Yo no dejo de sonreír, bromeando con ellos cuando puedo meter baza y haciendo que duermo plácidamente a ratos. Sin embargo estoy preocupado pensando qué pasaría si no me dejan pasar, si la embajada de España no sabe quién soy, claro, y no localizan a nadie de la empresa que ha solicitado el visado por mí. El único que realmente me conoce es Juan, si la cosa se pone mal tendré que llamarle, pero estamos en Agosto y puede estar de vacaciones. A mí me deportan sin problema, porque a Congo ya no puedo entrar, pero qué pasaría con la moto.

Son sólo hipótesis pesimistas que pasan fugaces por mi cabeza, pero claro, todo podría pasar…

1 Comment
  • Roberto
    Posted at 11:22h, 28 septiembre Responder

    Ay, ay, ay qué zozobra… voy a leer el siguiente capítulo 😀

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