Charly Sinewan | De Dolisie a Mindouli, la pista maldita
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De Dolisie a Mindouli, la pista maldita

De Dolisie a Mindouli, la pista maldita

Un brusco sartenazo en la cabeza me da los buenos días. Son las siete de la mañana, – ¿dónde estará el ibuprofeno?. Repto hasta el neceser, me hago con una pastilla mágica, me la trago, bebo un poco de agua y vuelvo a mi lugar de origen. Aprieto la frente con la mano izquierda e intento conciliar el sueño de nuevo. Ya sé que debería salir lo antes posible, pero manejo una resaca considerable.

Media hora después y tras los mágicos efectos de la droga legal, y no sin un malestar general, empiezo la diaria tarea del nómada. Empaquetar para marchar, que la pista me espera.

Arena en pista

Dolisie2Salgo de Dolisie sobre las nueve de la mañana. El sol anda remolón y las sosegadas calles de la ciudad adquieren tonos ocres. Pena que la resaca no me permita disfrutar de tales cursiladas. Me incorporo a la carretera de asfalto durante un par de kilómetros. Un cartel indica 212 Km a mi destino, Mindouli, desde ahí deberé cruzar a Congo Kinshasa, ya veremos si hoy o mañana. Lo único que deseo es no encontrarme con nadie que me invite a vino, porque no sé decir que no.

Se acaba el asfalto, un pequeño escalón y me incorporo a una pista perfecta que ocupa el mismo ancho que la carretera. Está preparada para ser asfaltada. Poco dura la alegría, unos barriles en mitad de la calzada y unos carteles con flechas me sacan por el lateral para empezar una pista agradable que presumiblemente dejará de serlo antes o después.

Principio de pista

ArenaPronto la pista se convierte en insufrible, con tramos de rastrillo bacheado en los que tanto la moto como yo no paramos de vibrar, y otros de enormes y profundos bancos de arena. Es una  especie de pasta arcillosa, cuando cae agua esto se convierte en el poto poto, el temido barro africano. La moto se convierte en indomable. Especialmente porque soy un poco capullo y no he bajado la presión a los neumáticos. Paro en el lateral de la pista, junto a una pequeña aldea.

Las casas en esta zona son de ladrillo color tierra, fabricados con la propia arcilla de la zona, apelmazados con moldes de madera y secados en rudimentarios hornos de leña donde están humeando durante diez días. Estos hornos se fabrican con los mismos ladrillos, apilándolos unos encima de otros, se pueden ver desde la carretera.

Horno de ladrillos 

Unos niños curiosos se acercan a ver al tipo raro que ha parado en su pueblo. Se mantienen temerosos a cierta distancia, no se fían de un blanco sucio. No me extraña, llevo cincuenta kilómetros de pista y parezco ya una croqueta. Uno de los intermitentes se ha caído de las vibraciones. Milagrosamente no se ha perdido el tornillo. Me dispongo a solucionarlo, abro la maleta, saco la bolsa interior, la dejo en el suelo, cojo la pesada herramienta, me doy la vuelta y escucho un ruido.  Pum!. La moto se ha  descompensado y se ha caído. Mierda!.

Me agacho, agarro por donde puedo y comienzo a levantarla con aparente esfuerzo. Los niños al verme en apuros corren en mi ayuda. Entre todos la ponemos recta. Ya somos amigos, se han percatado que el señor que ha parado en su pueblo no es más que un flojeras de piel blanca y han perdido el miedo. Ellos tienen tanta mierda como yo, la cosa es que ellos todos los días.

Niños polvo

Pueblo polvoVivir en uno de estos pueblos junto a una carretera de arena fina no debe ser nada saludable, coches  y camiones apenas aminoran la marcha al cruzarlos y una nube de polvo merodea constante en el ambiente. Pronto los chinos acabarán de asfaltar y la vida de todas estas aldeas mejorará. Por el polvo ingerido y porque viven sobre tierra muy fértil que no explotan porque el transporte es tan caro que no compensa. Esta insufrible pista es la principal vía de comunicación del país, la que une la capital administrativa Brazzaville, con la económica, Point Noire, donde está el petróleo y el dinero. Parece mentira que hasta ahora no haya habido recursos para hacer una buena carretera, pero el dinero en África se diluye a través de las corruptas instituciones. Los Chinos, o los que fuesen que hicieran la obra, se llevan parte de la riqueza del país a cambio de infraestructuras, pero al menos estas gentes tendrán una decente carretera en breve y su vida mejorará.

Malabares en la arenaMalabares en la arena2

La pista empeora pasadas las dos primeras horas, los bancos de arena son mayores y más frecuentes y el tráfico de camiones se intensifica. Una nube de polvo aparece en el ambiente, cada vez más espesa, bajo la visera y me sigo acercando a lo que presumiblemente será un camión que me precede. Dejo de ver nada mucho antes de intuir el obstáculo. Me pongo en el carril izquierdo, se ve lo mismo, nada, y acelero un poco hasta que vislumbro la parte trasera de un enorme tráiler dando botes. Presiono el claxon y durante una eternidad le adelanto por la izquierda sin ver si viene alguien en el sentido contrario. Así una y cien veces, saltando sobre rastrillo o culeando sobre arena, depende donde toque. Está siendo un auténtico calvario, la media es de veinticinco kilómetros por hora y llevo todo el cuerpo cargado del continuo esfuerzo de mantener la moto en su sitio. Sólo en pequeñas dosis, el trazado me regala un ligero descanso cuando han habilitado un trozo de pista que ya está lista para asfaltar, ahí abro la visera, me pongo de pie sobre la moto y vuelo a correr a ochenta kilómetros por hora, recuperando el aliento y la dignidad.

Chinos on the roadY la misma constante de siempre, al fondo aparece un grupo de trabajadores africanos con mono naranja llamativo y uno o dos sombreros de paja. Bajo éstos, siempre hay un  chino protegiéndose del sol y dirigiendo la obra. Es igual en cualquier país africano de esta zona, los chinos son disciplinados hasta para la forma de protegerse del sol. Apuesto que esos sombreros de paja los fabrican en China.

Llego reventado a Loutete a las dos y media de la tarde, maquillado de polvo y con los brazos cargados. Me quedan cincuenta kilómetros. La gasolinera es la última antes de la frontera. Cerraba a las dos, así que no hay gasolina. Por unos instantes pienso en acampar y seguir mañana, pero existe la posibilidad de que haya cortes militares por la fiesta nacional y prefiero dormir cerca de la frontera. Así que sigo.

Loutete

Tres horas después, a peor ritmo, llego a Mindouli, pueblo fronterizo con Congo Kinsasha. Salgo de la pista, cruzo un río, y en la entrada del pueblo veo un hotel. Ni me lo pienso, aquí me quedo. Doscientos veinte kilómetros en nueve horas. El personal del hotel me da la enhorabuena, el tiempo parece ser bueno. Durante todo el camino me he acordado de mi buen amigo Eduard, de Ridetoroots, que hace unos meses pasó por aquí cuando ya habían comenzado las lluvias. Él no comió polvo, pero pasar esto con barro deber ser de chiste.

Piel roja

El hotel es cutre pero tiene un cubo con el que darme una ducha, que es lo único que necesito. Esta clase de duchas siempre da pereza al verlas, pero la verdad es que tras haberme arreado bien de cubos, jabonado y aclarado, una vez limpio, me siento igual de bien que si saliese de un jacuzzi. Mucho más tras un día tan duro como hoy. La dueña del hotel me prepara un plato de espaguetis con tomate que no soy capaz de terminar. Mientras mastico a doble carrillo empiezo a pensar que mañana cruzo a Congo Kinsasha por pistas bastantes salvajes. No tengo la menor idea de qué me encontraré.

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