Charly Sinewan | De Point Noire a Dolisie, poca moto y mucho vino
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De Point Noire a Dolisie, poca moto y mucho vino

De Point Noire a Dolisie, poca moto y mucho vino

Por cuarto día consecutivo escucho el mar al despertar. Bueno, no es exactamente el apacible sonido de las olas al romper lo que me hace abrir el ojo. Como cada mañana, lo que realmente me despierta, es el guarda. Tiene la dichosa costumbre de barrer los aledaños del restaurante a primera hora, canturreando en unos tonos que bajo mi punto de vista están fuera de lugar. Obviamente el tema me cabrea, no son ni las siete de la mañana. Abro la cremallera de la tienda, saco el pie derecho, me incorporo, saco ligeramente la cabeza, y antes de tener todo el cuerpo  fuera, el guardés ya entona un “¿bien dormí mister?”. Lo hace con tal simpatía que no puedo más que abandonar mi cabreo matutino para contestar que sí, aunque desde luego una horita más habría sido lo lógico estando acampado en una playa solitaria y de vacaciones.

En la playa

Hoy toca recoger y marchar, pero antes hay que limpiar la cadena y engrasarla, además de averiguar qué demonios era ese ruido que anoche cuando regresaba de la ciudad escuchaba en la parte trasera de la moto.

LLevo tres días acampado en el Hotel Mukiwa Beach Club, básicamente comiendo y descansando, tiempo más que suficiente para coger fuerzas y enfrentarme al próximo tramo que auguro será bastante duro. La primera mañana, tras el canturreo del guarda, amanecí y comencé a recoger la tienda. La había instalado junto al restaurante y el patrón llegaría en un rato. Tenía la esperanza de que fuese Xavi, el amigo de Jota del que hablaba en sus crónicas, pero no tenía toda la certeza.

A las nueve de la mañana se escuchó el rugir de un motor Mercedes. Una furgoneta destartalada y enorme aparecía entre las palmeras dando botes por la misma pista por la que había llegado yo la noche anterior. La furgoneta entró en el recinto, se detuvo, y un ejército de cocineros y camareras bajaron enfilados a comenzar su tarea diaria. El único blanco era el piloto, y sí, la foto que había visto de él coincidía. Era Xavi.

Se acercó a la barra del restaurante, dejó sus cosas, y continúo sonriente atravesando el restaurante para acercarse a mi posición. -Buenos días-, dije, antes de que pronunciara palabra. -Eso suena español-, contestó.- Claro, soy amigo de Jota, por eso estoy aquí-.

Dicen que no hay que fiarse de las primeras impresiones, pero la gente que viajamos solos creo que discrepamos de eso. Estamos acostumbrados a conocer mucha gente en poco espacio de tiempo, y normalmente, la primera toma de contacto suele ser bastante definitiva. Xavi y yo nos hicimos colegas desde el primer café. Antes de saborear la primera de tantas tazas juntos, la conversación ya fluía sin interrupciones. Y nunca paró, desayunamos y comimos juntos cada día, una barra de lomo ibérico que viajaba en una de mis maletas, con pan, aceite de oliva y tomate por la mañana, y lubina, langosta y carne argentina cada uno de los tres mediodías. Homenaje tras homenaje, regado con buen vino, conversaciones interesantes sobre África, Europa, nuestras vidas y nuestras historietas de viajes. De postre un par de chupitos de ron. Todo con el constante rugir del océano de fondo.

Con Xavi 

Así cada día, luego a las cuatro la furgoneta arrancaba y todos volvían a sus casas. Yo me quedaba allí solo con el guarda, esos días no había otros clientes y el hotel se mantenía cerrado. A los veinte minutos del primer café, Xavi y yo llegamos a un ventajoso acuerdo para ambos, así que me podía quedar allí acampado. Eso sí, unos metros más alejado de las mesas donde clientes en su mayoría franceses, trabajadores de la petrolera ELF, cada día venían a comer. Además me podía duchar al aire libre. Qué más podía pedir.

Eso hice, trasladé mi tienda y allí se quedó hasta esta mañana en que con algo de pena me dispongo a recoger el campamento. Antes de nada, observo detenidamente la rueda trasera y alrededores, porque el dichoso ruido de ahí provenía. Enfoco al disco y ¡mierda!, una de las pastillas ya no existe. Los seguidores de este blog sabrán que estando en Nigeria un ingeniero adaptó unas pastillas de GS 1200, pegándolas a conciencia para que aguantaran. Él lo hizo a conciencia, pero fue mi inconsciencia la que pensó que aquello era mano de santo, así que me vine sin repuesto. Compré las delanteras en previsión de que no lleguen hasta Sudáfrica, pero pensé, imbécil de mí, que aquella ñapa era mejor que haber instalado unas recién salidas de fábrica. Por tanto, no necesitaba llevar repuesto. Extraigo las pastillas y veo que una no existe y la otra está torcida. -Me cagó en mi estampa!-, cómo se puede ser tan tonto de no traer unas nuevas por si las moscas.

Como cada día a las nueve en punto se escucha la furgoneta. Se detiene donde siempre y el ejército baja a ocupar  sus puestos. Xavi se acerca y me pregunta. – ¿No te ibas?-. Le muestro con mis dedos grasientos las pastillas. -No tengo recambio-. – No te preocupes, tomemos un café que llamo a mi mecánico -.

Tras el café Xavi nos lleva, al mecánico y a mí, a los barrios populares en busca de un lugar donde adapten unas pastillas para poder seguir viaje. Point Noire, como otras tantas ciudades de la costa africana, tiene un lado algo europeo, con un paseo marítimo impoluto, algunos buenos hoteles, y una zona residencial con casas de lujo. El resto son barrios populares sin asfaltar y casas de sucio ladrillo gris de hormigón por terminar. Aquí no hay crédito, las casas se construyen a golpe de ahorro, lo que supone años hasta que se terminan, si es que llega ese momento alguna vez. En un bulliciosa avenida está el taller, pero el mecánico  no me deja acompañarle y me deposita en un bar bebiendo Coca-Cola. Los doce euros que cuesta la nueva ñapa, si ven mi blanqPastillasuito careto, se habrían convertido en dos o tres veces más.

Media hora después ya están listas, esta vez nada de pegamento, han hecho tres agujeros y las han remachado. Hasta que lleguemos al remache todo irá bien.

(La foto es posterior, tras 1000 Km)

Volvemos caminando hasta la estación de taxis, zigzagueando por sucias y polvorientas calles antes de salir al mercado popular, ubicado sobre las vías de algún antiguo paso ferroviario. Los mercados en África son una explosión de colores y olores, de bullicio, de gente que vende cosas que nunca descifro qué son, de personajes que no se sabe muy bien por qué están ahí, y sobre todo de mujeres africanas al pie del cañón, ahí sentadas, vendiendo tomates, trozos de pescado ahumado, frutas o lo que sea, pero ahí, esperando las transacciones necesarias que les permitan seguir adelante un día más y poder así alimentar a la tropa de niños que andan por ahí, mugrientos, descalzos, jugando con cualquier cosa que les distraiga. Por ejemplo un blanco que pasa, algo que siempre les entretiene. Cuando paro con la moto el premio es extra.

Mercado de Point Noire
Point Noire está lleno de blancos, en su mayoría franceses que trabajan en el petróleo. Pero por estos barrios no se dejan ver, viven en su particular burbuja, en urbanizaciones vigiladas donde un estudio cuesta mil quinientos euros y una casa con jardín ronda los seis mil, frente a los treinta euros que cuesta al mes una casa en los barrios populares. Sin agua ni corriente eléctrica. Los sueldos, como en cualquier sitio, suelen oscilar el triple del coste de la vivienda. Aquí un camarero cobra setenta y cinco euros al mes, más propinas. Un petrolero no sé exactamente, pero me imagino que alrededor de tres veces lo que cuesta su casa.

Como una vez me dijo un amigo en este blog, cuando te caes, aprovecha y mira si hay algo en el suelo. Esta mañana amaneció mal, con una pequeña traba para seguir el viaje. Eso me ha llevado a darme un paseo por una zona que no creo que de otra forma hubiese visto, y además, vuelvo a comer con Xavi y repito langosta, que es algo que no suelo disfrutar en Madrid. Mañana ya me iré.

Por primera vez agradezco el canturreo del guardés, no son ni las siete de la mañana y ya estoy recogiendo. A las ocho dejo una nota en la barra del bar, agradeciendo el buen trato recibido. Salgo haciendo malabares por la pista de arena blanca, atravieso el depósito de petróleo, y engancho la carretera que atraviesa Point Noire para después enfilar dirección Dolisie, por la misma calzada china que me trajo hace hoy cinco días. Como castigo a mi mala cabeza con el tema de las pastillas, me he propuesto no parar en Dolisie y enganchar la temida pista que me llevará hasta la frontera con Congo Kinshasa. Hasta que empiece a oscurecer, donde esté, busco un lugar y acampo.

El día ha amanecido especialmente gris. La calle está colapsada y el humo negro envuelve el ambiente. El desagradable sonido de la cadena me hace alarmar, debe ir destensada. Ya podía haberme dado cuenta esta mañana y haberla manipulado en la playa, ahora me toca encontrar un lugar en medio de este caos. Odio estos momentos. Paso junto a un lavadero de coches y meto la moto. Negocio el precio de un manguerazo exclusivamente a la cadena con un chaval, cuando por la espalda aparece un tipo mulato con gorra.Se ha bajado de un lujoso pick-up. – Hola, yo también tengo una moto grande, ¿de dónde vienes?-. Estoy algo agobiado, el bullicio de motores renqueantes y bocinazos es infernal, el chaval de la gasolinera, escoltado por un ejército de curiosos, intenta hacer el negocio del mes con el blanco apurado que va en BMW. El mulato parece majo pero no lo sé, de primeras no me fio, estoy en mitad de una ciudad y soy un blanco perfecto. Comienzo a ambiguear sobre de dónde vengo y a dónde voy. – ¿Pero vas a Cabilda? (esto es una parte de Angola separada del resto del país a donde no puedo ir porque no tengo visado con doble entrada). – Sí bueno, voy, creo, aunque ahora no…-. Y sigo a lo mío. Aprovecho para pedirle que me ayude a subir la moto en el caballete. El chaval del lavadero espera una orden para atizar con la manguera a presión, la mantiene suspendida en el aire cual metralleta de asalto. Los curiosos nos rodean, cada vez son más. – Joder qué momento!-. Me dirijo al espontáneo, que es angolano y habla en portugués, así que me entiende en Español. – ¿Cuánto cuesta un manguerazo a la cadena?-.-Nada hombre, eso es gratis-. El tipo coge las riendas del asunto y le dice cuatro cosas al chaval que sin rechistar comienza a enchufar agua a la cadena. Comienza a salir barro  a chorros.

Me relajo un poco y sigo dialogando con el tipo. Es motero y por eso se ha parado al verme. El chaval ha terminado. Julio, que se llama el espontáneo angolano, me ayuda a tensar la cadena. Al terminar  me invita a un café. Ya lo veo todo un poco más claro, así que le sigo confiado. Salimos de la calle principal y por un atajo llegamos otra calle ancha donde está todo el comercio para blancos. Entramos a un café bastante moderno y seguimos la charla, le interesa todo lo que le cuento del viaje. Aprovecho y pido un sándwich porque no he desayunado. Julio se dedica al petróleo y vive entre Cabilda y Point Noire. Con calma le explico el tema del pasaporte y que no puedo ir, me siento un poco estúpido pero la verdad es que he de protegerme en depende qué momentos.

Entra en el bar un tipo blanco, de unos cincuenta, acompañado de una jovencita congoleña. Se llama José y es amigo o socio de Julio, no sé muy bien. Se sientan en la mesa. Son asientos dobles así que nos apretujamos un poco. Seguimos un rato más la distendida charla en medio español medio portugués. Viendo la hora decido que es momento de marchar, aunque creo que de Dolisie no paso y haré noche allí. Pienso en voz alta. – ¿Dónde pretendes alojarte en Dolisie?-, pregunta José. Pensaba acampar en una misión católica o buscar un hotel barato. – ¿Tienes un papel?-, me dice. -Sí claro-. -Ve a este hotel, Bufeé de la Gare, está junto a la avenida principal, y pregunta por Jean Philipe, es el dueño. Di que vas de mi parte, es buen amigo. En cualquier caso ahora le llamo y le digo que vas para allá-. El tipo maneja pasta, así que le explico. -No sé si podré pagarlo, voy justo de presupuesto-. Por eso no te preocupes, te tratará bien.

No me dejan pagar mi desayuno.Julio Silva

José

Por fin parece que consigo abandonar Point Noire, son casi las once de la mañana así que definitivamente dormiré en Dolisie, ya veremos dónde. Mañana madrugo y me enfrento a la temida pista. Circulo tranquilamente por la carretera de perfecto asfalto chino y sobre las dos de la tarde entro en Dolisie.

Carretera China2

Pregunto un par de veces y llego al Bufeé de la Gare sin mayor problema.

Una cerca de ladrillo blanco rodea el hotel. Al frente, junto a  una pequeña entrada, aparco la moto. Entro por un pasillo al aire libre de varios  metros, techado por un tejado de paja, con jardín cuidado a cada lado. Al fondo está el bar del hotel. Es un enorme espacio circular con una barra roja en el centro, también circular. Dentro de ésta, se eleva más de cinco metros un robusto pilar de madera que sujeta, ayudado de unas cerchas de madera, un gran tejado de paja. Varias camareras vaguean dándole palique a los dos únicos clientes, que se apoyan con el codo sobre la barra. Se escucha música, pero no muy alta. El sonido de dos botas arrastrando hace que todos se giren a mi llegada. Se hace un silencio. Las chicas sonríen, ellos también.

-    Bonjour.
-    Bonjour.
-    Preguntaba por Jean Philippe.
-    Está durmiendo, demasiado alcohol anoche.
-    Vaya, ¿me pones una Coca Cola?.
-    Claro

En la anterior crónica omití que las congoleñas tienen un descaro sobrenatural. En varios pueblos me han tirado besos o sacado la lengua sugerentemente al pasar, tan sólo por llevar el casco abierto y dejar ver el blanco de mi piel.
Las camareras empiezan a tontear y los dos clientes se unen a la fiesta.

-    ¿Viajas solo?
-    Sí, vengo de Gabón
-    ¿En moto?
-    Sí
-    Guau! Y no sería mejor una chica que te acompañase, aquí tienes alguna que otra candidata.
-    Jeje, es una pena pero no llevo espacio en la moto.
-    Ah

Una de las chicas ha ido a despertar a Jean Philippe, que aparece por la otra entrada, la que parece que lleva a las habitaciones. Habla algo de inglés.

-    Hola.
-    Hola, soy amigo de José, creo que te ha llamado.
-    Es posible, estaba durmiendo.
 
Mientras se quita una legaña con una mano, empieza a manosear el teléfono con la otra. Viste una impoluta camisa blanca y le brilla la piel. Tiene buen despertar, al menos eso parece, no deja de mostrar su perfecta y blanca dentadura carcajada tras carcajada. Parece un tipo feliz.

-    José!, qué tal hermano…

Mientras charlan una de las cameras sirve un vaso de whisky sin hielo. Los dos clientes siguen de risas con las otras dos, que apenas se mueven.

-    Bueno, ¿quieres quedarte a dormir?, vente que te enseño las habitaciones.

Jean Phillipe le mete un trago al whisky que lo deja por la mitad, traga, deja el vaso con confuso gesto entre asco y placer, y me invita a que le acompañe. Salimos por la otra puerta, efectivamente una construcción de una planta alberga unas ocho habitaciones. Jean Phillipe abre una de ellas.

-    Mira, aire acondicionado, nevera, cama grande, ahí está el baño…
-    No sé si puedo pagar esto, ¿qué cuesta?
-    Cuarenta dólares
-    No sé si…
-    No no, pero tú no pagas nada
-    ¿Cómo?
-    Que no que no, tú eres mi invitado, tú no pagas. José es mi amigo, bueno mucho más que eso, es como si fuese mi hermano. Él ha hecho mucho por mí, si vienes de su parte no pagas nada.

Jean Phillipe

Tras una relajante ducha salgo de nuevo al escenario. Ahora las camareras sí que trabajan, varios clientes rodean la barra. La música es africana y el volumen es mucho más alto. Jean Phillipe picha con un antiguo Mac. El sito es básicamente un garito, con restaurante y habitaciones, pero el negocio principal parece ser el alcohol. Jean Phillipe es el mejor relaciones públicas, gira alrededor de la barra dando coba a unos y otros, sin parar de beber whisky a palo seco y descojonarse.

-    ¿Quieres comer? ¿Arroz con gambas?  Esta es mía eh!
-    Gracias, pero la verdad es que necesitaría ir a un ciber antes…
-    ¿Tienes portátil?
-    Sí
-    Pues toma mi modem que es tarifa plana, mientras te pido esas gambas, puedes navegar ahí en la mesa.

-¿Dónde está la cámara?-, me pregunto. La conexión es lenta pero me da para ver el mail. Las gambas con arroz me saben a gloria. Jean Philippe me acompaña a ratos y me sigue contando su vida. Tiene cinco hijos, el mayor de veintidós años.

-    ¿Cuántos años tienes tú?.
-    Cuarenta y cuatro.
-    Qué cabrón, pareces menor.
-    No será por la buena vida…
-    Y tu mujer? Vivís aquí también?
-    Mis hijos y yo sí, pero no tengo mujer.

Estamos en África, lo primero que me viene al pensamiento es que haya fallecido. No sé cómo preguntar, pero no hace falta.

-    Nunca me casé, las mujeres son muy pesadas, que si no bebas, que si no te vayas de juerga,  que si…
-    ¿Y tus hijos…?
-    Cada uno es de una mujer diferente, salgo una noche, me lió con una, se queda embarazada, yo no quiero casarme, ella no quiere el hijo, yo sí, y así cinco veces.

Nunca he visto una caso igual. Me presenta a dos de ellos, los mayores, educados y simpáticos como el padre.

-    Yo no quiero ser rico, con tener para el colegio de éstos, tomarme unas copas con mis amigos, y mantener al personal, es suficiente. Con eso soy feliz, también me gusta viajar, lo hice por Europa mientras estudiaba en Paris. Pero ahora no puedo, ya llegará el momento en que sí. Me iría contigo a Namibia encantado.

Sigue la tarde. Estoy todavía digiriendo las gambas y en definitiva el día tan curioso, cuando Jean Phillipe me hace señas desde la barra. Charla con un par de tipos mayores. Uno de ellos lleva una especie de boina.

-    Mira, te presento a David, es mi tío y habla español.

Efectivamente el doctor David, como se presenta, habla perfecto castellano. Congo Brazza fue comunista hasta finales de los noventa y él estudió medicina en Cuba. Se casó allí con una cubana, tuvo dos hijas, vinieron a vivir a Congo, pero durante la guerra ella regresó a Cuba con sus hijas. Durante cuatro años dejé de tener sueldo, me dice visiblemente afectado.

-    ¿Quieres dar un paseo?, te llevo a mi casa, mi hermano y yo hemos construido un hotel en nuestra antigua casa familiar, donde nos criamos.

– Claro

Callejeamos la ciudad en un destartalado Mazda amarillo. Ya es noche cerrada, pero Dolisie es tranquila como pocas ciudades en África. Calles anchas, cierto orden, arquitectura colonial mezclada con africana, y según me dice David, muy segura. – Aquí nunca pasa nada-.

Llegamos al hotel, un edificio de dos plantas que parte está en obras y parte tiene varias habitaciones bastante dignas. Fuera hay una terraza y a cada uno de los lados una puerta, la cocina y comedor tras una de ellas,  y una sala con una minúscula barra y completamente rodeada de sillones marrones, tras la otra. Más que un bar es una especie de sala de baile, muy caribeña. Ahí entramos. – Pon salsa!-, dice David al camarero, que acata las órdenes al instante y los bafles comienzan a escupir música cubana a toda leche.

-    ¿Una cerveza?
-    No bebo cerveza
Doctor David
-    ¿Vino entonces?, ¿Un tilín?

La expresión me hace soltar una carcajada. El tilín se convierte en dos pequeñas botellas que suman medio litro. David me presenta a parte de su familia que entra y sale de la sala mientras me va contando su vida. Echa de menos Cuba, o al menos esos años en los que como dice él, se convirtió en persona. Aquí no vive mal, gana setecientos euros, se ha vuelto a casar y tiene una hija más. Cuando puede viaja a Cuba para ver a las dos mayores, pero ahorrar para un billete y la estancia en Cuba le lleva mucho tiempo. – Mi hermano sin embargo, está forrado, vive del petróleo. Pero yo soy más feliz con lo que hago, la medicina cura, el petróleo mata-.

Entre historias de Cuba y de Congo, David me cuenta que más me vale madrugar mañana domingo, porque a partir del lunes la zona por la que pienso cruzar a Congo Kinshasa estará tres días de fiesta, y puede que la frontera esté cerrada. – Ups!-, más me vale acostarme temprano y salir pronto mañana.

David me devuelve al hotel de su sobrino. Al llegar Jean Phillipe no deja ni que me siente. Está con su hermano, con otro colega y la novia de éste. – Te estábamos esperando, vámonos a cenar-. De nuevo, ahora en otro destartalado coche que no sé cuál es, callejeamos la ciudad. Por un camino de cabras llegamos a un restaurante. Sale a recibirnos la dueña, una mujer de unos cincuenta, vestida tradicional, enormes labios, lentillas de colores, maquillada hasta la saciedad, y que anda como si siempre  estuviese zambando. Está feliz, le encanta que estemos allí y nos muestra orgullosa su restaurante. Está decorado en exceso, botellas de vino rodean las paredes como en el mejor restaurante de Paris, pero están vacías.

Nos sentamos, la única otra mesa con clientes está terminando, pagan y se van. Nos quedamos solos. La cena no tiene desperdicio. Fondue de ternera con ensalada. Un plato enorme con carne cruda y una cazuela al fuego con aceite casi hirviendo. Todos ellos acompañan la cena con whisky a palo seco. Las chicas Martini. Yo vino. La conversación de la noche gira básicamente entorno al sexo. El amigo de Jean Phillipe lleva las riendas, burrada tras burrada, aunque la dueña del local no se queda corta. Jean Phillipe y su colega, que también chapurrea inglés, me van traduciendo. Y más vino, y más whisky, y más carne. Y a cada rato un brindis por la vida, porque no sabemos dónde estaremos mañana.

Cena Dolisie

Y qué razón tienen, que me lo digan a mí. A las doce volvemos al hotel, ya no queda nadie en el bar. Me despido de todos ellos que se largan de copas y me voy tajado a la cama. Esta mañana salía de Point Noire y la dichosa cadena de la moto me hizo parar. A partir de ahí el guionista tomó las riendas del viaje. He comido, bebido, y ahora me dispongo a dormir en una cama de dos por dos refrigerado por una máquina de aire acondicionado, y no he pagado un triste euro. Supuestamente debería estar calentando una lata junto a mi tienda de campaña. Mañana me temo que desayunaré con ibuprofeno. Creo que será el peor día para tener resaca, pero qué más da, a estos regalos de la vida no se puede decir que no.

Mañana tengo más de doscientos kilómetros de insufrible pista hasta la frontera con Congo Kinshasa, veremos qué tiene el guionista preparado.

4 Comments
  • paratito
    Posted at 12:19h, 04 septiembre Responder

    Muy buenas!!!!
    Ya nos contarás pero creo que la ración de ibuprofeno ha sido doble, a que si??
    Oye, es cosa mía o ahora el guionista te tiene preparadas muchas sorpresas y sobretodo muchas mas amistades que en otros viajes???.
    Espero que continúes con esa buena estrella.
    Buen viaje y mucho cuidado.
    Un abrazo.

    • Charly
      Posted at 13:09h, 04 septiembre Responder

      supongo que es el guionista, unido a la zona del viaje que motiva más cercanía con la gente, África es así, la gente es muy cercana en las distancias cortas. Gracias por estar ahí

  • Roberto
    Posted at 10:48h, 28 septiembre Responder

    Bueh, estos comentarios míos, así, a destiempo no molan tanto como recibirlos nada más publicar pero ya sabes que me gusta leer del tirón. A mi no me dejas en ascuas tú, guaperas.
    Disfrutando verdaderamente de la lectura.
    Iba a decirte que me gustaría viajar contigo por África pero seguro que se jodía el guión. Estas cosas hay que hacerlas solo.

  • Daisy del Carmen Torres Marquez
    Posted at 00:24h, 04 enero Responder

    Hola una historia muy bonita.desearia ponerme en contacto con usted .tengo familia en dolisie y me imteresaria que me hablase mas del tema sus culturas su gente.ademas de bonita historia como antes le dije

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