Charly Sinewan | El peligro de viajar en carguero
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El peligro de viajar en carguero

El peligro de viajar en carguero

Un día pensé que mi vuelta al mundo en moto debía pasar por Madagascar. Desde entonces la mirada estaba puesta en llegar mientras el camino se iba haciendo solo, sin guías de viaje ni rutas marcadas pero sabiendo hacia donde debía dirigirme.

La forma más fácil para saltar un océano es meter la moto en un contenedor, coger un avión y esperar a que llegue. Sin embargo hay una norma no escrita que cualquier buen viajero cumple a rajatabla: nunca te separes de tu moto si puedes evitarlo.

Un pequeño carguero sale esta noche de Dar es Salaam a Islas Comoras. Allí tendré que esperar unos días hasta que vuelva a partir a Madagascar. Si finalmente llegamos habrá pasado casi un mes desde que entré un día en este puerto y, preguntando a unos y otros, llegué a la cubierta del buque Armas, donde negocié in situ el precio con el propietario. Después vinieron horas de burocracia y surrealismo africano, lidiando con funcionarios hasta conseguir legalizar la salida de la moto. Ahora me esperan varias noches durmiendo en el suelo de la cubierta, junto a otros veinte pasajeros que todavía no conozco.

Suena complicado e incluso peligroso viendo el endeble carguero. Sin embargo para mí, como para cualquier viajero de largo recorrido, es el día a día, una tarea más para cumplir con nuestra obligación de avanzar, igual que para un padre de familia enfrentarse con la compra de libros en septiembre después del saqueo veraniego. Todos tenemos un objetivo y haremos lo imposible por conseguirlo.

Para mi entorno es diferente, desde el sofá o el despacho todo esto resultará estrambótico, una película de aventuras en la que no pueden faltar los malos. ¿No te robaron nada?, ¿podías pasear tranquilo por la cubierta?. Son las preguntas más frecuentes de la gente cercana con la que hablaré después del viaje.

Cuando me enfrento a alguien parto de la premisa de que es bueno, hasta que no se demuestra lo contrario o al menos se intuya. Cuando viajas solo desarrollas la capacidad de observación, de captar un mal gesto en alguien que te haga intuir que estás en peligro. Han sido muy pocas veces estos años, pero cuando ha pasado no he dudado ni un segundo en hacer caso al instinto y salir zumbando, cerrar con llave una puerta o incluso enfrentarme al sujeto para que él también sintiera el peligro. Tan sólo he sufrido un robo, un GPS en una gasolinera iraní que perfectamente podría haber sido española. Todo esto no quita que siempre tome precauciones, porque tampoco se trata de ser ingenuo.

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Diez tipos suben la moto al carguero mientras varias cámaras lo graban. Mi viaje se ve en youtube y esto es parte de mi trabajo. Acabo de cometer un irremediable error, ser ostentoso frente a los que esta noche sólo tendrán en sus bolsillos lo que hayan sacado hoy cargando y descargando barcos. Toca protegerse.

Guardo bajo llave mi equipaje hasta que zarpe el barco y salgamos del puerto, lugar más propenso a que pasen cosas. Entre tanto siguen cargando el barco. La proa todavía está vacía y los cargadores han preparado una rampa con palés para cargar algo. Cuesta creer lo que sucede. Es de noche y el puerto ya está casi vacío. Al fondo aparece un rebaño de vacas, diría que más de cien. Son enormes y algunas con una cornamenta de casi un metro. Los pastores tardan dos horas en conseguir que entren en el barco, a palos, por grupos de cinco o seis. La secuencia es demoledora.

Paso cuatro días y cinco noches en el carguero. La primera mañana amanezco enfermo, con un fuerte dolor de cabeza y ganas de vomitar. El océano está cabreado y la pequeña embarcación se mueve continuamente, estaré revuelto durante todo el viaje. Pero no es sólo eso, esta noche me he intoxicado. El humo negro que escupe el viejo motor se precipita contra la cubierta, donde veinte personas permanecemos tumbadas y en completo silencio. Esta noche nos hemos comido todos los gases. Nadie se mueve, nadie abre la boca ni apenas se incorpora.

Los cuatro días son así, apenas me muevo de mi pequeño rincón en cubierta que se convierte en mi hogar: un colchón hinchable, una sábana y las dos maletas laterales de la moto donde guardo mis pertenencias bajo llave. Apenas como y bebo muy poco porque el cuerpo no da para más. Dos veces al día los cocineros suben a cubierta con dos cubos azules, uno con arroz y otro con carne. Ni lo pruebo, la primera mañana echo por la borda los tres tragos de agua que acabo de beber y a partir de ahí me cuido comiendo poco y con el menor riesgo posible.

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¿Qué hago aquí?, podría haber metido la moto en un contenedor y haber volado a Madagascar. Sin embargo ni me lo he planteado. Salir de la zona de confort y enfrentarme a la aventura de no saber qué va a pasar, es lo que hace que ni siquiera ahora, tumbado en el sucio suelo del carguero, apretujado con otras veinte personas, me cambiaría por nadie. Hay personas a las que la rutina nos hace peores, no nos gusta saber donde están las cosas y preferimos tener que buscarlas todos los días.

Por otro lado este tipo de circunstancias te enseñan quien eres. Por primera vez en mi vida estoy cuatro días sin poder hacer nada. Casi no hablo con nadie, no escribo, no leo, no tengo internet, nada. Tan sólo queda distraerse pensando. Es curioso pero no tengo ansiedad porque lleguemos, creo que necesitaba un descanso. Tengo muchas cosas que hacer y no puedo hacerlas, pero no me siento mal por ello porque es fuerza mayor. En el mundo occidental esto no está permitido, ni siquiera en vacaciones te puedes dar el lujo de estar cuatro días sin recibir impactos. Siempre hay una televisión, un libro o una conexión a internet que te sacan de la inactividad total.

Para sobrevivir a cuatro días tan aislado es clave estar a gusto contigo mismo. Tardé mucho en  tomar la decisión de dar un carpetazo a una vida urbana que no me gustaba y estos días en el carguero me confirman que hice lo correcto, que la vida se pasa pronto y hay que estar donde uno desea, aunque sea tumbado en el suelo de un carguero. Porque los lugares tan solo son escenarios, el viaje es uno mismo y cómo te sientes en cada momento.

Un par de veces al día doy un paseo e intento grabar lo que está pasando, el interior del barco, lo que me viene a la cabeza y el estado de las vacas, aglutinadas durante cinco días. El resto de pasaje observa mi cámara. Es un objeto que cualquier persona desearía tener. “¿No tenías miedo de que te tiraran por la borda para quedarse con ella?”, me preguntará una amiga días después.

Unos años atrás probablemente no habría grabado o lo habría hecho con la cámara pequeña. Ahora es diferente, siempre que puedo intento tener el mejor material posible. Para ello hago un pequeño examen previo de las personas con las que estoy compartiendo el viaje. La inmensa mayoría de los seres que habitamos este planeta no somos ladrones, ellos observan mi cámara porque les resulta atractiva, quizá desearían tener una igual, pero no hay ningún síntoma que me haga pensar que me vayan a robar. Mucho menos que un ser humano que compra un pasaje para viajar en un carguero, tenga la sangre fría de empujar a otro ser humano por la borda en mitad de un océano, simplemente por una cámara de vídeo.

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Por el contrario, el pasaje se va convirtiendo en familia en el transcurso de los días. Apenas hay conversaciones pero sí continuas miradas cómplices. La mujer y el hijo de uno de los propietarios de las vacas, duermen pegados a mi colchoneta. La mujer es enorme y necesita de la ayuda de su marido para bajar al baño. El niño es muy pequeño y se queda solo, podría caer fácilmente por la borda si le diera por correr. El resto de pasajeros cuidamos de él sin necesidad de que nadie lo pida. Cada vez que los cocineros suben la comida esa misma mujer me mira preocupada. “¿No comes nada hijo?”, me pregunta. “No gracias, estoy revuelto y no me sentaría bien”, le respondo. Ninguno hemos abierto la boca, ha sido una conversación entre gestos y sonrisas.

Vivimos en una sociedad que fomenta la desconfianza en el prójimo a través de los medios y de nuestro propio entorno. Siempre contamos las cosas malas que nos pasan, porque son más impactantes que las buenas, aunque éstas sean clara mayoría. Por otro lado, pensar que algo malo va a pasar creo que en cierta medida provoca que pase. Aunque tengamos la boca cerrada estamos siempre comunicándonos por gestos, la desconfianza se proyecta y genera lo mismo en el que la percibe. Tampoco vale fingir porque una sonrisa falsa se identifica fácilmente. Es mucho más que eso, es la forma en la que te enfrentas a la vida.

Todo va a salir bien, me dije cuando encontré ese barco. Y así será. La quinta mañana avistamos tierra. En una semana volveré a embarcarme en este mismo carguero y dos días después el barco echará el amarre en el puerto de Mahajala, en Madagascar.

Desde el sofá o el despacho resultará complicado. Desde la cubierta, compartiendo suelo con personas que han dormido sin colchoneta hinchable, que si la carne les sentaba mal no comían porque no llevaban nada más que agua, y que si estaban en ese barco es porque no les quedaba otra, no es más que una buena experiencia y un nuevo aprendizaje.

Para ellos viajar en carguero es simplemente una necesidad.

Gracias por seguir leyéndome, cinco años después.

Charly

Si quieres ver el vídeo de este viaje pincha aquí

8 Comments
  • Ricardo Lamancha
    Posted at 20:24h, 06 noviembre Responder

    Sublime y esta frase es una postal: Sin embargo para mí, como para cualquier viajero de largo recorrido, es el día a día, una tarea más para cumplir con nuestra obligación de avanzar, igual que para un padre de familia enfrentarse con la compra de libros en septiembre después del saqueo veraniego. Todos tenemos un objetivo y haremos lo imposible por conseguirlo.

  • Juan Magaña
    Posted at 08:38h, 17 noviembre Responder

    Fantástico post, lleno de reflexiones interesantes.
    ¡Espero que el próximo no tarde tanto en llegar!

  • Tarque
    Posted at 19:18h, 13 diciembre Responder

    Cuantas verdades dices Charly. Al leerte y verte se me mezclan sentimientos de ánimo, tranquilidad y rabia a la vez. Ánimo porque haces ver que es posible, tranquilidad al plasmar que viajando “todo saldrá bien” y rabia porque no encajen las piezas para avanzar hacia ese destino y a veces no ver claras las señales.
    Un abrazo y disfruta por Dubai.

  • Two and the Road
    Posted at 23:22h, 15 diciembre Responder

    ¡Nos encanta leerte de nuevo!
    Gran artículo.
    Un abrazo enorme 🙂

    http://www.twoandtheroad.com

  • Francisco Olmo
    Posted at 17:21h, 17 diciembre Responder

    Hola Charly.
    Una pasada tu post, pero me uno al comentariode Juan Magaña: No tardes tanto en publicar el siguiente post.
    Sé que te estás volcando más en las redes sociales, pero recuerda tus inicios y a tus seguidores incondicionales que aún andamos sin FB ni esas cosas de “jóvenes”.
    Un abrazo
    Paco
    Z750

  • La experiencia de viajar en cargueroEL Mundo en Moto Sinewan
    Posted at 20:58h, 22 junio Responder

    […] viaje. El caso es que conseguí  salir de Madagascar y llegar al Gran Comoro de la misma forma que hace un año llegué: en […]

  • ELVIAJEROMOTERO
    Posted at 14:14h, 27 diciembre Responder

    Buen relato compañero. no me he perdido ningún vídeo desde los inicios.

  • Ciudad del Cabo - Madrid - EL Mundo en Moto SinewanEL Mundo en Moto Sinewan
    Posted at 21:09h, 06 febrero Responder

    […] Post 31: El peligro de viajar en carguero […]

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