Charly Sinewan | El Show de Truman en Angola
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El Show de Truman en Angola

El Show de Truman en Angola

Por fin parece que salgo de la ciudad, sigo costeando y la avenida se despeja de tráfico. Saco la cámara y sin detener la moto se lo cuento. Es una práctica habitual cuando viajo, a falta de copiloto voy hablando con mi cámara. Como Robinson con Wilson. Pero Luanda es gigante y nunca parece terminar. Vuelve el atasco y vuelven las casas. Son barrios periféricos, hasta tres veces le cuento a la cámara que ya salgo, pero la realidad es que sigo atascado y el sol va bajando. Aunque creo que llegaré de día, no son más que setenta kilómetros por asfalto y sigue quedando una hora larga de luz.

Una BMW R65 del año ochenta se posiciona paralela. Pilota un tipo blanco, con casco abierto y rasgos parecidos a los míos. Me habla en inglésCelio en atascp.

–     Hola!, ¿qué tal? –    ¿Muy bien y tú? –    ¿De dónde eres? –    España –    ¿Tú? –    Jaja, Portugal, qué coño hacen un español y un portugués hablando en medio de un atasco en Luanda. –    Para que veas… –    ¿ Vienes desde España con la moto ? –    Sí, bueno, a trozos pero sí. –    ¿Dónde vas ahora? –    Pretendo llegar a Cabo Ledo, ¿crees que llegaré de día? –    Bufff, muy justo, el atasco ya termina en breve pero después no puedes ir muy deprisa, tienes que tener cuidado con las vacas –    ¿Vacas? –    Sí, está lleno y a estas horas suelen andar por la carretera –    Gracias, descuida que lo tendré, pero tengo que llegar porque allí conozco un sitio donde acampar –    ¿Acampar? Joder… ¿quieres quedarte a dormir aquí? –    ¿Aquí?, ¿tienes sitio? –    Sí, tengo tres habitaciones vacías. –    No sé…, ¿estás seguro? –    Totalmente –    Perfecto entonces, te sigo…

¿Estará esto preparado?, ¿Será un actor?

La intuición suele ser buena compañera y el tipo parece majo. Seguimos juntos escasos minutos hasta que giramos a la izquierda y entramos en unas instalaciones aparentemente en obras. Es una parcela con tres edificios, uno frontal dando a la calle y otros dos en la parte trasera de la parcela. Todos parecen estar en construcción. Bajo uno de ellos aparco la moto.

–    Mil gracias, me llamo Carlos –    Yo Celio, vente que te enseño la habitación y te dejo un rato, que tengo que cerrar. Todo esto es de mi padre, el edificio frontal es una clínica, en este está  su casa y en aquel tenemos tres habitaciones independientes para cuando vienen médicos que necesitan hospedarse, pero tengo dos libres. Como ves estamos en obras porque mi padre quiere construir apartamentos.

Subimos por una escalera en obras del esqueleto de unos de los edificios, en la primera planta hay tres habitaciones de paredes de chapa. Abre la puerta de una de ellas y me enseña la habitación. Una cocina, una cama con mosquitera y una puerta de accede a una ducha. Todo sencillo.

–    No es gran cosa, pero bueno, te puedes quedar aquí si quieres. –    Claro que quiero, esto es un regalo.

Edificio Celio

Celio tiene treinta y cuatro años, desde hace diez vive en Angola y está casado con una mujer sudafricana con la que tiene un hijo. Es una persona extremadamente generosa, desde el primer instante, hasta que tres días después dejara Luanda, no gasté un solo dólar. Varias mujeres venían cada día y cocinaban comida para todos los trabajadores de la clínica y de la obra. Yo estaba en la lista y allí comía. Tanto las botellas de agua como los paquetes de tabaco, me los regalaba Celio. Configuramos el portátil y tuve conexión a alta velocidad. Un día Celio me invitó a comer con su familia y después me paseó por los alrededores de Luanda, para ver como la ciudad crece vertiginosamente y el horizonte está invadido por grúas y andamios con chinos trabajando en ellos. Lo que quería ver en Luanda, Celio me lo mostró, y además me lo explicó. Recuerda mucho a la España del pozero.

Luanda y gruas

A mí las cicatrices que traía la moto del paso por los Congos me daban un poco igual, pero Celio insistió en repararlas en su pequeño taller, bajo uno de los edificios. Mi buen amigo, porque después de tres días juntos en los que no paramos de contarnos nuestras vidas ya lo considero un buen amigo, reparó mis maletas, limpiamos el filtro del aire, devolvimos la palanca de freno a su posición original y me pronosticó que la mancha de aceite con casi toda seguridad provenía del piñón de ataque, lo que me hizo recordar una historia pasada.

Celio arreglado maletas

Celio además contactó con un amigo para ver si me podían poner en contacto con algún club de moteros angolanos que me echaran una mano el resto del viaje. La penúltima mañana apareció en la clínica Paulo, un medio portugués medio francés, que además habla perfectamente castellano, afincado en Lobito, siguiente ciudad al sur. Aunque viajaba en un enorme Land Cruiser, en su garaje le esperaba una Súper Teneré 1200, era motero y pertenecía al club de Lobito. Al ver la mancha de aceite llamó a su mecánico para ver si tenían un filtro para mi moto.

–    Lo mejor es cambiar el aceite y que Claudio, el mecánico, mire esa fuga para ver si al menos llegas a Sudáfrica. ¿Cuándo piensas salir de Luanda? –    Mañana por la mañana. –    Bien, cuando salgas me hacéis una llamada. ¿A qué velocidad viajas? –    Entre cien y ciento veinte. –    Vale, yo calculo, cuando llegues a Lobito ve al restaurante Alfa, en estas coordenadas. Allí nos vemos.

La tercera mañana en Luanda recojo mi equipaje y Celio saca su BMW para acompañarme unos kilómetros. Abandonamos el barrio de Belfast y la carretera se despeja. Costeamos con el océano siempre presente hasta llegar a la Ponta de las Palmeirinhas, un cabo de paisaje lunar. Seguimos juntos hasta barra de Cuanza, donde la carretera se ve interrumpida por el paso de un río y un peaje. Ahí tomamos una última coca cola. Celio manda un mensaje a Paulo para informarle que ya salgo.

Nos despedimos. La magia de los viajes te hace conocer mucha gente, en su mayoría personajes que pasan fugazmente y dejan un leve recuerdo más. Con algunos pocos es diferente, realmente conectas y  pasan a convertirse en otra cosa. Tres días en un viaje es tiempo suficiente para poder hacerte muy amigo de alguien. También para lo contrario, puedes llegar a rechazar y aborrecer en el mismo plazo de tiempo. Alguna vez me ha pasado. Los tiempos en un viaje son diferentes, no tengo teléfono, no me espera nadie en casa o en la oficina, no tengo reuniones, y apenas tengo preocupaciones más allá de cuándo sigo camino, por dónde, y si la moto está o no bien para proseguir. Todo gira entorno al viaje, la mente está completamente centrada en lo que pasa en cada momento y eso, lo que esté pasando, se vive intensamente. Tres días con alguien sin nada más en la cabeza son muchas horas que dedicas a conocer a esa persona, a observar como te trata y como se comporta con los demás. Por eso sé que Celio es un tipo cojonudo y además un buen amigo. Por eso mismo me jode despedirme, pero también eso es parte de los viajes, muchas veces en las que tienes que decir “hasta pronto amigo”.

 

Con mi amigo Celio

Esta vez la carretera es siempre asfalto, estrecha pero en buenas condiciones. A  escasos kilómetros de la gran urbe, las poblaciones vuelven a recordar al medievo, la gente vive sin agua corriente y sin tendido eléctrico. Los tejados de paja siguen luchando con la moderna y horrenda uralita. Esto es Angola, la cal y la arena, sin tener muy claro cuál es cuál.

Poblado después de Luanda

Atardeciendo llego a Lobito, una ciudad partida en dos por un puerto natural de casi ocho kilómetros de largo y que deja una estrecha península donde se aglutinan casas y restaurantes para ricos. El contraste es de nuevo impactante, entras por unas barriadas de edificios grises, aglutinaos unos encima de otros, cruzas una ensenada, y al otro lado encuentras una moderna ciudad de arquitectura colonial donde hasta el aire es limpio. Por alguna razón me invade la sensación de llegar a casa, de sentirme especialmente bien. Sigo las indicaciones del CompeGPS y llego sin complicación al restaurante Alfa, un pequeño bar restaurante con una moderna terraza de mesas y sillas de teca, en primera línea de mar. Los clientes, la mayoría jóvenes de cierto nivel, dejan lo que están haciendo para observarme. Uno de ellos se levanta y me muestra su cámara digital. En la pantalla aparezco yo de espaldas, circulando en moto. Me han fotografiado en la carretera. Charlo con ellos y a los diez minutos exactos de haber llegado, aparece un sonriente Paulo.

–    Bienvenido! –    Gracias, has clavado el tiempo! –    Sí claro, conozco la carretera de maravilla. –    Cómo me gusta este sitio! –    ¿Verdad que sí?, el dinero está en Luanda pero yo de aquí no me muevo, aquí se vive mejor.

Paulo vive en Lobito desde hace unos cuantos años. Está casado con una angolana y tienen una niña. Vino con una empresa francesa y cuando el contrato terminó aquí se quedó. Ahora es autónomo, acaba de terminar las instalaciones de una fábrica para otra empresa francesa. La empresa que le ha contratado sólo se encarga de fabricar un grueso tubo llamado Ominical, una especie de macarrón gigante por el que bajan todas las conexiones desde las plataformas petrolíferas hasta la perforación, a los metros que esté. Hasta el momento sólo se podían fabricar macarrones de 300 metros, cuando se necesitaba bajar más, tenían que poner una especie de clemas, una hembra y un macho, y unir así otros trescientos metros de macarrón. Cada pareja de conexiones, y este dato me vuelve loco, cuesta un millón de dólares. Ahora con la nueva fábrica, pueden hacer macarrones de hasta cinco mil metros, con lo que cada trescientos metros de profundidad ahorran un millón de dólares. Este pequeño dato da una idea de lo supone este negocio. En una plataforma marítima, a partir de cuarenta y cinco dólares por barril, ya hay beneficio. En tierra a partir de mucho menos. Cuando escribo esto el precio oscila los cien dólares.

Paulo ha llamado a sus amigos del club para que se acerquen a conocerme. La mesa se va llenando de moteros curiosos que observan detenidamente la moto y me dan conversación. Nos entendemos perfectamente, por el idioma parecido y porque compartimos afición. La moto está goteando aceite, así que mañana vamos al taller de Claudio, probablemente el mejor mecánico de Angola. Miguel, uno de ellos, me ofrece un scooter mientras me revisan bien la moto. Se dedica al alquiler de coches y a la compra-venta de motos. A mi izquierda tengo a Ludy y Paulo, dos amigos que tienen una empresa de diseño gráfico. Paulo, al escuchar que no bebo cerveza pero sí vino, desaparece unos minutos para reaparece instantes después con dos botellas de tinto portugués. –Que no falte de nada-, sentencia. La noche mejora, si cabe. Por último aparece Arturo, presidente del club, de cincuenta y tantos años, calvete, con gafas, y especialmente simpático. Casi todos ellos son blancos, hijos o nietos de portugueses pero angolanos de nacimiento y sentimiento.

Amigos Lobito

Por supuesto no pago nada, es imposible. Paulo me deja una habitación que tiene en la casa de una amigo suyo. Es un chalet independiente de arquitectura colonial en la zona cara, en la parte trasera tiene otra construcción de una planta con varias habitaciones independientes, con baño propio. Ahí me quedo gratis.

Casa Lobito

A las ocho de la mañana tengo cita en el taller. Es una nave industrial construida por el padre de Arturo en el año 1937. La tiene arrendada a Claudio, el mecánico. Al fondo hay un montón de motos apiladas, varias de gran cilindrada. Claudio debe ser de mi edad, habla pausado, viste ropa de marca y una gorra de con el número 46 de Rossi. Tiene un mecánico como mano derecha, que también viste impoluto, y dos ayudantes que están para todo. En cualquier taller del mundo, que yo conozca, ahora sería el momento en el que se cambian de ropa, se ponen un mono encima, o en el concesionario oficial más pijo, una bata blanca. Pero ellos no, comienzan la engorrosa tarea con impecable aspecto.

Claudio

Retén piñónLo primero es averiguar el porqué de la macha de aceite. Desmontamos la tapa y efectivamente el retén del piñón de ataque tiene una fuga. Hay varias muescas que hacen presagiar a Claudio que se ha debido meter una piedra. – Creo que no es eso-, le explico con cara de circunstancia. Cuando cambié el kit de arrastre en Accra se hizo de noche. Había cuatro días de fiesta por delante y o lo cambiaba en ese momento, o me veía parado varios días, porque además no conocía otro taller. El mecánico, su rudimentaria herramienta y sus rudas artes, sacaron el piñón de ataque a martillazos. Me dolió en el alma, pero había que seguir viaje. De ahí vienen las muescas y la pérdida.

Retenes– Lo complicado es encontrar ese mismo retén en el día, habrá que pedirlo-, comenta Claudio.

De todas formas nos acercamos a un comercio a escasos metros del taller, venden todo tipo de accesorios para mecánica. El comerciante se sumerge en una hilera de estanterías y un minuto después aparece portando en la mano un retén exacto.

¿Se puede tener más suerte?, es esto real o será que todos son actores.

Lo siguiente es solucionar la fuga en una de las barras de la horquilla delantera. Entre tanto los mecánicos ayudantes se están encargando de quitar todo el óxido que viene también de Ghana, la moto se quedó en época de lluvias durante varios meses y todo está carcomido. Varios tornillos no salen. Por alguna extraña razón nadie se mancha, cuando lo hacen, se lavan con jabón al instante y todos siguen impolutos. Recuerdo la imagen de mi mecánico en Madrid y me entra la risa. Claudio adora las motos y  la mecánica, tanto él como sus ayudantes disfrutan con lo que hacen. Eso se nota y se agradece. Su objetivo es que llegue a mi destino con la moto lo mejor posible, no están pensando en las horas que invierten, ni en la factura, ni en nada que no sea hacer su trabajo lo mejor posible.

Lo siguiente será cambiar aceite y filtro, pero eso creo que me lo perderé. Ha llegado Arturo, que está cargando su pick up con bidones de gasolina para llevarlos a su hacienda.

–    ¿Te quieres venir conmigo? –    Claro –    Está a doscientos veinte kilómetros, pero así conoces el interior de Angola que merece la pena. –    Me parece un planazo, pero tenemos cena. –    Es a las ocho, llegamos de sobra.

Dejo mi moto en muy buenas manos y me voy de viaje con el bueno de Arturo. A escasos metros del taller detiene el coche junto a una mujer que espera el autobús. Charlan distendidamente unos minutos, parecen buenos amigos, aunque no presto mucha atención a lo que dicen. Acto seguido arranca y nos vamos.

– Es una inquilina de un edificio de apartamentos que tengo arrendado. Lleva un año sin pagar…

Salimos de Lobito, Arturo conduce enajenado por las carreteras que se conoce de memoria, mientras, sin inmutarse, alterna atender su teléfono que no deja de sonar con ir contándome su vida y la historia de Angola, de la guerra, de los tiempos antes de la independencia y de la mentira que ha sido todo y el daño que se ha hecho al país.

–    Este era el segundo productor de café del mundo. Éramos una potencia en agricultura. Abastecíamos de alimentos al resto de colonias portuguesas, la guerra acabó con todo eso. Americanos y sudafricanos por un lado, y rusos y cubanos por el otro, luchaban por el control del petróleo y los diamantes, por eso se montó la guerra. Los que murieron eran angolanos, pero los que avivaban el fuego eran las grandes potencias, unos apoyando a un lado y los otros al otro. Ambos bloques fletaron barcos para que la gente se marchara gratuitamente, se fueron los mejores, así podían controlar mejor el país. La guerra fue un asco, me robó mi juventud-

Hemos avanzado apenas veinte kilómetros.

–    De Lobito no podíamos salir, a partir de este punto ya te disparaban. Yo alguna vez viajaba a Luanda con la Moto Guzzi que has visto en el taller. Una vez me dispararon, pero no me alcanzaron, es muy difícil acertar a un tipo en una moto.

Viendo como conduce Arturo me puedo imaginar lo difícil que debe ser acertarle de un disparo en una Moto Guzzi, aunque según me dice por aquel entonces no había asfalto, los carros militares lo habían destrozado. No quiero ni imaginar cómo debía ir por la pista, se me está poniendo cachas el brazo derecho de ir agarrado al gancho de la puerta derecha.

– La guerra la terminaron los americanos. Cuando la URRS y Cuba cayeron y no pudieron seguir apoyando al MPLA, el partido que gobierna desde entonces, Estados Unidos dejó de financiar al UNITA, la guerrilla pro capitalista, y le dio apoyo al MPLA, originalmente comunista pero que con unos buenos dólares no tuvo mayor problema en cambiar de ideología.-

Por lo que sé El UNITA pasó después a convertirse en partido político, dejó las armas, en teoría, y en las próximas elecciones del día treinta y uno de agosto, son el partido mayoritario en la oposición. La gente, especialmente los blancos, están acojonados por si se vuelve a liar. Yo he de salir del país unos días antes porque las fronteras se cerrarán.

El gobierno angolano, en los años de guerra y posterior guerra de guerrillas, se ha financiado vendiendo concesiones petrolíferas y de diamantes tanto a países, como Estados Unidos, Francia o China, como a complejos entramados empresariales con ejércitos privados. El segundo mayor productor de petróleo del África Subsahariana, después de Nigeria, crece vertiginosamente a medida que la estabilidad perdura, pero mientras unos pocos se hacen multimillonarios, en los aledaños de la carretera por la que circulo con Arturo, la gente vive en cabañas de estructura de ramas rellenas de barro. Sin agua ni corriente eléctrica.

Cabañas barro

La carretera asciende hasta los mil quinientos metros por una cordillera espectacular, para luego descender hasta los mil metros y llegar a nuestro destino final, Uku, una pequeña y tranquila ciudad en la que se respira olor a campo. La guerra fue más intensa en el interior y todavía está latente en las calles, paseo por la ciudad y veo algún oxidado carro de combate abandonado, edificios derruidos por las bombas, y otros de arquitectura colonial que lograron aguantar y permanecen con un romántico toque decadente.

Cines Uku

Con ArturoArturo tiene un pequeño restaurante, ahí comemos y antes de que se haga demasiado tarde, volvemos a Lobito. La conducción nocturna desde mi punto de vista como copiloto, resulta parecida a estar dentro de un video juego. Claro que con una sola vida, que afortunadamente mantengo. Cambiamos de pantalla.

Los chicos del club motero han preparado una cena con platos típicos de Angola. Pollo en salsa, carne con no sé qué, judías con aceite de palma, y mucho vino. Todo excelente, mañana estará la moto preparada y podré seguir viaje.

….

Limpiando la moto

De nuevo a las ocho de la mañana estoy en el taller. Los mecánicos de nuevo están impolutos. La moto está casi terminada, la están dejando impecable. Ha salido la mayor parte del óxido, ya no tira aceite, la horquilla está reparada, me han llenado el depósito de gasolina y han sustituido varios tornillos y anclajes que el óxido había inutilizado. Además de una profunda limpieza que en Europa costaría que te hicieran. Todo el mundo está por allí, han venido a despedirme. Claudio me muestra la factura, son doscientos cincuenta dólares, un regalo porque en Angola esto cuesta cerca de quinientos. Lo sé de antemano y se lo agradezco. Pago con dólares americanos pero cuando me doy la vuelta Claudio viene detrás. Me devuelve cien dólares.

Con Miguel–    ¿Por qué?, ¿te he dado de más? –    No, alguien los ha puesto por ti. –    ¿Cómo? ¿Quién?

Detrás de Claudio está Miguel sonriente.

–    Pero tío… ¿por qué?, no puedo aceptar esto. –    Que sí que sí, tú lo necesitas más para tu viaje, no hay nada que discutir. –    Pero tú tienes una familia, dos hijos… –    Que no que no, déjame ser parte de tu aventura…

En este momento se me eriza la piel. ¿Por qué pasan estas cosas?. ¿Por qué alguien que apenas me conoce se muestra tan generoso?. No es la primera vez que me pasa, de hecho han sido muchas. En Indonesia un ejército de humildes mecánicos estuvieron dos días enteros arreglando mi moto y se negaron a que pagara nada. En Tailandia un motero holandés con el que compartí un par de horas de conversación, me soltó unos billetes antes de despedirse y salió corriendo para evitar que se los devolviese. Casi siempre tiene que ver con la familia motera, con gente que comparte de alguna forma tu sueño y quiere poner su pequeño grano de arena. Pero otras muchas veces es gente que nada tiene que ver con las motos ni con los viajes la que se desvive por ayudar. Viajar solo y en moto despierta admiración, pero también misericordia. El que nunca lo ha hecho creo que imagina una dureza que nada tiene que ver con la realidad. Tener dos hijos y tener que levantarse cada mañana para ir a currar, para pagar colegios y llenar neveras, eso es sí que es jodido y admirable. Esto no es más que el capricho de un soñador, alimentado por gente como Miguel.

Despedida Lobito

Con la moto cargada tensamos la cadena y estoy casi preparado para irme. Me despido de todos, uno por uno, excepto de Miguel, que ha tenido que salir corriendo para cerrar un negocio. Espero que le salga bien. En la puerta de la nave, subido en la moto y con el casco puesto, me doy un último abrazo con Arturo. Está visiblemente emocionado, con los ojos bañados en lágrimas.

Paulo ha venido con su Súper Teneré y me acompaña el primer tramo del día. Salgo de Lobito emocionado, los primeros kilómetros los paso recordando las últimas horas, todo lo acontecido desde el momento en el que estaba atascado en Luanda y el guionista puso a Celio en el momento justo, en el lugar apropiado. Cualquier cosa que hubiese pasado antes, que me hubiese demorado cinco minutos, habría cambiado el guión por completo. Probablemente habría seguido en solitario con mi mancha de aceite, una cincha en la maleta, grasa en la horquilla, y con  mi mapa de Angola sin tantos nombres y apellidos. La experiencia me dice que los paisajes, por impresionantes que sean, al igual que los monumentos o los parques naturales, se terminan por olvidar. Es la gente y las cosas que vives con ellas las que quedan para siempre.

Desierto Angola

Sigo la estela de Paulo dirección sur, el objetivo del día es Namibe, pero son las doce de la mañana y tenía que haber salido a las diez para llegar de día. Angola es un país acojonante, al norte tiene trópico, su parte central es sabana, el interior es una cordillera montañosa que llega a los dos mil metros, y ahora la carretera se adentra en el desierto. Los árboles se han convertido en matojos y la carretera circula por una enorme estepa con una cordillera desértica al fondo.

A cien kilómetros de Lobito paramos en una gasolinera, es la última en muchos kilómetros. Mi autonomía puede llegar a los trecientos cincuenta kilómetros con lo que probablemente necesitaré gasolina antes de Namibe. Paulo cree que una vez vuelva el asfalto, encontraré gasolineras. A las malas siempre habrá algún pueblo con bidones.

Seguimos ruta y se acaba el asfalto, Paulo pilota de maravilla su pesada Teneré a pesar de llevar gomas mixtas. Le sigo sin problemas porque llevo la moto ideal para ir cargado por ellas. El neumático trasero empieza a flaquear, es la única pega. De hecho no sé si llegará hasta Cape Town. La pista es de tierra y piedras, grava en ocasiones, pero con escasos bancos de arena, cosa que agradezco porque es lo que peor se me da. Comenzamos a ascender hasta llegar a una enorme estepa desértica que no parece tener final. Nos detenemos. Paulo aquí se da la vuelta. Un último abrazo agradecido y me quedo solo. Le debo mucho, él como Celio, han sido el nexo con todos los demás. Me he alojado en su habitación y me ha invitado a cenar los dos días de Lobito. Esta gente es impresionante. – La familia motoquera-, termina diciendo Paulo antes de marchar.

Despedida Paulo

Continuo solo circulando bastante deprisa por la misma pista que atraviesa la estepa. La moto vuela por encima de la grava sin dejar de transmitir seguridad. La luz va bajando y me empiezo a preocupar, sé que dentro de unos cuantos kilómetros aparecerá el asfalto y a partir de ahí, aunque sea de noche, puedo continuar. Lo importante es que no se haga de noche en la pista.

Llego al asfalto  con el sol enrojeciendo el horizonte, le queda menos de una hora para desaparecer. La temperatura baja, esto es desierto y cuando el sol deja de calentar hace rasca.Bajo todas las cremalleras del traje, enciendo el calienta puños y salgo zumbando dirección Namibe.

Anochece

El asfalto es perfecto. Acelero hasta los ciento veinte kilómetros por hora y atravieso fugaz Bentiaba, la última localidad antes de Namibe. No hay surtidores ni veo bidones, así que en un acto de absoluta irresponsabilidad, confiando que en cualquier aldea de la carretera venderán gasolina, sigo enajenado para evitar conducir mucho rato de noche. No sé cuánto me queda hasta Namibe, pero calculo que en media hora será noche cerrada.

La carretera serpentea por una cordillera de rocas rojizas iluminadas por los últimos destellos de luz. Cada vez se ve menos. Enciendo los focos pero no van. -Mierda!, luego lo miro-. Las largas de la moto se quedan cortas, apenas veo lo suficiente para frenar a tiempo si aparece un animal. Bajo a cien por hora, lo que me da para juguetear en alguna recta con el CompeGPS. Amplio el mapa y me empiezo a preocupar seriamente. Me queda un huevo, necesito unos bidones, pero no hay aldeas. He cruzado algunas casuchas de paja en las que se veía la tenue luz de las últimas lumbres de un fuego, pero igual que he visto sacos de carbón en los aledaños de la carretera, no he visto bidones. Me empiezo a preocupar seriamente, bajo a ochenta kilómetros por hora y comienzo a ahorrar combustible. Llevo un litro en la botella de la cocina, calculo que me quedan entre setenta y cien kilómetros a Namibe. A los primero llego, a lo segundo no, entre medias ni puñetera idea. La he cagado pero bien, me va a tocar acampar en mitad de la nada.

A lo lejos se ven unas luces. Durante los varios minutos en los que me voy acercando me entretengo haciendo especulaciones sobre qué será. No parece un pueblo porque son sólo una par de haces de luz, puede ser una antena de teléfono en la que haya alguien. A pocos metros de llegar veo que son varias casas sueltas, en la ladera de una montaña, a unos quinientos metros de la carretera. Un camino de tierra lleva a ellas.

No llegoParo en el cruce y apago el motor. Se escucha el sonido de un generador. Buena señal, tienen gasolina. Pero quiénes serán. Antes de acercarme vuelvo a pensar. Existe la posibilidad de llegar a Namibe, pero también es probable que no y la cagada sería monumental. Los mapas rusos que llevo no indican las distancias, eso es lo malo, pero sin embargo son extremadamente exactos a la hora de señalizar con pequeños puntos donde hay pueblos, por pequeños que sean. Sigo el curso de la carretera y no hay ninguno hasta Namibe, la posibilidad de encontrar bidones es nula. La noche es espectacular, con un buen vino, queso y jamón sería la hostia, pero sin gasolina en medio de esta carretera por la que no pasa nadie, acojona y mucho. Veamos quién vive ahí.

Arranco la moto y meto primera, entro muy despacio por la pista acercándome hacia las casas. Hay un camión aparcado junto a una de ellas, detrás hay gente, parece que están cargándolo. Puede que se asusten así que empiezo a saludar desde muy lejos. A unos cien metros paro la moto y me bajo. Me quito el caso y me acerco andando.

–    Buena noite! –    Buena noite!

Hay dos mujeres tras el camión, también algún niño. Me acerco hasta su posición.

–    Hola, soy español, perdonen que no hablo portugués pero seguro que me entienden. ¿Saben cuánto queda hasta Namibe?. –    Ochenta y tres kilómetros. –    Y saben si hay gasolineras antes. –    No, ninguna –    Buffff, ¿no me venderían ustedes un par de litros de gasolina? –    No no, no vendemos gasolina… –    Vaya…

Bajo la cabeza algo sorprendido, no esperaba esa respuesta.

-No te preocupes hijo, que te damos unos litros, pero vender no vendemos. Espera que llamo a mi marido.

Me quedo charlando con su hija, que sigue en la misma posición, recostada sobre el camión y dándome sugerentes consejos.

–    Desde aquí a Namibe, no pares por nada del mundo. Esta carretera por la noche está llena de Malucos. –    ¿Malucos? –    Sí, gente mala, hay muchos asaltos.

Nunca sé en estos casos de qué se trata el asunto, quizá ha habido un par de asaltos en los últimos diez años, o diez en el último mes. Lo cierto es que si no hubiese parado no creo que hubiese llegado. Habría sido carne de cañón para los malucos.

Tengo demasiada suerte, parece que estoy dentro de un guión y que esta humilde familia, no es más que un grupo de actores.

El hombre de la casa aparece con un bidón de veinte litros y un tubo de plástico. Me saluda, pone el bidón sobre mi asiento, chupa, y lo mete en el depósito para que vaya entrando líquido salvador. Mientras tanto charlamos. Son ganaderos, las varias construcciones esparcidas por la ladera son cuadras, además de una casa. Viendo lo buena gente que parecen ser, la explanada de arena mullida sobre la que he aparcado la moto, y la noticia de malucos en la zona, pienso en pedirles permiso para acampar allí con ellos.

–    Nosotros también vamos a Namibe, a veces nos quedamos aquí a dormir, pero hoy toca ir a la ciudad.

Que va a ser que no, que tengo que llegar a Namibe.

–    ¿Cuánto llevará ya? –    No sé, pero más que suficiente –    Pues pare pare!, que con un par de litros yo creo que llegaba.

Enciendo el motor y el testigo indica que el depósito está lleno, o casi.

–    No me hacía falta tanto, déjeme por favor pagarle la gasolina –    Que no que no…

Y huye de mí visiblemente ofendido. Este país es la leche, qué gente más buena joder.

Me despido de la familia que me ha salvado la noche y sigo mi camino en plena penumbra, los focos no van definitivamente. A las ocho de la noche llego a Namibe, sigo las indicaciones de mis amigos en Lobito y me dirijo al final del paseo marítimo, donde hay un camping. O algo así, no es más que un restaurante donde dejan acampar. Antes de poner la tienda me acerco a un puesto de hamburguesas que he visto en la playa. Eufórico a la par que hambriento pido una hamburguesa con queso y charlo con los dos únicos clientes, un par de chavales que se interesan por el viaje. Les cuento entre otras cosas, la experiencia de hace un rato en mitad de la noche y sin gasolina. A todo el mundo le gusta escuchar cosas buenas de su país.

Cuando me despido de ellos y me dispongo a pagar, la chica de la hamburguesería móvil me indica que no hace falta, que ya lo han pagado los chicos.

-¿Es esto una broma?-, me pregunto, – ¿soy acaso el protagonista del nuevo Show de Truman?. ¿Habrá vendido el guionista los derechos de sinewan a una gran productora?, ¿me estarán viendo en directo millones de personas sin yo saberlo?. ¿Es esto real? , ¿es posible que lleve una semana en Angola y que todavía, no haya pagado un hotel, una comida, y me hayan llenado dos veces el depósito gratis?-.

Camping Namibe

Por la mañana el encargado del camping me dice que no hace falta que pague, que me vaya. En fin, se empieza a normalizar tanto el asunto que cuando antes de salir de Namibe, la cajera de la gasolinera me pide que pague el importe, pongo mala cara. El fallo de los focos era el fusible, pero en Namibe no encuentro recambio.

Mis días en Angola terminan, muy a mi pesar. Debo de salir del país antes del 27 de agosto, y aunque voy bien de tiempo, prefiero ir cambiando a Namibia para disfrutarlo unos últimos días. Después enfilo a Cape Town y busco un lugar donde dejar la moto. Conocer Sudáfrica quedará para la siguiente etapa.

Los próximos días serán sólo de moto, salvo que la dirección del programa diga lo contrario. Y me da que todavía queda la traca final…

24 Comments
  • Anónimo
    Posted at 12:04h, 04 septiembre Responder

    Um muito obrigado por me teres deixado fazer parte da tua “aventura”

    • Charly
      Posted at 13:07h, 04 septiembre Responder

      gracias a ti!

  • Jordi.
    Posted at 13:54h, 04 septiembre Responder

    Estupendas crónicas, un viaje envidiable !! Mucha suerte y que lo disfrutes !!

    • Charly
      Posted at 10:34h, 06 septiembre Responder

      Gracias Jordi, de eso se trata, de disfrutar. Un saludo!

  • Anónimo
    Posted at 14:12h, 04 septiembre Responder

    no soy motera, pero si me gusta viajar y creo que me has vuelto a meter el espiritu de africa dentroo

    • Charly
      Posted at 10:28h, 06 septiembre Responder

      Pues qué alegría eso me que me dices, gracias!

  • Banana
    Posted at 14:43h, 04 septiembre Responder

    Pues te han jodido el presupuesto del viaje!!!!!! Ahra resulta que te va a sobrar.

    • Charly
      Posted at 10:28h, 06 septiembre Responder

      Habrá que guardarlo para el siguiente, no?

  • Ventura
    Posted at 20:52h, 04 septiembre Responder

    En dos palabras “Impre sionante”

  • Fernando Serrano Garcia
    Posted at 23:06h, 04 septiembre Responder

    Fantastico relato y rebosando envidia de la buena ,suerte y que el guionista te siga sorprendiendo gratamente.

  • Pepe Pérez
    Posted at 23:20h, 04 septiembre Responder

    Estas cosas no le pasan a cualquiera. Todo en la vida -ya sea sentado en un escritorio de una oficina, picando carbón o viajando en moto- te viene de acuerdo a tu actitud ante ella.
    El guapo sinewan sabe como ir por el mundo y el mundo -agradecido- le devuelve sus favores.

    • Charly
      Posted at 10:32h, 06 septiembre Responder

      Gracias por eso que me dices, estoy en parte de acuerdo, la actitud es muy importante, luego también es algo de suerte, confidencias… no sé, lo importante creo que es estar preparado para cuando las cosas no salgan tan rodadas, e intentar disfrutar siempre. Un saludo!

  • Pablo Linares
    Posted at 00:08h, 05 septiembre Responder

    De los relatos que mas me han emocionado, muy bueno, que digo buenísimo. Gracias por compartirlo con todos nosotros Truman Burbank .

    • Charly
      Posted at 10:32h, 06 septiembre Responder

      Gracias Pablo por dejar constancia. Un saludo!

  • Oscar
    Posted at 10:22h, 06 septiembre Responder

    Un gran relato! muchas gracias por compartir tu viaje!

    • Charly
      Posted at 10:33h, 06 septiembre Responder

      Gracias a ti por leerlo!

  • paratito
    Posted at 11:57h, 06 septiembre Responder

    Bueno bueno no, genial. Me encanta que las cosas te salgan rodadas. Parece que siempre que aparece un imprevisto aparece detras un amigo de toda la vida que se desvive por ayudarte. Como dice “Pepe Pérez”, no creo que ésto suceda siempre, seria muy dificil que la gente te ayudara de ésa manera si fueras por ahí siendo una persona de mirada recelosa, pocas palabras y aires de superioridad poco habrias visto de la hospitalidad africana.
    Que siga así.
    Saludos.

  • Artur
    Posted at 18:43h, 06 septiembre Responder

    Abraco bem fuerte. ARTUR

  • Héctor González
    Posted at 00:57h, 08 septiembre Responder

    será acaso que el guionista te quiere dar a entender algo??? incluso hasta te pareces a alguien muy conocido… y hasta te hacen descuento por eso!!! Sigue echando pa delante amigo Charly!!

  • Victor Escipion
    Posted at 09:16h, 09 septiembre Responder

    Tio muy buen relato, me ha molado un huevo. Justicia divina, karma o pura coña, lo que sea, pero mola que a la gente buena le salgan bien las cosas!

  • Fernando Rivas
    Posted at 20:49h, 14 septiembre Responder

    Impresiona leer relatos como el de esta etapa. Da más quien menos tiene. Se ponen los pelos de punta y uno empieza a creer que parece que queda gente buena en el mundo. Pero creo que la mayor concentración de buena gente está en África ¿no te parece?
    un abrazo

  • mario fernandez jimenez
    Posted at 20:26h, 12 octubre Responder

    La verdad que este ultimo parece como bien lo titulas El show…..
    Siempre hay un sentimiento especial hacia los que viajan en moto . Sera por lo vulnerable que parecemos o que somos
    Gracias Charly por hacernos participe.
    Un saludo

  • Antonio
    Posted at 00:51h, 21 noviembre Responder

    Estimado Charly, no puedo más que confirmar tu relato. He estado viajando a Angola durante 2 años y es un país que me fascina. Coincido con que Benguela y Lobito son mejores para vivir que Luanda. He realizado muchas veces el trayecto en coche de Luanda a Benguela y al revés y hay parajes impresionantes aún vírgenes.
    Lástima que he leído esto cuando ya has estado. Te hubiera dado nombres y teléfonos de mis amigos, porque hay gente en Angola espectacular y te lo da todo lo que tienen.
    Respecto a hoteles Yo me quedo en Luanda en el Agatha, en la carretera del aeropuerto, sale por unos 90usd regateando.
    De camino a Benguela hay un buen restaurante y muy barato en Sumbe junto al mar.
    En Benguela el Hotel Praia Morena y para tomar algo junto al mar, el bar Portaaviones.
    Por cierto, que el guiso de pollo es realmente de Gallina y el plato se llama Muamba.
    Saludos.

  • Anónimo
    Posted at 02:19h, 26 marzo Responder

    vale¡¡ahora lo entiendo, verdaderamente hay gente alucinante por el mundo¡¡
    Gracias por abrirme los ojos¡¡

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