Charly Sinewan | Escoltado en Nigeria
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Escoltado en Nigeria

Escoltado en Nigeria

Vuelta al Mundo en Moto Sinewan. Capítulo anterior

La avenida principal está colapsada. El asfalto se ha llenado de barro y apenas quepo entre los coches. De nuevo salta la alerta amarilla, cierro el casco, bajo la visera ahumada y el sudor empieza a caer en el interior de mi pequeña estancia. El ambiente es feo…

Descanso sobre la cama de una casa de citas en Nigeria. Quién me lo iba a decir. Pocas veces este colchón habrá tenido inquilino tan poco molesto. El aire acondicionado sopla fuerte, medio duermo unos instantes hasta que decido salir de nuevo al exterior. Veamos qué me depara la noche que tan surrealista se presupone.

Pido al recepcionista que me dejen un móvil, hablo con Mohamed, le cuento la historia de la aduana, le doy la dirección del hotel y queda en pasar a las siete de la mañana para escoltarme un tramo. Eso me relaja, una preocupación menos.

Aparece el chef de la casa, se llama Andy, debe andar cercano a los cincuenta y viste gorro cristiano y mandil. Me pregunta qué quiero cenar y después de un corto debate, la cosa queda en arroz con pollo. Andy es además el padre del electricista, ambos serán los encargados de que no me falte de nada en toda la noche.

chef

Lo malo de viajar por sitios poco transitados por occidentales es obvio, hace unas horas estaba perdido en mitad de una macro ciudad temiendo por mi integridad. Lo bueno, por no decir excelente, es todo lo demás. Ser el único blanco de un lugar te hace especial, todos quieren hablar contigo, agasajarte, mostrarte las bondades de su país, de su comida o de sus costumbres. La inexistencia de turismo hace que lo que ves sea lo que es, no hay trampa ni cartón, nadie espera mis dólares para poder subsistir. La presencia de extranjeros de vacaciones siempre provoca que se genere una economía entorno a ellos que termina desvirtuando la realidad. Por eso viajo en moto, porque llego a sitios donde veo cosas que con un macuto o una Samsonite dura es imposible ver.

Salgo a la terraza principal donde la fiesta ya ha comenzado. No cabe un alfiler, unos beben en las mesas y otros bailan entre ellas.El pincha ameniza con Tecno a todo trapo.Le hago un gesto molón que me devuelve con parecido código. Todo está muy oscuro y su tono de piel no ayuda, pero presiento que cientos de miradas me siguen cuando ando, debo ser el único blanco que ha pasado por aquí en mucho tiempo.

Detrás del dj hay otra mesa de plástico con algo más de luz donde charlan varias mujeres. Una de ellas, al verme, se levanta y se acerca. Es Madame Utitú, dueña del tinglado. Ronda los setenta y viste un elegante traje africano. Me coge la mano con las dos suyas, me da la bienvenida, y después de agradecer mi presencia en su casa me da un abrazo, cercano y maternal. Al apartarme nos quedamos mirando, sonreimos, e impulsivamente me sale volver a abrazarla. Es una mujer entrañable, agradecida de tener un blanco en su casa. Me empieza a gustar Nigeria.

Aparece Andy con un plato en una mano y unos cubiertos y un mantel en la otra. “¿Dónde quiere cenar Mister Charly?”, “¿dentro o fuera?”. “Mejor dentro”, indico, y frente a un televisor que emite liga inglesa sin cesar doy el primer bocado a un pollo con arroz que además de exquisito, pica como el demonio. La cocina Nigeriana es así. Mastico satisfecho con la mirada perdida viendo un partido que ni me va ni me viene, digiriendo el pequeño manjar, mientras sin dejar de sonreír satisfecho hago lo propio con el día, largo e intenso desde que salí a las siete de la mañana de Togo.

Todo va perfecto, la cena es exquisita, Mohamed viene mañana a buscarme, de vez en cuando me visitan muchachas que me piropean, la moto está a buen recaudo, y con lo cansado que estoy seguro que caeré en breve. Entonces tengo la peor ocurrencia que podía tener, si quería joder el momento estaba claro cuál era el camino. Me acerco a un muchacho que mira atento el televisor y le pido si me puede hacer un favor. El chaval se levanta, coge un mando a distancia de una mesa y comienza a cambiar de canal una y otra vez.

Tarda rato en encontrar lo que buscamos, pero cuando lo logra, en ese momento, justo en el instante en el que la televisión de la casa de citas de Lagos, emite la señal en directo del césped del Calderón, Ronaldo engancha un zurriagazo, mete el 1-2 y se señala con el dedo índice el cuádriceps derecho, elogiando su propia potencia. Sin duda la peor experiencia del viaje hasta el momento. Después empeora con el 1-3 y afortunadamente me largo a la cama antes de ver lo que sigue.

Amanece despejado, este tipo de hotel no sirve desayuno por la mañana. Intento conseguir un café pero no es posible.

esperando en hotel

Con el estómago vacío y la moto caragada espero en la terraza donde la anoche anterior cientos de nigerianos bailaban y bebían. Varios chavales limpian los restos de la fiesta mientras Andy y alguno que otro me acompañan en mi espera.

Mohamed se demora casi una hora, pero prefiero esperar, sé que llegará.

El sonido de una moto de gran cilindrada aproximándose nos levanta a todos de nuestras sillas, aparece Mohamed dando acelerones en vacío que hacen petardear el tubo de escape. Nos saludamos como si nos conociésemos de hace tiempo y nos largamos echando leches.

Tardamos cerca de una hora en salir de Lagos, siguiendo en el CompeGPS la ruta por la que lo hacemos, creo que solo habría tardado el doble. El tráfico apesta desde por la mañana. Poco a poco se va despejando hasta que nos encontramos sumergidos en una autovía de dos carriles y asfalto roído que nos lleva a  la próxima ciudad, Benin City. La carretera es un enorme cortafuegos que atraviesa la espesa vegetación de la selva tropical, completamente recta y con pequeños núcleos urbanos salteados en los laterales.

Parece que resopla pero no, es así

Paramos a comer. Escojo pavo con espaguetis y de nuevo me abrasa la boca, aunque la carne está jugosa y devoro el plato. Seguimos charlando, Mohamed tiene una tienda de motos y pertenece a un club de moteros, los “Easy Riders”. Suelen escoltar a viajeros occidentales que se ponen en contacto con ellos. Me enseña orgulloso fotos en su móvil de un grupo de cuatro europeos a los que escoltaron con seis motos Nigerianas.Todos los clubs del país están en contacto y se van relevando unos a otros. Yo no tendré esa suerte, él me deja en Benin City y de ahí debo seguir solo hasta Owerri, donde debo encontrarme con Ken, dueño del “Friend Resort” donde estaré seguro y sin pagar nada. Compadreo motero, me dice Mohamed mientras no me deja pagar la comida.

Seguimos ruta hasta llegar a Benin City donde nos despedimos. Mohamed me ha escoltado más de trescientos kilómetros para ahora dar la vuelta y volver por el mismo camino. No sé cómo agradecérselo, ni encuentro las palabras oportunas ni creo pudiese traducirlas lo suficientemente bien. Su compañía me ha servido para coger confianza en un país cuyas noticias internaciones hacen temer, aunque de primeras no es para tanto, la gente como en cualquier país del mundo, una vez estás fuera de la ciudad y lejos de la frontera, es amable y cercana.

El cielo está oscureciendo y caen unas primeras gotas mientras en un arcén de carretera, pedimos a un espontáneo que nos tire una última instantánea.

Nos despedimos.

despedida

Mi ruta sigue hacia el este, el asfalto mejora y los paisajes abren ligeramente. Ahora los laterales de la carretera son bosques mucho más despejados con enormes palmeras de tronco largo y estilizado. La tormenta me concede una tregua y dos horas después, sobre las cuatro de la tarde, llego a Onitcha. Cruzo por segunda vez en mi vida el imponente Niger después de haberlo hecho hace menos de un año en Bamako. Aquel paso entonces sencillo se ha convertido en casi imposible unos meses después, la situación política en África cambia por momentos y planear un viaje con antelación puede no servir de mucho. Pero eso a mi no me afecta, apenas planeo, para bien y para mal.

Puente sobre el Niger

Un robusto puente metálico y tres ambiguos carriles, el central no se sabe con certeza de quién es, me lleva a la otra orilla, donde siguiendo las indicaciones de Mohamed, consensuadas con el CompeGPS, giro a la derecha y viro al sur, cien kilómetros escasos después llegaré a Oweri, destino final del día. Quedan dos horas escasas de luz, no puedo perder mucho tiempo.

Una gota. Dos gotas. Cinco gotas. Cien gotas. Mil gotas.

La secuencia es así en el trópico, apenas tienes tiempo de reaccionar. Me refugio bajo un tejado de una gasolinera donde varios africanos hacen lo propio. No dan crédito a mi presencia allí. Miro el reloj y empiezo a preocuparme, la moto me ha dado un par de sustos en mojado pero tengo que ir deprisa si quiero llegar con luz. Por otro lado la tormenta está consiguiendo que anochezca antes de tiempo. Por una vez en la vida soy lo suficientemente racional como para ponerme el traje de agua, arrancar la moto y en el primer cambio de dirección dar la vuelta y volver a la anterior ciudad en busca de hotel. Queda una hora de luz, pero la tormenta, aunque ha bajado de intensidad persiste y casi podemos decir que ya es de noche.

La avenida principal está colapsada. El asfalto se ha llenado de barro y apenas quepo entre los coches. De nuevo salta la alerta amarilla, cierro el casco, bajo la visera ahumada y el sudor empieza a caer en el interior de mi pequeña estancia. El ambiente es feo.

Un taxista me indica que al final de la avenida está el centro y allí hay un hotel. A duras penas logro avanzar pero finalmente parece que me acerco a una zona aun más urbana. Aquello parece el infierno. Las calles son de barro, los edificios son colmenas de hormigón gris con ropa tendida y carteles publicitarios colgando torcidos entre marañas de cables del tendido eléctrico. Los soportales son comercios que invaden la calzada y se mezclan con el intenso tráfico. Cientos de personas serpentean nerviosas entre coches y motos. Avanzo muy despacio, todo el mundo me observa, lo sé aunque no cruzo la mirada con nadie. Necesito un hotel ya, esto no me gusta un pelo.

Pregunto a un tipo de una furgoneta, si no me mola escapo y no me puede seguir fácilmente. Me indica con la mano que más adelante hay uno, pero antes de que arranque me invita a que le siga, que él me lleva.  “Y una mierda”, -pienso-, algo me dice que no debo, así que hago como que no le entiendo, arranco y salgo escopetado. El tipo saca la cabeza por la ventana y me grita, quiere acompañarme por todos los medios. Probablemente esté nominado al nobel de la paz y tenga la mejor de las intenciones, pero la mínima posibilidad de que sus fines sean malignos, y por alguna razón que no sé explicar presiento que podría ser así, me hace salir zumbando de allí. Veo un hotel a la derecha, una cloaca dentro de una de las colmenas, descarto parar, avanzo unos metros y en la primera rotonda doy la vuelta para salir lo antes posible del infierno en el que me he metido. El tipo de la furgoneta lo ve, saca medio cuerpo fuera de la ventanilla y me grita mientras salgo zumbando en dirección opuesta. Insisto en que probablemente con buena intención, pero lo siento, llevo alerta amarilla y el protocolo dice que debo salir de ahí como si me fuese la vida en ello.

Recuerdo que antes de llegar al río me pareció ver una zona residencial algo más limpia, así que me dirijo de nuevo al puente para volver a cruzarlo. El problema es que ya se ha hecho de noche, la alerta roja ha saltado. Un taxista de un rickshaw amarillo, numerosos en Nigeria, baja pasajeros en un lateral de la calle. Su rostro parece avalar que sea buen tipo. Me dispongo a preguntarle, pero antes, como dicta el protocolo de la alerta roja, saco un cuchillo y asesino al perroflauta que llevo dentro.

-       Disculpe, ¿Me puede llevar al mejor hotel de la ciudad por favor?

-       Por supuesto, sígame…

Avanzamos despacio intentando serpentear en el caos hasta que pasado el puente giramos a la derecha por un camino de barro. No tengo ninguna mala sensación, por alguna razón sé que me lleva al sitio correcto.  Aparece un recinto fortificado por un muro de piedra que sólo deja acceso a través de una verja de dos hojas, custodiada por varios guardias de seguridad que nos abren y dejan paso.

-       Bienvenido Señor

-       Gracias

Por cincuenta euros bien negociados consigo una habitación con baño, cama de dos metros, potente aire acondicionado y mini salón con un sofá y dos sillones de cuero rosa. Cortinas con encaje, lámpara cutre queriendo aparentar, y un pestuzo general a lujo decadente. El Resort es enorme, tiene piscina, gimnasio, restaurante y garito de copas. Entro en la habitación, me tumbo, respiro hondo y resoplo. He estado de nuevo a punto de pasarlas putas.

Por la noche después de cenar, en el pub del resort, conozco al manager del hotel y a Julen, un sudafricano de origen portugués que a la postre será el único blanco que veré en una semana en Nigeria. Los tres mantenemos una conversación monopolizada inicialmente por el manager del hotel. Le faltan dos dedos en su mano derecha y no deja de gesticular mientras habla. Como cualquier nigeriano con poder sentencia cuando habla. Se queja de la corrupción y del gobierno, y aunque en ningún momento lo justifica, argumenta que los secuestros a blancos son porque la gente se está muriendo de hambre en un país muy rico.

El exceso de cerveza hace que se quede dormido sobre la barra y Julen lidere ahora la conversación. Es ingeniero y lleva tres meses al cargo de la construcción de una fábrica al otro lado del río. Cada mañana a las seis sale a trabajar escoltado por varios guardaespaldas armados. Vuelve a las cinco y se encierra en el hotel, tiene prohibido salir, el seguro sólo le cubre si cumple a rajatabla ese protocolo.

Asegura que cuando dentro de tres o cuatro meses termine la obra, nunca volverá a Nigeria, él ha vivido en muchos lugares de África y siempre ha salido a tomar cervezas por la noche con gente, su único hobby cuando está lejos de casa. Este es el único país en el que no puede hacerlo. Vivir encerrado le está matando.

Me da su bendición y elogia mi viaje y las narices que dice que tengo de atravesar este país solo y por carretera. Yo, como siempre, argumento que nadie me espera y que creo que un secuestro no se hace sin un mínimo de preparación.

Julen discrepa, asegura que en Nigeria si te cruzas con unos malos, pueden intentar secuestrarte por el mero hecho de ser blanco, incluso de día.

Eso me deja pensativo.

A las ocho de la mañana abandono el Resort, cruzo de nuevo el río y me enfrento a la última jornada en Nigeria antes de llegar a Calabar, frontera con Camerún. Allí tengo el contacto del Chief Olory (el jefe Olory), un motero con el que me ha puesto en contacto Mohamed y que será la llave para abrir muchas puertas.

Muchas más de las que pensaba.

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