Charly Sinewan | La libertad de renunciar
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La libertad de renunciar

La libertad de renunciar

Hace casi dos años que di carpetazo a una vida que no me hacía feliz. Fue un golpe seco y contundente, como si cierras con mala leche un libro que te aburre. Llevaba tiempo con voluntad de hacerlo pero no terminaba de decidirme, tenía miedo de perder la página por la que iba y no poder volver después a ella. Lo que quedaba de esa historia parecía predecible, incluso aburrida, pero tenía pinta de acabar sin sustos. Y eso hace que te lo pienses dos veces.

Si quieres cambiar radicalmente de vida, o arreas un golpe brusco, aunque sea doloroso, o corres el riesgo de quedar atrapado en un historia que no termina de gustarte. Y es una pena, porque cuando se acaban las páginas no hay más historias.

Desde que di ese golpe seco y cambié de vida no he vuelto a temer al futuro. Ya ni me acuerdo por qué página iba de aquel libro viejo. Eso no quita que tenga curiosidad por saber cómo terminará la historia. Por eso, cuando el guionista pone en mi camino a personajes que un día dieron carpetazos similares en sus vidas, no puedo dejar de observarles.

Relato anterior:  Vámonos “pal” sur de Madagascar

 

Escapando de los charcos por la playa. Sinewan.com

Escapando de los charcos por la playa. Sinewan.com

 

El delirio

En lo alto de una duna se levanta una construcción en obras. Un tipo sesentón, de pelo canoso y piel curtida por el paso de la vida, desaliñado con clase, sale intrigado a darnos la bienvenida y averiguar quiénes somos. Es Diego, el propietario del hotel al que nos ha traído el guionista.

Diego es de esas personas que nunca dejan de pensar, incluso mientras hablan. Nos estamos presentando pero ya nos ha radiografiado y probablemente, ya ha recordado que nos conocimos hace unos días, fugazmente en  el comedor de Peter Pan.

–       El hotel está cerrado, pero no os preocupéis que os podéis quedar, buscaremos un plan. Tomemos un vino primero. Venid.

Diego nos pide educadamente que nos descalcemos. Nuestro aspecto invita a ello. Unos escalones de cemento pulido nos suben cómodamente a una puerta acristalada. Gemma camina primero. Cuando posa el pie sobre una estera de coco que hace de moqueta en una enorme suite, se gira bruscamente y me mira con un gesto de sorpresa incrédula, de no creer lo que está viendo.

El guionista tiene uno de esos días…

La Luna. minube

 

Diego es italiano. Muy joven comenzó a trabajar en una empresa joyera, donde aprendió el oficio desde abajo. Con los años fue ascendiendo hasta convertirse en el número dos de la empresa, después del dueño y ya por entonces su mejor amigo. A los cuarenta y seis años era rico. Vivía cómodamente, viajaba mucho y se codeaba con gente guapa e importante, alguna incluso interesante. Sin embargo todos los días llegaba a casa con las manos vacías.

El peso de unas manos vacías puede inclinar una balanza, por mucho que pese la seguridad del lujo cotidiano. Por eso un día decidió dar carpetazo, mandar todo al carajo y venir al sur de Madagascar en busca de otra cosa, eso mismo que muchas personas llaman “su sueño” y que Diego define diferente.

– Bienvenidos a mi delirio, acompañadme que os muestro el lugar.

Avanzamos por un sendero construido con cerámica catalana, que reposa sobre arena fina de playa. El camino trepa entre dunas, de una habitación a otra o de un comedor a una terraza con vistas al mar. Es un laberinto de arena y arbustos, oculto entre dunas y diseñado por un niño mayor, el mismo que camina sonriente con un altavoz inalámbrico en la mano, con ópera a un volumen descomunal. Una manada de perros nos acompaña. Uno de ellos solloza.

– No os preocupéis que no le pasa nada, llora cuando escucha violines. Le encantan.

Resulta todo muy surrealista. Hace dos horas nos encontramos un charco enorme en mitad de una pista que nos hizo tomar una escapatoria al azar. Varias decisiones después el camino nos ha traído a un conjunto de dunas en las que un tipo, con una personalidad desbordante, ha construido un discreto hotel de lujo, mimetizado en el entorno pero donde se escucha ópera a todo volumen, con aullidos de perro si el violín es parte de la composición. Todo esto en el sur de Madagascar, a doce horas en coche de la ciudad más cercana o dos en barco.

La Luna 4Los lugares son las personas que los crean y éste te atrapa desde el primer instante, al igual que Diego, del que es inevitable querer saber más. Pero estar aquí no es gratis. Desde que Diego ha visto aparecer a dos moteros luchando con la arena por la parte trasera de su hotel, sin previo aviso, se le ha despertado la curiosidad. Él también quiere saber más.

–Ya sé que no podéis pagar lo que vale el hotel, lo sé desde que os vi llegar. Qué os parece veinticinco euros con desayuno y cena (una cuarta parte del precio). Ya sé dónde vais a dormir.

Diego nos ha preparado dos habitaciones, una frente a la otra. Son “pequeñas” suites en sendos bungalós, construidos en ladrillo, enfoscados y pintados en color arena y coronados por un enorme techo de paja, mimetizados con el entorno y casi invisibles a cierta distancia. Grandes ventanales con vistas al mar refrigeran de una forma natural y permiten quedarte hipnotizado horas, viendo un mar calmo de color turquesa por el que cruzan sigilosas pequeñas barcas de pescadores, como si fuera un cuadro animado.

Los detalles de Diego, esos que muestra en cada gesto, son los mismos que tiene la decoración de cada habitación. Todo está hecho para agradar al cliente, por la vista, el tacto o el olfato. Pero también, a través de su obra, se puede entrever un fuerte carácter.

La cena se sirve a las nueve.

Alargar la vida

Un sendero de arena nos lleva silenciosamente hacia la cena, bajo una luna que ilumina por sí sola el camino hasta el salón donde hace unas horas tomábamos vino con un recién conocido. Ahora, nos disponemos a sentarnos en su mesa de juego.

La sala se ilumina exclusivamente con velas. Son muchas  y se reparten estratégicamente por todo el comedor, generando luces y sombras que parpadean entre pilares de madera, paredes de cemento pulido, muebles de anticuario traídos de Francia, artesanía local, suelos de arena y techos de paja. La música sigue acompañando. Hay que tener un gusto muy sofisticado para componer este escenario.

Diego nos cede el paso hacia su tablero, una gran mesa de comedor que reposa sobre el suelo de arena. Dos chicas malgaches esperan erguidas y silenciosas nuestra llegada para comenzar a servir la cena. Será atún con algas, bañado con vino tinto.

cena con Diego

Esta vida nómada no es siempre perfecta, pero días como hoy compensan cualquier efecto colateral. Para determinadas personas no saber qué va a pasar nos resulta adictivo. Los días son más intensos, el tiempo parece estirarse y de alguna forma tenemos la sensación de estar viviendo más.

Para Diego es similar. Él sigue viviendo de una forma sedentaria, pero en un entorno remoto y salvaje que nada tiene que ver con su vida urbanita en Italia. Sus días aquí son también enigmáticos e intensos. Hoy, por ejemplo, dos moteros sudorosos han aparecido por la parte trasera de su hotel. Y Diego quiere saber quiénes somos y cómo hemos acabado en su mesa. Comienza pues la partida, en nuestra parte del tablero.

Pero, ¿quiénes somos nosotros?. No estamos de vacaciones y no somos pareja. En este momento recorremos en moto uno de los tramos más complicados de Madagascar, en época de lluvias. Yo llevo seis años dando tumbos por el mundo en una moto y actualmente este es mi trabajo. Gemma es una chica aparentemente frágil y con voz dulce, pero que lleva diez años viviendo sola en África, lidiando de tú a tú con políticos, militares o guerrilleros y escribiendo crónicas desde primera línea del frente, sobre conflictos que da miedo incluso leer.

Uno tiende a normalizar con mucha facilidad sus rarezas, sus peculiaridades, pero lo cierto es que sí que somos algo raros. Al menos hemos elegido un camino poco usual. Diego sonríe satisfecho, en su mesa de juego han aterrizado dos tipos de su misma tribu. Parece que la conversación será larga y entretenida.

Diego arranca un discurso paternal y protector enumerándonos cada uno de los obstáculos que nos vamos a encontrar en el camino hacia el gran sur.

– Vais a encontrar mucha agua en la pista, que a veces forma lagunas insalvables, arena muy espesa pasado Itampulu y dos ríos, que bajan con mucho agua en esta época y no podréis cruzar. La única opción es remontar el primero de los ríos por la pista que se dirige al interior, hasta encontraros con la ruta principal. Pero eso hay que descartarlo, si esta pista es un infierno, aquella es mucho peor. Además es zona de bandidos. Si pasáis rápido no pasa nada, pero si os quedáis atascados estáis a su merced. A partir de aquí entráis en zona roja, la gente pasa hambre y vosotros sois dos dólares andantes.

Llevamos escuchando este tipo de testimonios casi desde que arrancamos en Tana. El temido sur, las lluvias, las pistas imposibles y los temidos bandidos, mensajes negativos sobre la ruta probablemente más espectacular de Madagascar. Nunca hacemos mucho caso. Escuchamos, anotamos y seguimos adelante, con prudencia pero sin darnos la vuelta. Esta vez Gemma tampoco quiere darle excesiva importancia al testimonio de Diego. Sin embargo a mí sus palabras sí me pesan, conoce bien el terreno y le veo más como nosotros. Sus miedos pueden ser más los nuestros.

–  Esta ruta es muy complicada con vuestras motos. Antes de que hagáis una locura, os meto un tiro en la pierna. No os quiero perder tan pronto, que os acabo de conocer.

Diego podría meternos un tiro ahora mismo. Desde hace unos años, siempre va armado.

Los Dahalo

En Madagascar conviven dieciocho etnias diferentes. En el árido y pobre sur, la mayoritaria son los antandroy, provenientes originalmente de África (probablemente). Son una raza físicamente muy fuerte, acostumbrada a lidiar con la sequía y la falta de alimentos. Los antandroy nunca se dejaron colonizar, nadie pudo con ellos. Esa es una de las razones de lo aislado de esta tierra. En el resto del país los temen, especialmente la gente de las tierras altas, de origen asiático y más débiles físicamente, pero que son los que tienen el dinero y ostentan el poder.

Como viajero que pasa de puntillas, ajeno a los conflictos internos del país, es un placer recorrer el sur y tratar con los antandroy. Sin tener certeza de lo que escribo, me resultan más nobles. Cierto es que no querría tener que verme las caras con una pequeña minoría de ellos, los temidos dahalo, ladrones de cebúes que también asaltan vehículos en las pistas, roban en hoteles o ajustan cuentas si se tercia. Y aunque no todos los dahalo son antandroy, sí muchos de ellos.

Hace unos años un grupo de dahalos atacaron el hotel de Diego. Eran ocho e iban bien armados. El guardián los vio venir y corrió a avisarle, pero antes de que pudieran reaccionar los bandidos ya habían disparado varias veces. Una bala alcanzó la pierna de Diego. El guardián tuvo peor suerte y murió casi al instante, en sus brazos.

Los bandidos comenzaron a buscarle por todo el hotel. Diego se ocultó en el tejado de su habitación durante siete horas, desangrándose y sin poder hacer nada. Esa noche el cielo se cubrió por completo de nubes negras. Eso le hizo invisible y probablemente le salvó la vida. Cuando se cansaron de buscarle se acomodaron en el comedor, el mismo en el que hoy cenamos tranquilamente, y se bebieron todo lo que había en el bar. Diego les escuchaba mientras sentía que su vida se esfumaba. En ese momento se prometió que si conseguía salvar su vida, nunca más volvería a ir desarmado.

Al día siguiente Diego fue evacuado a Islas Reunión, le operaron de la pierna y pudo salvar la vida. Tardó tiempo en volver a su hotel, pero finalmente lo hizo. Decidió seguir en esta historia y no dar un nuevo carpetazo.

La balanza siguió inclinándose del mismo lado.

Diego y Gemma

Elegir es renunciar

Visto lo visto y lo que está por llegar, puede parecer que en el sur de Madagascar hay más bandidos que en otras partes del mundo por las que he viajado. Sin embargo no creo que sea así. Días después de la estancia con Diego, Gemma pensó en voz alta algo que comparto.

-El problema no es el número de malos, sino el de policías.

Al sur de Madagascar las garras del sistema no llegan con la misma intensidad, para bien y para mal.  Esto es algo parecido al lejano oeste, donde la ley muchas veces corre por tu cuenta. Y esto, con todo lo malo, tiene un gran atractivo para personas como Diego, hechas a sí mismas. Menos normas, más libertad. Aquí te puedes construir un hotel sobre unas dunas y en primera línea de playa, desplazarte por donde quieres en un potente quad y más o menos hacer lo que te da la gana, sin que nadie te lo prohíba. Eso sí, si tienes un problema, si necesitas protección, no busques a papá sistema que no está.

La noche avanza, las velas se consumen y la conversación baja de intensidad. Las chicas malgaches hace rato que se fueron y ahora es Diego quien se levanta de la mesa, se despide y se marcha a su habitación. Una noche más, lo hace solo.

Un día Diego decidió venirse al sur de Madagascar, a un lugar remoto y salvaje donde construirse un hotel sobre unas dunas. Eligió viajar solo, sin tener que consultar con nadie si girar a la izquierda o a la derecha. Y esas decisiones individuales le han traído hasta este escenario, donde ha renunciado voluntariamente a tener una familia. Porque como me recuerda siempre un buen amigo, elegir es renunciar.

Ahora bien, qué afortunados somos los que tenemos la libertad de renunciar, especialmente cuando sentimos haber elegido bien.

Gracias por elegir leerme amigos.

Charly

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20 Comments
  • Rober
    Posted at 19:12h, 22 abril Responder

    Me gusta mucho que hables de libros y de historias y de páginas. No sólo dejaste a un lado una historia que no te satisfacía, sino que ahora estás escribiendo la tuya propia y, gracias a otros que hicieron igual, esas historias se entrelazan y se escriben juntas. Ahora somos otros los que disfrutamos de leerte, en parte porque son relatos de vidas reales, nada de inventos.
    Gracias por regalarnos tu viaje y recordarnos que siempre hay otra opción. Eso da fuerzas para dar carpetazo cuando la historia ya no da más de sí.
    Espero que aún no hayas encontrado lo mejor de tu viaje.
    Un abrazo.

    • Charly
      Posted at 19:54h, 22 abril Responder

      Qué buen comentario Rober, mil gracias. Abrazo

  • Lalo Ruiz Meré
    Posted at 19:54h, 22 abril Responder

    ¡¡Woowww, una de las más fuertes que te he leído mi Charly!!…
    Un abrazo desde tierras aztecas 😉

    • Charly
      Posted at 22:16h, 22 abril Responder

      Gracias Lalo, otro abrazo para ti.

  • Roberto Naveiras
    Posted at 22:02h, 22 abril Responder

    Siempre certero y profundo, Carlitos.

    • Charly
      Posted at 22:16h, 22 abril Responder

      Gracias amigo, qué bueno leerte por aquí.

  • pablo
    Posted at 07:19h, 23 abril Responder

    Me gusta, Charly. Entretenido. Logras que parezca una aventura única y captar la atención del lector. Admiro además el valor que demuestras. Saludos.

    • Charly
      Posted at 09:58h, 23 abril Responder

      Gracias Pablo, cuesta mucho escribir además de hacer el resto de cosas que hago para contar el viaje. Saber que os mola es clave para seguir haciéndolo, así que gracias mil. Un abrazo

  • Jesús
    Posted at 23:18h, 24 abril Responder

    Cada vez escribes menos pero escribes mucho mejor. Se nota tu cambio en tus relatos, menos centrados en describir lugares y mucho mas profundos y centrados en la personas y las diferentes formas de pintar el cuadro de lo que somos y lo que queremos ser. Que el guionista te siga llevando por senderos nada inciertos. Y sobre todo, q nos lo sigas contando

    • Charly
      Posted at 11:30h, 25 abril Responder

      Hay que ser un gran escritor para entretener describiendo lugares. Los grandes personajes del camino permiten hablar de muchas cosas interesantes, sin tener el don. Mil gracias Jesús por escribir y hacerme saber que estáis ahí, que es clave para seguir compartiendo. Abrazo

  • Bernardo Sumihiro
    Posted at 04:45h, 25 abril Responder

    Libro, creo que estoy más atado, apegado a este libro del montón que últimamente me tiene un tanto triste, me alegra ver que sigues tu sueño, aquí con anhelos de salir a la ruta, pensando como costearme un viaje y al regreso con que sustentarme (plan de retorno es una hoja en blanco), de todos modos voy leyendo que es buena idea salir sin perder tiempo de ciudades/fronteras en la que uno no cuadra.

    • Charly
      Posted at 11:26h, 25 abril Responder

      Quizá hay que fijarse en los extremos para trazar un plan a medida. Poco a poco, siempre prudente pero contundente. El caso es buscar la forma de no estar triste. Un abrazo Bernardo, gracias por escribir.

      • Bernardo Sumihiro
        Posted at 02:16h, 09 mayo Responder

        Muchas gracias, lo tendré presente.

  • Javier
    Posted at 22:08h, 25 abril Responder

    Puto amo

  • Itziar
    Posted at 10:34h, 28 abril Responder

    Qué bien escribes, bandido.

  • Tarque
    Posted at 20:53h, 29 abril Responder

    Charly, soy el primero que disfruto con tus vídeos, por su calidad, cercanía y “comodidad” jaja!, pero aunque entiendo el trabajo y tiempo que te conlleva, te animo a seguir escribiendo estos relatos, relatos o mini-relatos. Cuando lo haces, profundizas de una forma imposible de hacer con un vídeo.
    Bravo por el relato.

  • Alex Akkers
    Posted at 17:24h, 05 julio Responder

    Muy buen relato. Las aventuras que nos has regalado en esta isla han sido únicas, intensas. Gracias

  • Hogares lejos de casaEL Mundo en Moto Sinewan
    Posted at 23:53h, 31 julio Responder

    […] Los últimos días he pasado muchas horas editando y ahora, me cambio de traje y retomo los relatos. Rebobinamos unos meses y nos situamos en el sur de Madagascar, en casa de Diego, la mañana después de una cena de esas que nunca se olvidan. Así terminabael anterior relato. […]

  • ELVIAJEROMOTERO
    Posted at 14:16h, 27 diciembre Responder

    Por la arena fue muy duro y sois los dos unos campeones, he flipado con la casa que tiene este hombre en el fin del mundo.

  • Ciudad del Cabo - Madrid - EL Mundo en Moto SinewanEL Mundo en Moto Sinewan
    Posted at 21:09h, 06 febrero Responder

    […] Post 35: La libertad de renunciar […]

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