Charly Sinewan | Qué gente tan rara. Relato
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Qué gente tan rara. Relato

Qué gente tan rara. Relato

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Compartiendo el Mundo gracias a los amigos.

Estoy en Madagascar y me ha costado quince días llegar hasta aquí con mi propia moto. Probablemente en avión habría sido más sencillo y bastante más caro, también más rápido pero desde luego menos interesante. Este viaje no es ninguna proeza pero sí una satisfacción personal tremenda. Por primera vez en cinco años dando vueltas por el mundo, he conseguido embarcarme en un carguero con mi propia moto, el sueño de todo overlander.

Compartir la cubierta de un viejo carguero durante varios días y varias noches, sin apenas asearme, comiendo poco y mal y pasando horas tumbado para poder combatir el mareo, no sería plato de buen gusto para casi nadie. Para mí, como para muchos de los que leéis esto, sí lo es, es una experiencia vital que nos ayuda a sentir que estamos vivos y que no estamos errando por la vida.

Pero lo cierto es que tanto para los funcionarios que esperaban en el puerto como para la gran mayoría de nuestros entornos sociales en casa, somos raros.

A todo esto llevo tiempo sin escribir. Estábamos atravesando un río en una pequeña barca, con unos indios y un tanzano que había conocido esperando a un ferry que nunca llegó.

Subiendo moto a barca en Mozambique

Mtwara es una pequeña ciudad tanzana, a cincuenta kilómetros de la endiablada frontera con Mozambique. Allí me dirijo una vez superado el rio. Antes toca cruzar una nueva frontera y entrar en Tanzania. El paso fronterizo es una pequeña aldea con edificios y casuchas a ambos lados de la pista. Del agotamiento físico y mental he pasado a un estado zen en el que parezco flotar. Tanzania ayuda a mi cambio de estado; los funcionarios son amables, el papeleo fácil, no hay síntomas de corrupción e incluso los buscavidas me ofrecen un cambio más que justo por mis últimos arrugados billetes mozambiqueños.

Los indios que conocí en el río me acompañan hasta Mtwara, donde me depositarán en un hotel de veinte euros la noche. Desde que la cosa se puso complicada no han dejado de protegerme, para ellos todo lo que me rodea es extraño. Son hombre de negocios, acostumbrados al aire acondicionado y al asfalto. Hace un rato uno de ellos le ha dicho al intérprete que es la última vez que le hace caso, que no vuelven a Mozambique en coche en su vida. De hecho tenían previsto seguir por carretera hasta Dar es Salaam pero ya han reservado un vuelo para mañana. Yo como soy nómada no me planteo volver sobre mis pisadas, pero si lo hiciese me divertiría mucho volver a meterme en el infierno de barro, sé que sería físicamente muy duro pero que una vez superado me sentiría mucho mejor.

Nos dirigimos a Mtwara por una incómoda pista. Hace catorce horas que cuerpo y mente no descansan, superando barrizales y encrucijadas africanas. Al rebufo de los indios el cuerpo sigue funcionando, pero la mente se relaja. En un par de horas termina este largo e intenso capítulo. Supongo que tendré alguna cana nueva, pero creo que hoy soy un poco más amigo mío.

El hotel Agave tiene un parking con un simpático vigilante que sólo habla suajili. Mañana sacará todo el barro con un cubo de agua y su mano como estropajo. La habitación está limpia y la cama tiene un tentador colchón que soportará mi peso diez horas seguidas. Lo último que recuerdo antes de caer fulminado es que estaba sonriendo.

Paso tres días y tres noches bajo el chorro de aire acondicionado, esperando a la familia Zapp que está en camino. Juntos seguiremos ruta hacia Zanzíbar. Estamos en contacto por SMS y ya están avisados del infierno que han de pasar. Si no para de llover dos o tres días, me temo que será imposible que consigan superarlo. Finalmente así es, una pequeña tregua climatológica permite que una vez más el Graham supere obstáculos imposibles y volvamos a reencontrarnos. Es la cuarta vez que nos juntamos.

Los noticieros tanzanos, como en cualquier lugar en el mundo, distraen a los espectadores con extensas noticias sobre el tiempo y sus consecuencias. Para el espectador es mucho más saludable ver las desgracias que provoca un incontrolable temporal que las que ocasiona un gobierno de corruptos. Todos los días desayuno salchichas con salsa de tomate mientras veo unos minutos en los que la televisión centra su preocupación en un tramo de carretera embarrado, un escenario apocalíptico con camiones y autobuses estancados durante días. Juraría que siempre es el mismo, pena que no entienda suajili y no me entere de nada.

La noche antes de partir aparece un tipo en el hotel. Es tanzano, joven, educado y con un excelente inglés. Da la impresión de que esta mañana salió de su casa limpio y bien vestido. Sin embargo está sucio y agotado, ha tardado más de doce horas desde Dar es Salaam. Nos cuenta que a mitad de camino hay un tramo infernal en el que los camiones se quedan atascados durante días, en lo que nos describe como un rio de lodo. Tanto es así, que cada día los noticieros le dedican unos minutos.

DCIM100MEDIASalimos de Mtwara a media mañana, tranquilos, al ritmo que marca del Graham y por una deliciosa carretera. Viajar a cincuenta kilómetros por hora permite ver más cosas. Los aledaños de una carretera rural africana son una exposición de parsimonia donde el tiempo parece contar diferente. Quizá no cuenta, a veces pienso que es invención occidental, que para un africano que vive en el campo el tiempo no existe y la vida es simplemente un conjunto de acontecimientos atemporales que suceden mientras deambula por los aledaños de la carretera.

Llevo viajando solo desde los veinte años. La primera vez fue en una Kawasaki Vulcan en la que viajé desde Madrid a Barcelona por Molina de Aragón, buscando carreteras comarcales y ambiente rural. Parece que no he evolucionado mucho. Siempre he sido nómada y solitario, aunque me encanta compartir con gente partes de mi vida y de mi viaje, que al final es lo mismo. Pero nunca había compartido tanto viaje con las mismas personas como ahora con los Zapp. La clave, supongo, es que compartimos un mismo código viajero, especialmente cuando estamos en ruta.

Quedan tres horas de sol, la carretera circula paralela a la costa pero el GPS advierte que en breve giraremos noventa grados y nos dirigiremos hacia el interior, perdiendo el rastro del océano. Me encantaría acampar en la playa aunque es pronto para terminar la jornada. En el Graham deben estar hablando de lo mismo porque repentinamente salen de la carretera y se meten por una pequeña pista que enfila a la playa. Herman para en un lateral.

– Che… ¿te importa que paremos un rato para que los chicos jueguen en la playa?
– Yo pensaba que acampáramos…

El guionista ha dibujado una tarde perfecta en un escenario que no parece real.  Una playa kilométrica y desértica, un baobab bajo el que aparcar el Graham, leña para hacer un fuego sobre arena blanca y millones de estrellas en camino.

Para vivir así, mejor no morirse nunca.

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Amanece nublado. Afortunadamente tengo todo empaquetado cuando empieza a llover. Las tormentas tropicales empiezan muy ligeras, pero eso tan solo dura unos segundos. Acto seguido se rompe el cielo y un enorme cubo de agua cae sobre nuestras cabezas.

A media mañana nos desviamos unos kilómetros para dirigirnos a Kilwa, un pueblo pesquero con un pequeño puerto y playas no muy turísticas. Ese será nuestro cuartel general en los próximos días mientas esperamos que seque el barro después de la tormenta de hoy. Nos espera un infierno y tenemos que pensárnoslo dos veces si no queremos aparecer en el telediario.

Al azar y tras varios intentos fallidos entramos en un lodge. Nos recibe Stefania,
italiana, atractiva y de edad desconcertante. Mayor que yo, creo, pero no sé adivinar cuanto. Nuestra llegada supone una bocanada de aire fresco en su aislamiento occidental. Tanto es así que llama varias veces a su jefe hasta conseguir bajar el precio lo suficiente como para que podamos permitírnoslo.

Stefania se une a nuestra mesa para la cena. La vida de la familia Zapp, viajando catorce años por el mundo en un coche de 1928, educando perfectamente a sus hijos de sitio en sitio, es un gran reclamo para cualquier occidental, especialmente para alguien cuyas conversaciones diarias tienen un código completamente diferente. Sin darle mayor importancia, Candelaria explica como hacen escuela a diario, siguiendo a distancia el sistema argentino pero con un aula itinerante con vistas al mundo entero.

Stefania lleva cuatro años trabajando como directora de este hotel. Su marido sigue en Milán, trabajando como profesor de universidad. Él viene dos o tres veces al año y ella viaja una o dos a Italia. Se ven poco pero el tiempo que están juntos es especial, la rutina estaba matando a la pareja cuando vivían ambos allí. A Candelaria esto le resulta extraño, tanto que no lo entiende. Su modo de concebir la pareja es completamente opuesto, lleva con Herman treinta años y no son capaces de separarse más de dos horas sin echarse de menos.

Es curioso cómo nos cuesta entender las peculiaridades de los demás y la naturalidad con la que normalizamos las nuestras.

Tan sólo hay una persona más alojada en el hotel. Es una mujer que debe rondar los treinta, tanzana, educada en Londres y tremendamente elocuente. Tras la cena intercambio un par de frases con ella y rápido me invita a sentarme. Cierra su libro, se enciende un nuevo cigarro y pide dos vinos. Me cuenta muchas cosas y muy rápido, sobre Tanzania, su gobierno, su forma de vida y especialmente me habla de lo difícil que es, para una mujer educada en Londres, convivir en un país africano. Fuma como un carretero y bebe vino compulsivamente porque está sola y puede permitírselo, en su entorno social estaría muy mal visto.

Después de rechazar la invitación a una cuarta copa de vino, me voy a la cama feliz de haber compartido la noche con tres mujeres tan singulares. Seguramente las calles de Madrid están llenas de mujeres como ellas, pero allí es difícil conocerlas. Viajar te permite entrar en la vida de gente especial sin tener que llamar a la puerta.

Kilwa. Vuelta al Mundo en Moto SInewan

 

Lleva dos días sin llover. Herman y yo dialogamos, ambos estamos deseando arrancar. La gente local no nos recomienda seguir, las noticias son que la carretera sigue cerrada. Nuestra cabezonería se basa en que estamos a unas tres horas del tramo complicado y queremos estar allí justo en el momento que lo abran. El riesgo de que vuelva a llover nos detendría otros tres días y no podemos retrasarnos más. Finalmente desoímos el pensamiento popular y arrancamos.

Tres horas después la carretera se empieza a poblar de camiones a ambos lados. Llevan días esperando que abran. Los camioneros duermen en la cabina o en el suelo, apenas se asean y comen aquello que las vendedoras ambulantes pasean sobre sus cabezas; pescado seco, plátanos , frutos secos o refrescos. La tranquila aldea se ha convertido en una pequeña urbe desordenada, con una nueva urbanización de camiones pareados.

Con muchas dificultades conseguimos avanzar hasta que la carretera se despeja y llegamos al corte. Una cuerda roída y varios militares impiden el paso. Las noticias son desconcertantes, puede que abran en un rato como puede que sea mañana. El Graham es siempre un pasaporte y sin que nadie le de importancia alguna, nos posicionamos los primeros.

Llevamos poco más de media hora charlando y bromeando con unos y otros, cuando la calma se rompe repentinamente. Todo el mundo corre a sus vehículos. Van a abrir.

– Vamos Charly vamos!- me grita Herman, que arranca rápidamente el Graham y sale a trompicones en tercera posición.

A los pocos minutos adelanto al Graham y comando la expedición. El asfalto desaparece y la pista se va embarrando hasta que llegamos al infierno. Lleva dos días sin llover pero sigue habiendo tramos donde la pista es un río de lodo que ocupa todo el ancho. Avanzamos tan rápido como el ejercito nos permite. Éstos nos paran una y otra vez para dejar paso al tráfico de camiones que vienen de la otra orilla. Es un espectáculo, camiones de gran tonelaje sufriendo sobre rodaduras de barro pastoso o hundidos en una especie de rio marrón. Finalmente nos alcanza la noche aparcados en un lateral. Tememos que el ejército decida dar por concluida su jornada laboral y nos toque dormir allí.

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De nuevo nos dan paso, avanzamos unos metros, nos sumergimos hasta el cárter y de nuevo nos toca parar. El camión que nos precede se ha quedado enganchado. Intenta una y otra vez salir pero el agujero cada vez es mayor. El estruendo de una máquina pala del ejército nos alarma. Viene zumbando hacia nosotros. Unos metros antes derrapa bruscamente para girar ciento ochenta grados y sin pensárselo ni un segundo golpear bruscamente al camión por su cola y sacarle del barro. La rudeza de la maniobra y la efectividad del movimiento es asombrosa. Seguimos camino en penumbra total.

Unas horas después llegamos al asfalto. Me pongo paralelo al Graham y grito como un niño. Candelaria y Herman hacen lo propio. Tan sólo los niños guardan las formas y se compartan como adultos. El viaje de los Zapp suele ser más tranquilo y nunca pasan tantas horas en el coche para que los niños puedan hacer escuela a diario y jugar, pero cuando nos juntamos parece que nos endiablamos y no es la primera vez que pasamos juntos una jornada interminable. Los niños ni se inmutan, se han entretenido viendo una película en el portátil y sin quejarse lo más mínimo.

Nos queda mucho para llegar a Dar es Salaam y no tenemos un lugar al que dirigirnos así que decidimos acampar. Una pista se encamina hacia una antena de teléfono. Bajo ella montamos el campamento. Unas latas de atún, los últimos restos de pan que nos quedan y algo de fruta nos saben a manjar. Hemos superado una nueva encrucijada y nos sentimos especialmente bien. Estamos sucios, el sitio no tiene nada de especial y el generador de la antena se enciende cada rato. Nos da igual, hoy tampoco nos cambiaríamos por nadie.

Qué gente tan rara.

Gracias por leerme.

22 Comments
  • Ricardo Lamancha
    Posted at 12:12h, 24 junio Responder

    Excelente! Lo he vivido con el relato!

  • carlos sanz
    Posted at 13:38h, 24 junio Responder

    Diosssss. Como me gusta leerteeeeee
    Que envidiaaaaaaaa
    Eres mi heroeeeee

  • marins
    Posted at 17:04h, 24 junio Responder

    Espectacular Carlos, me quedo sin palabras con la historia, con el mensaje, con tu forma de contarlo, me alegro de saber de ti con más fecuencia pero ahora que lo acabo de leer, me doy cuenta de que echaba de menos los relatos, sigue feliz!

  • Carlos Viera
    Posted at 17:09h, 24 junio Responder

    Que gente tan rara jaja, no tengo ni idea de lo que es una experiencia como la tuya en persona, pero gracias porque me permites imaginarla al leerte. Sigue siendo raro para que conozcas mucha mas gente rara y nos des mas motivos para soñar… Ademas si no se es raro, todo sería monótono por eso creo que es ahí donde radica lo especial en el ser humano. Saludos

    • Charly
      Posted at 21:46h, 24 junio Responder

      Gracias tocayo, yo feliz de mis rarezas y las de los que me rodean. Saludo

  • algoquerecordar
    Posted at 19:17h, 24 junio Responder

    O me has pillado el día tonto o cada vez escribes mejor… Que increíbles son las consecuencias de los kilómetros en el alma de las personas. Siempre adelante! un abrazo de los dos (Rubén y Lucy)

    PD: por cierto… nos postulamos a la escuela de pensamiento de Candela.

    • Charly
      Posted at 21:44h, 24 junio Responder

      Gracias amigo, la forma de escribir supongo que es la que es, no hay más, pero cierto es como dices que el viaje te va metiendo dentro y observas y sientes diferente. Los relatos son un espejo de eso. Abrazo para vosotros también.

  • martin varela fernandez
    Posted at 00:11h, 25 junio Responder

    super!

  • El gamusino volador
    Posted at 09:14h, 25 junio Responder

    Como siempre a caballo entre lo estrambótico, por lo desconocido que resulta lo relatado, y lo cotidiano. Porque no haces de lo que vives algo épico, aunque a ratos lo pueda ser, sino que lo explicas con la naturalidad del que cuenta que ayer se tomó un café en una terraza. Y quizás eso es lo que facilita más al lector proyectarse mental y emocionalmente en el relato. Dá la sensación, y de hecho es así, de que cualquiera podría vivir lo mismo.
    En nombre de los que seguimos deshojando las margarita del porqué elegimos una forma de vida más convencional gracias por dejarnos vivir pedacitos de la tuya. Que tu viaje nunca termine.

    • Charly
      Posted at 09:55h, 25 junio Responder

      Con comentarios como el tuyo es complicado pensar en terminar, esta vida viajera podría durar unos años si la motivación es conocer. Pero si además se mantiene la motivación de compartir, el círculo se cierra y el viaje puede ser eterno. Gracias por decirlo porque es inevitable necesitar escucharlo.

  • Alex
    Posted at 13:34h, 25 junio Responder

    Carlos, empiezo a pensar que no eres más que un escritor imaginativo en su piso de Madrid, jeje… si no fuese porque te conocí una vez lo aseguraría!!

    Excelentísimo relato.

    PD.- Me estoy poniendo al corriente, no publiques tanto!!!! 😉

    Kerguelen

  • Dani
    Posted at 16:29h, 25 junio Responder

    Gracias por el relato Carlos. El leerlo me ha traído una idea a la mente, por la que espero perdones mi atrevimiento: Veo un “How people live in” basado en alguno de los hijos de la familia Zapp. Me parecería muy interesante ver el enfoque de un niño al modo de vida tan singular que es ser un nómada, creo que la mente de un niño a veces aporta una versión dificil de igualar con una mente “adulta – erada”. A los que somos padres creo que es un aspecto que nos interesa muchísimo.

    Esta claro que quizás es dificil o complicado hacerlo, pero bueno… Al menos ahí queda mi apunte…

    Un saludo y gracias por escribir!

  • eduardo ferro cucalon
    Posted at 23:25h, 01 julio Responder

    Hola charly. Espectacular. La verdad lo envidio.

    • eduardo
      Posted at 23:37h, 01 julio Responder

      Charly una pregunta. La gente si responde apoyandote con recursos economicos? Te hacen los suficientes aportes para que puedas comer y dormir decentemente?

  • Adolfo LULO Ferreira Pechs
    Posted at 21:34h, 17 julio Responder

    .
    Excelente relato Charly, me haz hecho sentir que yo estaba allí…

    … gracias por compartir tu visión (mira que eres raro!) 😉

  • Fabián
    Posted at 21:09h, 25 julio Responder

    Qué bueno, Charly, de verdad.
    Mi admiración.

    • Charly
      Posted at 15:41h, 31 julio Responder

      Mil gracias Fabian, me halaga que te guste, sinceramente. Un abrazo

  • Sinewan Blog | EL Mundo en Moto SinewanEL Mundo en Moto Sinewan
    Posted at 22:27h, 16 octubre Responder

    […] Qué gente tan rara. Relato […]

  • Lalo Rumer
    Posted at 15:21h, 24 agosto Responder

    ¡Inmenso, Charly!
    “” Todo eso me hacía pensar que un día escribiría un relato en el que en un puerto chungo de una ciudad chunga, negociaba un pasaje con un capitán chungo de un barco chungo. “”… * en una-de-cal-y-una-de-arena

    Un abrazo

    • Lalo Ruiz Meré
      Posted at 16:13h, 24 agosto Responder

      releyendo tus crónicas uno vuelve a aprender…

      • Charly
        Posted at 16:31h, 24 agosto Responder

        qué buena asociación de relatos Lalo, muchas gracias

  • Lalo Ruiz Meré
    Posted at 16:11h, 24 agosto Responder

    ¡¡Inmenso Charly!!
    releyendo me encontré esto de noviembre de 2009.
    “…Todo eso me hacía pensar que un día escribiría un relato en el que en un puerto chungo de una ciudad chunga, negociaba un pasaje con un capitán chungo de un barco chungo.”
    *Una de cal y una de arena
    Abrazo.

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