Charly Sinewan | The Road
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The Road

The Road

Vuelta al Mundo en Moto Sinewan. Capítulo anterior

 

Escrito en un avión, dirección Madrid.

 Carretera

Son las tres de la mañana, noche cerrada en Accra. Mi amigo Mounib, especialmente hospitalario como buen musulmán, remata la faena de los últimos días llevándome al aeropuerto. A pesar de la hora. En el camino un policía nos bloquea el paso. Tras un breve diálogo teatral, nos deja pasar a cambio de un euro. -Estoy aquí para protegerles – dice, mientras se mete el billete en el bolsillo. Mounib es libanés y vive en Accra desde pequeño, está habituado a lidiar con policías corruptos casi a diario.

Nos despedidos con un fuerte abrazo. Nos volveremos a ver con casi toda seguridad, él custodia mi moto hasta la próxima etapa.

Un tipo de aduanas examina minuciosamente el equipaje de los pasajeros antes de meterlos en la cinta que los transportará al avión. Llega mi turno. El tipo queda extrañado al ver lo aparatoso y voluminoso de mis maletas Trax. Me ordena despóticamente que abra una de ellas. Allá tú, pienso yo. Abro la que contiene la ropa y botas con las que he atravesado sabana y trópico, con las que he sudado día tras día de los últimos treinta. Muevo la llave y giro el mecanismo suavemente. La maleta se abre violentamente de la presión que ejerce su contenido. Un fuerte aroma a carretera sale proyectado libremente por el aeropuerto. Las fosas nasales del funcionario perciben lo que narro, su cerebro se percata de lo grave del asunto, y manda una orden rápida a las cuerdas vocales, con copia a los brazos.

– ¡Siga siga!, dice el malhumorado funcionario mientras agita el brazo indicándome la salida.

Pasan dos horas. Me encuentro cómodamente sentado en una butaca frente a la puerta de embarque. Una larga fila de pasajeros espera pacientemente la llegada del personal de la compañía. Hace casi una hora que están ahí de píe. Extraño fenómeno que sucede a diario en cualquier aeropuerto del mundo. Los asientos son numerados y las puertas no se cerrarán hasta que estemos todos, pero nadie se sienta. Siguen erguidos el tiempo que sea necesario con tal de no perder su posición. Luego esperarán en el avión, o en un autobús, hasta que llegue el resto del pasaje.

Junto a mi privilegiado asiento con ventanilla, se encuentra un tipo blanco, de los pocos en el pasaje pues somos una clara minoría. Debe andar sobre los cuarenta y tantos. Es rubio, corpulento y australiano. Trafica legalmente con petróleo de Ghana, me parece entender. Sufre ese mal endémico de la mayoría de los angloparlantes. Piensa que todo el mundo es bilingüe y por eso, no se preocupa ni de terminar las palabras, ni de dejar de usar la jerga de su barrio.

El avión despega dirección sur. El piloto hace girar el monstruoso aparato ciento ochenta grados hasta conseguir apuntar a Casablanca. Dirección norte, ligeramente noroeste. El gps del avión dice que quedan algo más de cuatro mil kilómetros y algo más de cuatro horas para llegar. El australiano se llama Tom y hemos mantenido una dicharachera e insípida conversación mientras despegábamos.

Se apagan las luces y la totalidad del pasaje intenta dormir y así conseguir consumar la tele-transportación. Sólo algunos lo lograrán. Yo no. El asiento que me precede cae vertiginosamente hacia mi ser. Tumbo el mío y adopto una incómoda postura en la que parezco estar esquivando una bala en Matrix. Algún ingeniero, presionado por alguna multinacional, pensó que ese ángulo era el correcto para pasar horas dentro de un avión. Muchas personas a la vez.

Mientras, el avión sobrevuela el frondoso trópico. Selvas espesas como madejas de lana, plantas que crecen descomunalmente liándose unas con otras, nudos imposibles de desatar salvo a machetazos. Árboles gigantes que crecen en línea recta y sin ramas intentando tocar las nubes. Elefantes, antílopes, serpientes, cientos de pájaros, miles de insectos, mosquitos, muchos mosquitos. Pequeñas aldeas comunicadas entre sí por laberínticos pequeños senderos, que sólo los que los han creado a base de andarlos, los entienden. Alguna bicicleta los surca. A veces incluso alguna moto. El avión ni siquiera los registra, pasa por encima como una exhalación en busca de su destino final.

Amanece por la parte derecha del avión. Dos azafatas entalladas en uniformes que dejaron de ser cool en los ochenta, se disponen a servir el desayuno. Un joven blanco de nariz afilada, único en mi zona que ha conseguido dormir, sigue sentado con la cabeza mirando al techo, los ojos cerrados, y la boca abierta. Respira profundamente. El cabrón sigue durmiendo. Croissant, pollo y yogurt componen la base del desayuno de Air Maroc. Curiosa mezcla a las siete de la mañana. Tom pide cerveza pero parece que no hay. Se conforma con una coca cola y comienza a engullir. Aparto el pollo y atizo un primer envite al croissant. Mientras mastico, miro por la ventana. Un mar de nubes blancas hacen de alfombra para que el avión se deslice vertiginoso sobre ella.

Debemos estar atravesando la Sabana. Una inmensa llanura, verde en esta época, árida el resto, salteada de arbustos, acacias y enormes baobabs. Por los aledaños de sus carreteras, pistas y senderos, aparecen continuamente mujeres transportando sobre sus cabezas la economía de subsistencia de millones de personas. Sacrificio, pundonor y milagroso equilibrio, hora tras hora, día tras día, año tras año. Cada amanecer, antes de pensar en cualquier otra banalidad, hay que conseguir agua. Para beber, para lavarse y para cocinar. Después leña, luego algo que comer, pescado, fruta o lo que sea. Después hay que lavar la ropa y los cacharros. Todo se transporta en enormes barreños metálicos, apoyados en pañuelos que hacen de soporte, apoyados a su vez sobre el cráneo de anónimas heroínas. Las más afortunadas, aquellas cuyas aldeas se vieron beneficiadas por la construcción cercana de un pozo, tan sólo tienen que dedicar un par de horas o tres a conseguir el preciado líquido transparente. Cada día, cada mes, cada año. Las menos afortunadas dedican casi todo el día. Cada día, cada mes, cada año.

Abrí el grifo para lavarme las manos y refrescarme un poco la cara. El agua fluía con buena presión. Pulsé un botón rojo y el inodoro emitió un sonido único de avión, el del aire a presión que engulle cualquier desecho. Conozco a una persona que asegura ser capaz de dar dos caladas a un cigarro en ese proceso, quedándole unas fracciones de segundo libres para lanzar rápido el delito y que el aire también lo succione. A mi me da igual, ya no fumo y lo llevo muy bien. (se escuchan risas)

Recorro el pasillo dirección a mi asiento sorteando varias cabezas. En su intento de conciliar el sueño, invaden la estrecha servidumbre de paso. En la fila de la derecha un hombre negro, de espaldas más anchas que el asiento, se gira bruscamente ciento ochenta grados atizando varios manotazos al pasajero que le precede. Éste se protege como puede mientras lo insulta en inglés africano. Se lía una tangana considerable. De nuevo nadie duerme. La azafata al cargo, protegida por dos azafatos, intenta mediar entre los luchadores de espacio. Al parecer el primero tumbó el asiento violentamente y el de detrás respondió con una manotazo. Qué pena que no estuviera aquí el ingeniero y el de la multinacional para observar los problemas de espacio que se generan aquí arriba.

Abajo parece justo lo contrario, andamos sobrevolando una extensión inmensa de terreno árido en la que parece que sobran miles de metros cuadrados. Desde la ventanilla no se aprecia vida. Los árboles desaparecieron para dejar en soledad a los arbustos, cada vez más esparcidos entre piedras y arena. Poco a poco estamos saliendo del Sahel y entrando en el Sáhara. El ojo desde aquí arriba no lo ve, pero ahí abajo existen muchos caminos, sólo aptos para expertos, para los hombres de turbante azul principalmente. También en los últimos años para traficantes de armas, drogas y ocasionalmente europeos blancos canjeables por dólares. Delincuentes que usan el fanatismo religioso como excusa para hacer negocios.

Incluso así, en ese momento, un ciclista europeo bebe agua mientras descansa en el lateral de una carretera. Lleva meses atravesando África. Tiene miles de historias que compartir con cualquier otro que aparcara en ese momento en esa perdida cuneta. Acamparían bajo un infinito techo de estrellas, calentarían pasta en un hornillo y pasarían la noche de tertulia viajera.

Un ruido ajeno al lugar y al momento, hace que el ciclista abandone su mundo por unos instantes. Mira al cielo con los ojos medio cerrados, cegado por el intenso sol del desierto, hasta que consigue enfocar una pequeña mancha en un monocromo cielo azul. Se trata de un enorme avión comercial, diminuto desde su punto de vista.

“ ¡Tienda a bordo!, ¡Tienda a bordo!”, dicen con profunda desgana dos azafatas mientras propulsan un carrito lleno de perfumes, gafas de sol y otros productos. Nunca me interesé por comprar dentro de un avión, siempre pensé que los precios estarían por las nubes. A Tom tampoco parece interesarle, anda concentrado haciendo crucigramas. De vez en cuando se gira y me comenta alguna que otra nimiedad.

Me vuelvo a asomar al balcón de la realidad.

Parece que acaba el desierto, puntos verdes aparecen esparcidos por un terreno que pierde color arena y deja paulatinamente de ser llanura para comenzar a elevarse desigualmente. Se está formando una cordillera. Se trata del Atlas, en sus faldas se distinguen pequeños pueblos comunicados por pequeñas carreteras. Recorrerlas en moto supone cruzarse continuamente con miradas amistosas de curiosos lugareños, sonrisas de mujeres que andan como siempre currando de un lado a otro, y gritos de niños que salen al paso a saludar al forastero. Si éste está en apuros, los anteriores saldrán en su ayuda.

Odio el sonido que anuncia que descendemos, que hay que ponerse el cinturón. Da igual la marca del avión y la compañía con la que vueles. El sonido es siempre el mismo. El hecho de llegar me gusta, es el sonido en sí el que no me mola.

En el vuelo viajan muchos niños a los que la presión les debe afectar más que a los mayores. No han dejado de llorar casi todo el camino, relevándose unos a otros. Sus madres no han dejado de intentar remediarlo. Sin éxito. Al descender el avión se ponen todos de acuerdo y se forma un escándalo impresionante. Hace rato que avisaron por megafonía que apagáramos cualquier tipo de aparato electrónico, así que no escucho música, sólo niños llorar. La vista aérea es más cercana, se distinguen campos de olivos que parecen tableros de damas verdes. Parece que no hay pueblos.

A veces me apetece parar y estar solo, beber y descansar tranquilo. Entonces busco lugares a priori solitarios. Cuando llevo rato sin ver mujeres cargando de un lado a otro, u hombres en bicicleta, o en pequeñas motos, o simplemente deambulando por los aledaños de la calzada, decido que ese puede ser un buen lugar y paro. Allí estaré solo. Saco la botella, bebo, y me quedo con la mirada perdida masticando lo que va de día.

Entonces aparecen ellos, de repente, salidos de la nada. Pequeñas bandas de niños callejeros que no poseen nada material con lo que divertirse. Sólo sus colegas y el entretenimiento que depare el entorno. Si es un tipo raro de barba, subido en una moto del futuro, el premio ha sido gordo. Cuanto más alejado de la ruta principal me encuentro, más temerosos son en el acercamiento. A veces incluso, huyen acojonados con miradas que tardo en olvidar. Miradas ingenuas, infantiles. En las ciudades eso no pasa y es una pena. Los niños te miran como adultos. Me da la sensación que se están perdiendo cosas.

El avión toca tierra. Se escuchan tímidos aplausos, la tensión irracional que depara un viaje en avión suele provocar ese efecto en algunas personas. Jamás aplaudirán cuando el autobús llegue a su destino, aunque la estadística diga que el riesgo de accidente ha sido mucho mayor. Tom no se inmuta, sigue enfrascado en sus crucigramas hasta el último momento.

Al segundo en el que percibimos que el avión se ha detenido, la totalidad de los pasajeros de pasillo se levanta y busca su equipaje de mano como si hubiese aviso de bomba. La mayoría de los ocupantes de los asientos intermedios los secundan, quedando de píe medio en el pasillo medio en el asiento. Los del asiento de ventanilla se posicionan estratégicamente en los asientos ahora libres, preparados para saltar a por sus equipajes cuando vean el mínimo hueco. Una vez colocados y embutidos, todo el pasaje espera en silencio a que se abran las puertas. Rozándose unos con otros. A veces ese proceso puede tardar hasta media hora. Da igual, nadie se vuelve a sentar. El avión cansa. Se an
sia salir.

Cinco horas de escala en el aeropuerto de Casablanca hasta que se repite el proceso en un vuelo a Madrid que tarda otro pesado rato.

Quince horas después de haber llegado al aeropuerto de Accra, y cerca de cinco mil kilómetros, llego a Madrid. Si no fuera porque lo he escrito, creo que lo olvidaría en pocos días.

Madrid-Accra

EveryTrail – Find trail maps for California and beyond

 

Los más de ocho mil kilómetros recorridos entre Madrid y Accra, por ocho países diferentes, en algo más de veinte días de carretera y vida, difícilmente los olvidaré. No me gusta tele-transportarme, amo la carretera. Por ellas el destino deja de tener tanta importancia. Lo importante es el camino, la carretera…

 

The Road

 

 

Nos vemos en la Rider.

 

Charly

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10 Comments
  • la hierbas
    Posted at 09:57h, 06 septiembre Responder

    wow. siempre que leo tus relatos me entran ganas de comprarme una moto y hacer lo mismo. ja, ja! yo en moto por el mundo? me peto. oye, dónde es la penúltima imagen en la que salen unas torres? al verlo se me ha despertado el gusanillo escalador! saludos a BP!

  • Lídia
    Posted at 20:55h, 12 septiembre Responder

    Sonrisas de colores…
    Cuando te acercas con una sonrisa el mundo te devuelve millones de sonrisas de colores!!!
    Gracias por dejarnos ver con tus ojos las sonrisas del camino.
    Estoy emocionada!!!

    • Charly
      Posted at 14:36h, 13 septiembre Responder

      yo sí que estoy emocionado, después de tantos buenos mail por tu parte… es la primera vez que escribes en el blog!!!! un beso y gracias por todo

  • Fernando
    Posted at 05:47h, 15 septiembre Responder

    El relato cercano, divertido, ameno y muy entretenido, me ha gustado mucho, el video PRECIOSO, la musica espectacular, los colores, montaje etc.. muuuuy chulo tio!. Congrats!

  • rococa
    Posted at 12:15h, 19 septiembre Responder

    Sin palabras,a ver si en la próxima moto la pillas de nuevo en Motocenter Levante y nos conocemos….

  • jim
    Posted at 20:19h, 06 octubre Responder

    Muy bueno el cierre del viaje, y el video muy currado.
    Por cierto que camara de fotos y de video llevas?
    Supongo que la proxima etapa sera hasta Sudafrica, que envidia.
    Enhorabuena por los relatos tan amenos y por los viajecitos que te pegas.
    Un saludo.

  • kiko
    Posted at 19:20h, 09 octubre Responder

    Impresionante Charly!! De nuevo por el mundo. Tenía ganas de saber de tí, y casi más de volver a leerte, jeje.
    Quedan pendiente unos vinos en Gandia desde Yuncos.
    Un abrazote

  • Josebe
    Posted at 09:04h, 03 noviembre Responder

    Y si no fuera porque lo has escrito, nosotros no lo hubiéramos vivido contigo.

  • Vídeo: Sandiriam III — El mundo en moto Sinewan
    Posted at 17:44h, 29 marzo Responder

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  • Vídeo: Sandiriam III - EL Mundo en Moto SinewanEL Mundo en Moto Sinewan
    Posted at 18:22h, 19 mayo Responder

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