Charly Sinewan | Tierra de Camarones
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Tierra de Camarones

Tierra de Camarones

Vuelta al Mundo en Moto Sinewan. Capítulo anterior

Abandono Nigeria sobre las dos de la tarde. Los países no son más que un conjunto de líneas y colores planos hasta que te adentras en ellos. Entonces adquieren tres dimensiones, las carreteras dejan de ser líneas rojas o amarillas pintadas sobre un papel para ser un camino de asfalto desigual, de tierra o de barro, rodeado de colores, de vegetación, de animales, de aldeas y ciudades, de casas y comercios, de dispar arquitectura y personas diferentes, con su raza, sus costumbres y su comportamiento con el forastero. Un nuevo país que ha adquirido vida en mi mapa del mundo. Al otro lado de esa barrera metálica que se acerca existe uno nuevo al que dar forma. Camerún, tierra de Camarones, buen rollo.

Pista a Buea

Dos hileras de humildes casetas de madera custodian los últimos metros de Nigeria. Un policía alza su mano autoritario y me indica dónde he de dejar la moto antes de entrar en el mundo burocrático. El jefe de aduanas se hace con mi carnet de passage (CDP) caducado y me invita a que mientras él verifica que todo está en orden, yo vaya a la caseta de la policía para sellar el pasaporte. Es una de esas fronteras tranquilas, en medio de la montaña, con un río que marca la linde y sin apenas negocio suficiente para que florezcan los buscavidas. Vuelvo acojonado con mi sello en el pasaporte, el CDP dejó de tener validez ayer y estoy en África, donde dar un pequeño motivo para que el mecanismo de la corrupción se active suele salir muy caro.

-  Le caduca hoy el carnét de passage señor.

-   Lo sé, por eso salgo hoy de Nigeria…

La fortuna ha puesto en aduanas a un empanado que no sabe en qué día vive. Ahora el problema radica en ver cuánto tiempo me dan para estar en moto en Camerún y cuánto me cuesta eso.

Puentefrontera Cruzo el río y cambio de país. Una cuerda roída me impide el paso junto a unas nuevas casetas de madera. La de aduanas es amplia y acogedora, con dos estancias separadas. Ya he avisado que no llevo CDP así que me pasan directamente al fondo, con el funcionario jefe. Viste una camisa  ajustada de rayas blancas y verdes y el mamonazo está limpio e impoluto. Su despacho es grande y el ventilador no se mueve. “Lo siento señor, no tenemos luz”, me dice mientras observa como me corre el sudor por la frente maquillada de polvo. “Más lo siento yo por usted” contesto gesticulando sobre el olor a humanidad que debo desprender. Una sonrisa le delata.

El tipo es honrado, lo sé desde el primer minuto. Me reprende por no llevar CDP pero termina dándome un mes para que la moto salga del país. Lo único que le preocupa, como a cualquiera que tenga su cargo, es que la venda en Camerún. Para asegurarse de mi honradez me indica la frontera por la que he de salir. Endurece el gesto y me amenaza con llamar a mi embajada si dentro de treinta días no tiene constancia de mi salida. Pero es buen tipo y se ve a la legua. “No se preocupe señor que viajo en moto, lo último que haría sería venderla”. Quince legales euros y estamos dentro.

Me han dado un mes para tener la moto en Camerún, si en Gabón es igual, que con casi toda seguridad lo será, tengo un problema porque quiero dejarla allí meses hasta que vuelva a seguir viaje. La única solución es mandar el CDP a Madrid para que me lo renueven y recibirlo en algún lugar. Desde este momento esto se convierte en mi principal preocupación.

Entro en Camerún, quedan algo más de dos horas de luz y la carretera se convierte en tierra roja hasta llegar a Mamfe, primera ciudad con oferta hotelera. La pista es divertida y el trazado serpentea por un paraje verde y montañoso. A ratos cruzo pequeñas aldeas con sencillas gentes que se asustan al ver eso raro y ruidoso que viene, pero que cuando logran enfocar la sonrisa que manejo me saludan efusivos devolviéndome el mismo gesto. La gente de campo siempre es así de amigable, parecen honrados con la presencia de extraños que cruzan el lugar que para ellos es casi siempre su mundo. Ellos no viajan, apenas visitan los pueblos cercanos y rara vez una ciudad. Disfruto del paraje y de la conducción por pista de la mejor moto que he probado nunca para viajar por África, en asfalto es poderosa, aguanta buena carga, y en pista es cojonuda.

Preparándome para la que va a caer

Caen las primeras gotas, en el cielo ya han bajado completamente las persianas y a toda prisa paro en una cuneta para prepararme contra lo que con toda seguridad va a ser una tormenta tropical, una especie de túnel de lavado para coches al que me voy a enfrentar en moto. Así es, segundos después se rompe el cielo y comienza el diluvio universal. No se ve un carajo, la pantalla se empaña y tengo que abrirla ligeramente, suficiente para que millones de gotas me aticen en la cara. El barro parece que estuviera ya ahí, es increíble que en minutos se haya formado semejante pasta por la que me deslizo. Calzo unas Continental TKC80 de tacos, así que la moto sigue siendo gobernable, pero depende a qué velocidad. Voy un poco mangado, no quiero que se me haga de noche y aún queda mucho para llegar a Mamfe. Sigue diluviando cuando pierdo el control y la rueda delantera se va por peteneras y enfila la cuneta izquierda, muevo torpemente el cuerpo  y consigo que la trasera haga lo mismo, mandando bruscamente  la delantera de nuevo contra la otra cuneta. La moto milagrosamente para y en el suelo queda un surco en forma de ese perfecto. Qué bonito me ha quedado, pienso, pero mejor que se me haga de noche hoy que siempre. Bajo el ritmo.

Kilómetros después arrecia la lluvia y consigo llegar a Mamfe con la última claridad del día. Un tipo blanco toma cerveza en la terraza de un rústico bar. Hace días que no veía uno. Me hospedo en Hotel Vegas, el mejor de la ciudad. La habitación cuesta doce euros y no puede ser más cutre. Un camastro, una mesa de plástico torcida con un mantel sucio, la biblia encuadernada en verde sobre él, y un ventilador frente a la cama que agoniza de un lado a otro como si fuese un espectador de un partido de tenis a cámara lenta. Ceno pollo con arroz viendo al Chelsea ganar uno a cero al Barça. Los cameruneses apoyan a los ingleses y Torres no sale. La electricidad va y viene, como en toda esta parte de África. 


Amanece con riesgo de un nuevo aguacero. La ruta en Camerún la he creado por los contactos que tengo. Quiero verme con Roland, un camerunés amigo de amigos que tiene un pequeño proyecto educativo en Buea, principal ciudad del Camerún anglófono. Después he de ir a Yaounde, la capital del país, a conseguir el visado de Gabón. De ahí a Kribi, ciudad costera en el sur donde está Santi, amigo de una amiga que trabaja en un proyecto de eco turismo. Eso más lo que me vaya pasando por el camino será mi paso por este país.

Antes de abandonar Mamfe decido asegurar la moto. He cruzado Togo, Benin y Nigeria sin seguro pero presiento que en Camerún la poli es más corrupta y no quiero problemas. Este tipo de viajes siempre genera esta clase de gestiones, que a priori son un coñazo, y siempre que me enfrento a ellas así lo siento, pero que también sé que suelen ser una forma de conocer las tripas del país. Depende dónde, además, puede ser motivo para echarse unas risas.

Cartel aseguradora

Preguntando encuentro en una de las muchas casetas de madera que hacen de comercios, un cartel en el suelo que anuncia una correduría de seguros. La pared frontal está completamente abierta. Hay dos mesas de madera en ele, sobre la primera de ellas reposa una máquina de escribir y sobre la segunda la cabeza de la bróker, apoyada sobre sus dos brazos en cruz que hacen de almohada y dejando caer un matojo de trenzas a punto de convertirse en rastas que la envuelven. No ronca pero la escena perfectamente podría ser así, la situación invita a ello. Suena música africana bastante alta.

– Hola

– Eh?

La mujer levanta la cabeza a cámara lenta pero no consigue abrir bien los ojos, que se los frota con los nudillos. Está completamente sobada. Debe andar cercana a los cuarenta.

-  ¿Quién eres tú?

-   Un cliente

-    Ah!

-    Jeje

-   ¿Qué querías?

-   Un seguro para esa moto

Ya ha conseguido abrir los ojos completamente pero vuelve a cerrarlos y abrirlos repetidas veces intentando enfocar algo que en un primer momento, parece ser parte de su reciente sueño.

-  ¿Tiene eso más de 500 cc?

-   Me temo que sí…

Saca de un cajón una lista de papel sucia y arrugada y me muestra el precio. 45.000 Cfas (unos 70 euros) por un año de seguro. Me entra la risa floja, la chica es una cachonda, la música da buen rollo y tengo que negociar a cuchillo.

-  Eso es mucho dinero, yo sólo necesito un mes.

-   Ya pero es de un año

-   No puedo pagar ese dinero, anda, házmelo por un mes.

-   No puedo, el mínimo es de un año.

-   Pero no puedo estar un año en Camerún, tu gobierno sólo me da un mes para tener la moto en el país y tú me haces un seguro para un año. Poneros de acuerdo, ¿no?
La bróker se descojona pero no cede. Hago que me voy y ni se inmuta, se queda paralizada viendo cómo me pierdo dirección al comercio colindante. Sospecho que en breve volverá a dormir. Pregunto al vecino y me asegura que es la única compañía de seguros de la ciudad, cosa que me creo.

Vuelvo a entrar.

-  Está bien, tú ganas, hazme el seguro ese por un año…

A paso de tortuga bajo los efectos del cannabis se incorpora, arrastra su cuerpo y cambia de mesa. Me pide los papeles y comienza a cumplimentar la póliza con la máquina de escribir. Se me saltan las lágrimas.

-  ¿Puedo hacerte una foto?

-    No

-   ¿Por qué?

-   Porque no

-   Es sólo una, quiero acordarme siempre de la persona que me cobró 45.000 Cfas por un seguro.

La chica de nuevo se descojona y accede, cosa que aprovecho para dejar el botón del vídeo encendido y grabar toda la secuencia que sigue, filmación que no tiene desperdicio y que pasará a formar parte de la saga Sandiriam.

Después de declinar su sugerente invitación de alojarme en su casa, me piro a Buea.

Existe una opción larga y segura por asfalto a través de una carretera que da algo de vuelta. La otra opción es una pista que baja en línea recta y que termina siendo mi elección. Si llueve puedo tener problemas pero quiero seguir disfrutando de la moto y del campo, que para eso entre otras cosas he venido.

La fortuna me sonríe y apenas llueve en las cuatro horas largas que dedico a completar los doscientos kilómetros escasos de pista. Es un camino que atraviesa un paisaje de intensos verdes y suaves colonias, cruzando varios ríos y alternando entre tierra seca y barro. La pista a ratos se hace incómoda pero en otras ocasiones permite rodar a ochenta kilómetros por hora.

puente

Cuanto más recóndito es el lugar en el que me encuentro, más peso en la economía de la zona tiene la carretera principal, que se convierte en el principal flujo de dinero.  Por ella pasa la gente con billetes, únicos nuevos clientes para el mercado rural de los adentros. Así pues, los aledaños de cualquiera de estas pequeñas carreteras rurales de África, al igual que de Asia, son  un continuo tenderete en el que  los lugareños exponen los productos que cultivan, cazan o pescan. Especialmente en la avenida principal de los pueblos, pero a veces también en apartados lugares donde de repente, en mitad de la nada, aparecen montones de frutas en el suelo, pescados colgados de palos, o como en este caso que me ocupa, un tipo sonriente y satisfecho con un caimán de medio metro colgando de una estaca. Mira que he visto todo tipo de bichos expuestos de igual forma, pero nunca antes uno tan exótico. En cualquier caso es anecdótico, el producto estrella de Camerún es el plátano, debe haber millones de ellos por el interior de la selva porque es continuo el trasiego de camiones, coches, motos o peatones cargados con racimos de enormes plátanos verdes.

Así llego a Kumba, de nuevo aparece el asfalto y curveando llego a Buea, ciudad en las faldas del monte Camerún. Necesito publicar algo así que me alojo en el Palace, un buen hotel de dos plantas que por veinte euros ofrece una cama cómoda en una habitación limpia y refrigerada, además de un suculento buffet que por seis euros, ofrece comer hasta morir.

Buea

Camerún fue colonizado por los alemanes a finales del XIX. Luego les entró esa sistemática neura que se repite una y otra vez de hacerse con el mundo, hasta que perdieron la Primera Guerra Mundial. Los ganadores se repartieron Camerún, el norte para Inglaterra y el sur para Francia. Eso hace que sea un país bilingüe. Aquí en el norte se habla inglés, cosa que yo personalmente agradezco.

Roland viene a verme al hotel a la mañana siguiente, casi dos horas más tarde de nuestra cita. Es Camerunés, tiene mi edad, mujer y dos hijos, un ciber en el pueblo que apenas da para vivir, una casa en la montaña que le deja un amigo mientras está trabajando fuera del país, y el sueño de construir una escuela. No tiene terreno para ello y no consigue que el gobierno le ayude. Está sudando y tiene muy mala cara. Ha venido a verme y me invita a que pase unos días en su casa, a pesar de estar en el primer día de Malaria.

– Perdona el retraso  pero he comenzado con Malaria y he estado durmiendo horas.

– Disculpa ninguna, ¿estás medicándote?

– Todavía no, ahora cuando terminemos voy a la farmacia.

Declino su invitación de alojarme en su casa pero paso en Buea un par de días, visito su ciber, su casa, conozco a Linda su mujer, y aunque Roland me lo pone muy fácil, decido no mandar el CDP por correo. Una española amiga de Santi viaja en unos días y prefiero mandarlo con ella que me parece más seguro.

Con Roland

Dos días después me voy a Limbe, pueblo pesquero ubicado en una bahía de arenas negras y destino algo turístico. Tengo unas coordenadas que me pasó Eduard de un hotel en el que si quiero puedo acampar. Salgo de la carretera, me interno por una pista que se dirige al jardín botánico y un Land Rover que se cae a cachos me adelanta. El conductor me mira y me da las buenas tardes. Es blanco y barbudo y lo ha dicho en Castellano. Se llama Javier y vive desde hace tres años en Limbe con su novia, Ainare. Son los encargados del Centro de Vida Salvaje de Limbe, un santuario para monos y gorilas que cuenta con más de 250 animales. Con ellos paso un par de días. Llevan tres años viviendo en Limbe y más de ocho en África, han vivido en Nigeria y en Congo entre otros sitios.

barca

A Yaounde llego una tarde diluviando, justo antes de que cierren la embajada de Gabón. Dejó allí mi pasaporte y al día siguiente paso a las doce a recogerlo. Me encuentro un atasco de overlanders esperando lo mismo. Un francés con un Land Cruiser cascadete, un suizo de veinte años con un camión mayor que él pintado a lo perroflauta, un belga con una Tenerá 660 y su novia, una blanca nacida en Namibia que está como un queso y que vivía tranquilamente en Bélgica hasta el dichoso día que su novio le dijo que se piraba a Sudáfrica. Entonces, la joven muchacha con cara de ángel y frágil cuerpo, se compró en Londres un Land Rover del año de la tarara, con el volante a la derecha, y se fue detrás de su novio. Los cuatro llevan un mes viajando juntos y se dirigen a Kribi, igual que yo.

Como en todos mis viajes a medida que avanzo voy conociendo más gente, mi vida social aumenta y por tanto el tiempo para otras cosas es menor. Especialmente para escribir.

Pero en Kribi fue mucho peor…

 

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