Charly Sinewan | Vámonos “pal” sur de Madagascar
7519
post-template-default,single,single-post,postid-7519,single-format-standard,ajax_fade,page_not_loaded,,qode_grid_1300,qode_popup_menu_push_text_top,footer_responsive_adv,qode-content-sidebar-responsive,qode-child-theme-ver-1.0.0,qode-theme-ver-17.2,qode-theme-bridge,qode_header_in_grid,wpb-js-composer js-comp-ver-5.6,vc_responsive

Vámonos “pal” sur de Madagascar

Vámonos “pal” sur de Madagascar

Sin apenas darnos cuenta, Tulear nos agarró casi tres semanas. Todo bien, pero había que volver a viajar. De la necesidad que teníamos fuimos conscientes al pasar el último control de policía y ver que se abría la carretera, que la ruta desconocida era toda para nosotros de nuevo. Ser nómada debe ser esto, saberse adaptar a cualquier lugar casi al instante, pero querer abandonarlo cuando se hace familiar.

Si sé dónde están las cosas, me aburro, necesito que se descoloquen y volver a buscarlas.

Salimos de Tulear con las motos bien limpias. Sinewan.com

Salimos de Tulear con las motos bien limpias. Sinewan.com

 

Luz en la cara

Nos dirigimos al sur de Madagascar, y aunque en nuestra cabeza tenemos varios objetivos, sabemos que la dificultad es extrema y mejor pensar en ir avanzando poco a poco, hasta donde podamos llegar.

La ruta principal del sur es una pista monótona que transcurre por el interior, frecuentada por taxis en época seca y que ahora, en época de lluvias, tan solo es usada por camiones de transporte. Las roderas que se forman la hacen técnicamente muy complicada, según dicen.

Nuestra idea es bajar por una ruta secundaria, la pista costera, muy arenosa y según la mayoría de las muchas personas a las que hemos ido preguntando, intransitable en esta época, aunque la razón que argumentan unos y otros no es siempre la misma. Hay tres grandes ríos que la cruzan y los dos últimos parece que solo se pueden salvar en época seca, porque no hay puente ni piraguas que lo hagan, dicen unos. Otros nos hablan de barro que hará imposible el camino y otros tantos, de grandes lagunas que se forman porque la pista no drena. Tanta ambigüedad nos da esperanza; puede que realmente nadie tenga ni puñetera idea.

Todas estas conversaciones, junto al mapa de papel y google earth, van construyendo una idea en nuestra cabeza, una especie de mapa imaginario de lo que nos vamos a encontrar. Aunque realmente esto sirve de poco, porque como siempre pasa, hasta que no estemos delante de la dificultad, no sabremos a qué huele. Y eso es lo único que importa.

En este mapa imaginario, aparece también acechante la sombra de los dahalo, los temidos bandidos del sur. Son los ladrones de cebúes, que también asaltan coches y autobuses mediante emboscadas en la ruta, y que son muy temidos por el resto de tribus de la isla. Este miedo a los asaltos se repite en casi cualquier país de África, porque en casi todo ellos a veces sucede. Y aquí radica la diferencia entre lo peligroso y lo temerario, la frecuencia real con la que pasa, algo difícil de averiguar cuando se está de viaje.

Barro camino de Saint Augustin. Sinewan.com

Barro camino de Saint Augustin. Sinewan.com

Pero antes tenemos que enfrentarnos a otros obstáculos, como el primero de los ríos, a cuarenta kilómetros de Tulear y  el más fácil de sortear porque al otro lado está Anakao, un pueblo pesquero con una playa turística que cuenta entre otros alicientes, con una ola muy famosa. El turismo llega en barca desde Tulear, pero sin vehículo propio. Nosotros costeamos por una pista en la que las motos chapotean por el barro, sin despegarnos del mar hasta llegar a Saint Augustin, un pueblo pesquero de calles de arena fina y casuchas de madera, escondido tras una pequeña cordillera, el oceáno y el río. La vida en Saint Augustin parece girar entorno a sus dos playas, la del mar y la del río, desde donde parten cientos de piraguas pesqueras y donde nosotros esperamos encontrar transporte a la otra orilla.

Estos primeros cuarenta kilómetros de pista nos han devuelto al estado de viaje, muy rápido, como si no hubiéramos parado casi tres semanas. Tenemos de nuevo luz en la cara. Sortear un par de surcos, luego un barrizal, que la rueda trasera derrape y te haga mover bruscamente todo el cuerpo para controlar la moto y no estamparte contra el suelo, acelerar después y salir victorioso del jaleo, le da luz a la cara.  O quizá es al alma, aunque se refleje en la cara.

Concentrarte en superar dificultades, apaga de inmediato cualquiera de esos incendios que ayer ardían en la bandeja de entrada del mail.

Arriesgarse a vivir

Al llegar a Saint Augustin nos dirigimos directos a la playa. Un chico corre desde muy lejos para interceptarnos y ser el primero en entablar conversación, algo que le garantiza el negocio. No todos los días llegan dos blancos en moto. La piragua que nos ofrece es grande, mucho más que alguna otra en la que he montado la moto, pero aquí las aguas de la desembocadura del río se mezclan con el mar y forman un oleaje que no da tranquilidad alguna. En cualquier caso la decisión está tomada; si queremos seguir, tenemos que arriesgar.

Primer obstáculo, el río en Saint Augustin. Sinewan.com

Primer obstáculo, el río en Saint Augustin. Sinewan.com

Rodamos unos metros por una peculiar playa con doble salida, al mar por un lado y al río por el otro. Se puede cruzar a la otra orilla por ambos sitios, pero los marineros han decidido que lo hagamos por el río. Entre diez cargamos mi moto. Después la de Gemma, en la misma canoa. Zarpamos contra una fuerte corriente. A los tres tripulantes se les ve preocupados, la marea está bajando y el oleaje es fuerte. No dejan de darse voces en malgache, probablemente debatiendo sobre el riesgo. Se mueve demasiado, así que deciden dar la vuelta y abortar.

Volvemos a la playa.Tenemos que tomar una decisión, o esperamos a que suba la marea y lo intentamos de nuevo por el río, o lo intentamos ahora por el mar, pero tenemos que ser rápidos porque la marea aquí nos afecta a la inversa. Qué hacer, en principio atravesar por el mar en una cáscara de nuez, con dos motos, acojona más, pero viendo el oleaje en la desembocadura del rio, parece que da un poco igual. Además ahora no llueve y si cambia el tiempo cruzando, podría ser fatal. Decidimos cruzar por el mar.

Toca cargar las motos en una cáscara de nuez. Sinewan.comEl trámite es engorroso. Hay que descargar las motos, cruzar la barca por la playa desde la orilla del río hasta la orilla del mar, y volver a cargar las motos. Así hacemos.

Zarpamos de nuevo, esta vez sobre agua saldada. A los pocos metros comienza el oleaje. Nos movemos mucho, a veces demasiado. El lema “todo va a salir bien” se tambalea por primera vez, en vaivenes en los que veo las motos más en el fondo del océano que llegando a la otra orilla.

¿Compensa este riesgo?. Nuestra vida no parece en peligro pero existe la posibilidad, bastante real, de perder todo lo material. Todo. En mi caso lo único material que uso y necesito para vivir. Luego entonces,  ¿qué hay en la otra orilla tan importante para arriesgar tanto?.

Al otro lado nos espera seguir viviendo intensamente, simplemente eso. No se trata de un destino, ni de un camino, ni siquiera de un reto. Se trata de otra cosa. No sé dónde está la línea entre lo arriesgado y lo temerario, pero la vida es más larga si consigues desplazarte por la linea que divide ambas cosas.

He de reconocer que lo paso mal, que por momentos creo que vamos a volcar. Sin embargo asumo el precio sin rechistar. He vivido tantas cosas por tomar decisiones de este tipo, que mientras no haya vidas o salud en peligro, puedo asumir el coste material del naufragio. Compensa con creces.

Una vez más, todo sale bien. El mar se calma a medida que la canoa avanza renqueante hacia la otra orilla. El marinero con el que hemos cerrado el trato, ha viajado todo el trayecto en la proa, erguido y serio, casi inmóvil. Por fin se relaja, gira medio cuerpo, me mira y sonríe. A veces no hace falta tener un idioma en común para expresarse perfectamente. “Las he pasado putas”, por ejemplo, se puede deletrear perfectamente con un gesto.

Un ejército de chavales espera en la playa para descargar las motos. Un tipo con un carnet oficial de estado, hecho por él artesanalmente, nos da la bienvenida asegurando que las motos han de pagar un peaje por pasar por su pueblo. Gemma le pasa la negociación a nuestro marinero, con lo que pagamos por cruzar el río que se encargue de lidiar con el farsante, así evitamos entrar en conflicto.

 

Saliendo de la playa, cerca de Anakao. Sinewan.com

Saliendo de la playa, cerca de Anakao. Sinewan.com

Veinte kilómetros sobre arena fina después, llegamos a Anakao. Para Gemma ha sido la primera toma de contacto con el gran suplicio motero; la arena. Ha sufrido, bastante, pero una vez más ha salido airosa.

Caminos que evitan meterse en charcos

Valerio y Darío son italianos, un día miraron en googlemaps y buscando paraísos desde e aire, encontraron Anakao. Sin pensárselo mucho compraron un billete de avión. Al llegar a Antananarivo se hicieron con un cuatro por cuatro y se lanzaron a la carretera, dirección sur. Al llegar aquí compraron el terreno, de nuevo sin pensar mucho.

Cinco años después siguen aquí,  su hotel “Peter Pan” es el más conocido de Anakao y su restaurante hace también de sala de fiestas, de biblioteca o de despacho, depende del estado de ánimo del turista o de los dueños. Los lugares tienen energía y ésta es especial, se palpa desde el primer instante.

En Peter Pan viven dos tipos armados, policías privados que se encargan de la seguridad. Darío y Valerio tuvieron dos asaltos por parte de los dahalos, ambos con armas de fuego y muy violentos. Después del segundo no les quedó otra que tener gente armada en casa. Ya nunca ha vuelto a suceder nada.

En Anakao nos quedamos dos noches. Comemos bien, podemos trabajar y el pueblo y playa son agradables. Un día, mientras comemos, Darío comparte otra mesa con dos colegas italianos. Uno de ellos debe rondar los sesenta, ha llegado conduciendo un quad, con una botella de vino bajo un brazo. Creo que Valerio me habló de él ayer, debe ser su amigo que vive más al sur.

Dos días después reemprendemos la marcha. Diluvia toda la mañana así que esperamos hasta después de comer para salir, casi a las tres. Decidimos hacer una jornada corta, de unos cuarenta kilómetros hasta Ambulu, donde sabemos que hay un hotel de una amiga de Valerio y un Parque Nacional que quizá, queramos visitar. La pista es arenosa de salida pero rápido suaviza y empezamos a disfrutar. El placer dura poco, el camino queda cortado por un charco que parece una laguna, enorme. No estaba ahí hace unas semanas, se ha formado por las lluvias tan escandolosas de este año. Paramos en paralelo y nos miramos.

–       ¿Qué hacemos?

–       Bon jouir mesie

–       ¿Quién ha hablado?

–       Ese señor de ahí, el de detrás de los matojos.

Un tipo asoma la cabeza detrás de unos matojos para indicarnos que tiremos por la izquierda. ¿Será el guionista?. Nunca pensé que fuera africano, pero quién sabe. Bajamos de la  moto, andamos unos metros y efectivamente encontramos una pista de emergencia que sale a la izquierda y bordea la laguna.

–       Vamos!

Cambiamos de pantalla. Durante la siguiente hora erramos por un paisaje de cuento, zizagueando, siempre controlando que estamos paralelos a la pista pero sobre hierba verde, arbustos, zarzas, charcos y tras huellas de otros vehículos, a veces. Otras muchas, creamos la nuestra propia, esquivando matorrales y árboles, con la única compañía de pájaros de colores que parecen haberse escapado de un concurso de dibujo de un colegio. Estamos errando sí, pero está claro que por el buen camino.

Unos tres mil “felicímetros” después, volvemos a la pista y paramos. Ya no hay charco. Nos miramos con cara incrédula y contradictoria. ¿Ha sido eso de verdad?. Y ahora, ¿por qué debemos seguir por la pista, pudiendo seguir por el bosque encantado?.

La respuesta es que no tenemos mucho margen de tiempo si queremos llegar de día, el ritmo esquivando árboles y zarzas es extremadamente lento. La razón, nos devuelve pues a la pista de arena, donde a ratos sufrimos pero generalmente podemos ir medianamente rápido.

Un nuevo lago temporal aparece en el camino. Esta vez la escapatoria parece ser por la derecha. Tomamos la salida, miro de reojo y veo que el lago-charco esta vez es gigante. Busco una sombra y paro la moto. Gemma lo hace después. Me toca sermonear.

–       Tenemos que tomar una decisión. Si seguimos tenemos que asumir que es más que probable que nos toque acampar. La otra es volver a Peter Pan y salir mañana temprano.  A este ritmo no llegamos de día ni de coña.

–       Yo estoy bien siguiendo, mientras encontremos un pueblo donde acampar estamos seguros.

–       ¿Seguimos entonces?

–       Seguimos

Un par de kilómetros después nos encontramos de bruces con el lago charco, otra vez.  Al frente y a  la izquierda solo hay agua. A la derecha una cordillera de dunas de arena fina. Detrás de ella, la playa. Unos chavales nos miran perplejos desde lejos. Preguntamos a voces y nos responden igual, pero en malgache. Nadie se entera de nada. Es una conversación de besugos pero de lejos. Finalmente se acercan, que parece la única forma posible de entendimiento. Apenas hablan francés, pero Gemma consigue hacerse entender. Solo hay una escapatoria; la playa.

Charcos como lagos camino de Itampulu. Sinewan.com

Charcos como lagos camino de Itampulu. Sinewan.com

Subimos con extrema dificultad hasta coronar la duna. El esfuerzo tiene premio, una aldea de pescadores vive sobre una playa de arena fina y ondulada, con el mar turquesa de fondo. Empiezan a aparecer niños y adultos que vienen a conocer a tan extraños visitantes. Uno de ellos habla francés bastante bien. Se llama Iván. Parece que la única opción para salvar el lago-charco es seguir por la playa unos kilómetros y después atravesar unos manglares hasta encontrarse de nuevo con la pista. El sol se precipita contra el océano.

Acostumbrado a viajar solo, nunca sé cuántas veces actúo prudentemente y cuántas no. Viajar con Gemma resulta un buen termómetro.

– Deberíamos acampar en este pueblo y seguir mañana, el riesgo de que nos alcance la noche en mitad de la nada es innecesario.

– Qué pena, iba tan contenta…

Preguntamos si podemos dormir en el pueblo. Iván contesta que sí, que en el hotel de Diego.

–       ¿Cómo? ¿Hay un hotel en este pueblo, de un tal Diego?

–       Sí, es italiano.

–       Ah claro!, debe ser el amigo de Valerio, el que llegó con un quad.

Iván escucha “quad” y asiente con la cabeza. Sí, es él.

Gemma me mira:

–       ¿Y ahora qué hacemos, prefieres acampar u hotel?

–       Tenemos las baterías de las cámaras fundidas y muchos días de aventura por delante, yo tiraría de hotel.

–       Vamos.

Escapando de los charcos por la playa. Sinewan.com

Escapando de los charcos por la playa. Sinewan.com

Los últimos kilómetros del día son el mejor de los suplicios. Las dunas de arena fina se fusionan de nuevo con un bosque encantado. Subimos, bajamos, zigzagueamos entre árboles y finalmente llegamos a una puerta de madera, cerrada. Minutos después aparece Iván, corriendo con el guardián, que nos abre la puerta trasera del hotel de Diego.

Entramos.

En lo alto de una duna se levanta una construcción en obras. De ella, un tipo sesentón, desaliñado con clase, sale a saludarnos. Es Diego.

Gracias por leerme, pronto continuará…

 

12 Comments
  • carmen peña
    Posted at 17:48h, 15 marzo Responder

    joeee !!!! guauuuu !!!! pa contar a los nietos este tramo …duro ..durisimo…pero al mismotiempoo una aventuraa fantasticaa !!!! me encantoo cada palabra escritaa!!! gracias Charli por contarloo !! biquiños a los dos !!!

    • Charly
      Posted at 16:50h, 16 marzo Responder

      Todavía no ha empezado lo duro, ya verás ya. Beso amiga

  • Tarque
    Posted at 23:45h, 15 marzo Responder

    Ya echábamos de menos el relato de los pormenores de ese tramo. Mola!

    • Charly
      Posted at 16:50h, 16 marzo Responder

      Jeje, gracias amigo!

  • Linzi
    Posted at 01:05h, 16 marzo Responder

    Que increible….tu paciencia y la forma en que nos haces llegar tu fuerza, tu aventura en la vida
    felicitaciones
    Desde Chile

    • Charly
      Posted at 16:49h, 16 marzo Responder

      Gracias Linzi, la paciencia es la única virtud realmente importante para poder viajar. Gracias por escribir.

  • Andres Barreiro
    Posted at 16:17h, 16 marzo Responder

    La leche, impresionante el relato, casi estaba ahí con vosotros. Me encanta!!!

    • Charly
      Posted at 16:49h, 16 marzo Responder

      Gracias por decirlo Andrés!

  • María Eugenia
    Posted at 19:48h, 16 marzo Responder

    Charly, no sólo por tantos detalles sino por tu estilo hasta humorístico por momentos, lográs una gran síntesis y a la vez nos hacés participar emocionalmente de tus travesías. Para los que piensan que viajar es simplemente elegir una ruta y acelerar, historias como las tuyas no desalientan, sino que estimulan a buscar el desafío.
    ¡Continuará! 🙂

  • La libertad de renunciarEL Mundo en Moto Sinewan
    Posted at 18:15h, 22 abril Responder

    […] Relato anterior:  Vámonos “pal” sur de Madagascar […]

  • Maria andrea
    Posted at 14:25h, 16 julio Responder

    Wow!!! Esta muy interesante creo que representa esa alma libre que todos llevamos adentro….”salir de un lugar cuando ya se hace familiar””””excelente…

  • El río sin coberturaEL Mundo en Moto Sinewan
    Posted at 12:01h, 31 agosto Responder

    […] principio. Aquí, sin saberlo, cerramos un capítulo de este viaje. Desde que unos semanas atrás arrancamos nuestras motos en Tulear, fuimos poniendo chinchetas a lo largo de la costa en lugares espectaculares que, sin embargo, […]

Post A Reply to Charly Cancel Reply