Charly Sinewan | Vivir sin luz. Relato
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Vivir sin luz. Relato

Vivir sin luz. Relato

El ventilador se ha detenido y la habitación ha quedado muda. Escucho voces en el exterior que antes no estaban. Parece que hay gente ahí fuera. Llevaba horas metido en una burbuja, refrigerado por el girar de las aspas y sumergido en la pantalla del ordenador. El corte de luz me ha devuelto a la realidad.

Estoy en Mtwara, pequeña localidad tanzana a pocos kilómetros de la frontera con Mozambique. Llevo unos días hospedado en este hotel, descansando del esfuerzo que supuso llegar hasta aquí, a través de un infierno de barro. Mientras tanto espero a la familia Zapp que está de camino. Juntos viajaremos hasta Zanzíbar donde probablemente nos despediremos. Ellos seguirán su camino hacia Europa y yo intentaré cruzar a Madagascar.

La última vez que estuve con los Zapp fue en casa de Deborah y Chris, en Nacala. Ellos marcharon a la isla de Ibo y yo me quedé unos días parado.

bmw gs y caravana. sinewan.com

Vivir sin luz

Abandono Nacala tras diez días en casa de Chris y Deborah, misioneros evangélicos de Zimbabue. Llegaron aquí hace siete años cuando este lugar nada tenía que ver con lo que es hoy. Me cuentan que todas esas luces que ahora se ven en el horizonte, antes no estaban. Los recursos del país y el excelente puerto natural que es Nacala, trajeron el progreso y con ello el tendido eléctrico. En cualquier caso escasea, los cortes de luz, como en la mayoría de África, son frecuentes.

No deja de sorprende que se vaya la luz, aunque lo llevo viviendo en casi todo mi recorrido por África. Estás cenando o leyendo y de repente un chasquido te transporta bruscamente a otro escenario, oscuro y silencioso. La gente sin embargo reacciona normal, se levanta y busca una vela o una linterna, si tienen la suerte de tener esos lujos. Otros simplemente siguen charlando como si nada. Pero a mí de primeras me sorprende, tardo unos segundos en ser consciente de que estoy en África y que aquí estas cosas pasan a menudo.

Parece que he olvidado que hace no tanto una gran parte de España se perdió el gol de Señor contra Malta, ese que supuso el pase a la Eurocopa del 84. Tenemos la facilidad de acostumbrarnos a lo bueno y olvidar rápido lo malo. Los cortes de luz en los ochenta eran bastante frecuentes. Sin apenas darle importancia hemos sustituido el cajón de las velas por uno lleno de cargadores antiguos de móvil.

Me dirijo a Tanzania por la costa. Me quedan tres días de visado y unos setecientos u ochocientos kilómetros, no sé muy bien. Sé que voy bien de tiempo. Tengo ganas de hacer pista e intentar desquitarme un poco del sabor agridulce de Mozambique, donde he dejado de tener contacto con la gente. Es una pena pero es así. El mozambiqueño, al menos en esta parte del país, no deja de pedir e intentar robar. Me cuesta entender el porqué de este comportamiento que no tiene que ver exclusivamente con la pobreza, he estado en sitios igual o más desfavorecidos y no pasaba nada parecido a esto. Lo que sí sé es que a mí me cansa estar siempre protegiéndome, así que por un lado quiero irme. Por otro sin embargo, tengo la esperanza de adentrarme en zona rural y encontrar una Mozambique diferente.

Avanzo por pista dirección norte hasta que un desvío me saca de la ruta principal para llevarme hacia la costa en busca de un faro en un pequeño cabo. La playa que lo rodea, según me cuentan, tiene un color turquesa digno de postal. También me han advertido que esta pista es de arena fina y será dura con una moto tan pesada. Hace tiempo que no sufro encima de la moto y parece que lo echo de menos. El esfuerzo físico forma parte de esta vida, me hace bien olvidarme de todo y centrarme exclusivamente en superar adversidades.

Faro en Mozambique. sinewan.com

Finalmente son dos horas luchando encima de la moto. Llego al faro encharcado en sudor y fatigado. Una multitud de gente me observa. Esto pasa siempre en África y en especial en zonas rurales donde pocas veces han visto algo parecido. Sin embargo aquí es diferente, es incómodo. Una aura de malicia rodea a cualquier grupo de mozambiqueños con los que me cruzo. No hay síntomas de violencia pero sí de inseguridad material. Nunca me había pasado algo parecido. Un par de fotos rápidas y me largo del faro.

Un sendero arenoso cada vez más complicado me lleva hasta la playa. De nuevo llego muy cansado. El azul es tal cual me había imaginado y la arena blanca. El cuerpo me pide saltar de la moto, correr por la arena y meterme en el agua sin quitarme el traje. Pero la realidad es bien diferente, la playa está llena de pescadores y en un minuto más de treinta personas me rodean observando todo sospechosamente. Todo parece seducirles; mis ropas, el casco, la moto, las maletas o las botellas de agua. Me piden dinero, agua, refrescos o lo que sea. Nadie me pregunta quién soy, de dónde vengo o cuál es mi misión. Esas mismas preguntas que se han repetido una y otra vez en tantos lugares en los que he estado. Parece que la llegada de un blanco a su recóndita playa sólo les sugiere recibir algo a cambio.

De nuevo hago una foto rápida e incómoda y salgo de allí zumbando. Esto es agotador.

playa

Baoabab en Mozambique

De nada sirve quejarse, estoy aquí porque quiero y si no me gusta lo mejor que puedo hacer es largarme. Al final he invertido casi cinco horas para llegar a un lugar en el que no he podido disfrutar. Cuando llego de nuevo a la pista principal paro a descansar unos minutos. Saco el mapa, hago unos pequeños cálculos y una nueva preocupación me hace olvidar todo lo anterior. Puede que la noche me visite antes de llegar al asfalto.

La pista es relativamente buena y el paisaje rural delicioso. Durante un par de horas zumbo sobre tierra roja. Cinco kilómetros antes del asfalto paro junto a un gran Baobab. Quedan unos instantes de luz. El entorno no me seduce para acampar y la única opción de encontrar hotel está a doscientos kilómetros, en Pemba. Así que toca conducir la noche africana.

Tres oscuras horas después llego a mi destino sin percances.

 

A las once de la mañana abandono Pemba. Siempre que puedo me gusta avanzar por la costa, es como recortar un mapa con unas tijeras. Hoy sin embargo el tiempo no me lo permite, la carretera costera es una pista que no sé cuánto tiempo me llevaría y mañana expira mi visado. Así que avanzo por la carreta principal, paralela a la costa pero unos kilómetros más al interior.

Han pavimentado recientemente gracias a los yacimientos de gas del norte. Durante casi trescientos kilómetros la carretera es perfecta y el entorno rural y tranquilo. Parece que la gente se relaja un poco en esta parte del país y dejo de sentirme incómodo en la paradas. Hablar de  países en África es siempre un riesgo porque realmente no lo son, en cada uno de ellos hay muchos diferentes. Me quedan horas para salir de Mozambique y veo un poco de luz después de un túnel de varias semanas.

Atardeciendo llego a Mocímboa de Praia, de nuevo en la costa. Doy una vuelta por el pueblo pero nada me seduce lo suficiente para quedarme así que decido seguir hasta Palma, última ciudad antes de la frontera. Me toca conducir la noche de nuevo.

Conducir de noche en África. Sinewan.com

La noche africana llega de repente, sin avisar. Ahora ves y en un instante todo desaparece. Cuando eso pasa entro en una especie de micro mundo, en el que lo único  que existe es aquello que alumbran los focos de mi moto. La concentración es máxima, sé que justo donde el haz de luz termina voy a encontrarme repentinamente con cualquier obstáculo.

Los focos iluminan un grupo de niños que corretean por el lateral de la carretera, jugando descalzos, sin que nada parezca preocuparles. Entran y salen de mi micro mundo fugazmente, los segundos que tardo en sobrepasarles. Ahora adelanto a un tipo que avanza muy lento en una bicicleta cargada con leña. Nada ilumina su camino pero él parece tener clarísimo su rumbo. Supongo que estará acostumbrado a la oscuridad y sus ojos ven cosas que los míos no, porque de lo contrario parece imposible que pueda avanzar sin estamparse contra el suelo.

Sin previo aviso, sin nada que me alerte, las luces de mi moto alumbran un poblado construido a ambos lados de la carretera. Donde hace unos segundos todo era negro, ahora hay actividad por todas partes; mujeres bromeando mientras cocinan, grupos de hombres charlando, niños jugando o animales despistados en busca de algo que echarse a la boca. Apenas tienen luces propias, tan solo las diminutas brasas de las cocinas o alguna pantalla de móvil de primera generación que a estas horas del día siga con batería. No son un caso aislado, millones de personas viven así en todo el mundo.

Hace un par de meses escribí un relato que se titulaba “el modo avión”. Hablaba de la cantidad de distracciones que tenemos en nuestra sociedad, esos ruiditos que nos avisan de notificaciones de mail, redes sociales o mensajes de whatsapp. Conectar el modo avión en el móvil, decía en el relato, te permite pensar y fijarte en lo que tienes alrededor, más allá de la pantalla de cualquier dispositivo. Vivir sin luz es un paso más. Cuando no hay ni televisión ni internet, cuando ni siquiera tienes una luz que te permite leer un libro, sólo te queda hablar con el que tienes al lado. Como decía el padre de Binta, en el mediometraje de Javier Fesser “Binta y la gran idea”, los pájaros son muy listos porque cogen lo mejor del norte y lo mejor del sur. Del África rural, al sur de Europa, se pueden coger muchas cosas. No se trata de vivir sin luz, más bien de aprender a apagarla de vez en cuando y charlar con el de al lado.

Llego a Palma muy tarde. El lugar es decrépito y bullicioso. El único hotel es una pensión de mala muerte donde temo por la seguridad de la moto. Además he dado tres vueltas buscando otra opción mejor y ya me ha visto toda la ciudad, incluyendo los malos si los hay. Toca protegerse.

Guiado por un policía llego a la comisaría. Cuando la cosa se pone fea suelo recurrir a la autoridad, les pido que me dejen acampar junto a sus instalaciones. Mi petición va pasando de uno a otro hasta que me acompañan al despacho del comisario. Nos saludamos. Me pregunta si hablo portugués. Le contesto que no, pero que soy español y que no creo que tengamos problemas para entendernos. Es corrupto, lo sé desde el primer instante. Sus formas y sus gestos le delatan. Son todos iguales.

El comisario me pide el pasaporte. Usa unas gafas de fina pasta, torcidas y sucias. Se lo entrego, lo abre, busca el visado y cuando lo encuentra sus ojos se iluminan.

– ¿Qué día es hoy?-, pregunta a su ayudante.
– Veintiocho señor -.

Su cara es un poema, por un momento pensó que estaba fuera de plazo. Desilusionando baja la cabeza y continua rastreando el pasaporte, muy lentamente, observando página por página.

– Está bien, puede usted acampar, pero por su seguridad ha de dejar aquí su pasaporte.-

Ni de coña claro, esto parece que va a ser largo …

 

Continuará. Gracias por leerme.

11 Comments
  • Javi
    Posted at 22:36h, 13 mayo Responder

    Un saludo campeon, da gusto leerte, haces que parezca que este alli….

  • martin varela fernandez
    Posted at 23:14h, 13 mayo Responder

    joer que intranquilidad! casi era mejor no llegar a contactar con el comisario corrupto

    no pensaste en alojarte en casa de alguien o detras de un arbol….?

  • Jorge Fernández-Tagle
    Posted at 23:38h, 13 mayo Responder

    Ni de coña??? ….. y nos dejas ahí…!!!!!

    Por un momento iba a tu lado pasando miedo por la inseguridad de ese lugar, sufriendo en la arena y cansado conduciendo en la noche. Muchas ganas de seguir leyendo tu vida de aventura. Ya sabes que esto acabará en libro, ¿no?.

    como dije en facebook, me quedo prestado el “aprender a apagar la luz”.

  • pablo
    Posted at 00:12h, 14 mayo Responder

    Es muy feo dejarnos así…con la intriga de saber qué cenaste esa noche…

  • Javier
    Posted at 03:10h, 14 mayo Responder

    Charly, veo que te estás aficionando a los finales de “emoción-intriga-dolor de barriga”. Creo yo que los que estamos interesados en tu blog vamos a leer el siguiente capítulo de todas formas, y si no lo leemos antes, será porque tú tardes en subirlo, así que la zanahoria al final del palo me parece realmente innecesaria.

    Sólo mi opinión, un saludo.

  • El gamusino volador
    Posted at 15:18h, 14 mayo Responder

    Lo malo de estar así todo el día es que debes acabar agotado. Este tipo de situaciones son las que me dan más respeto cuando pienso en un viaje de estas características. Estar en mitad de la nada sin poder acudir a nadie en caso de necesidad. En fin, eres un valiente al que le deben haber salido una ristra de ojos en el cogote para ver en todas las direcciones.

  • Adolfo LULO Ferreura Pechs
    Posted at 18:11h, 15 mayo Responder

    .
    Buena crónica acompañada de interesantes reflexiones…

    … el “Modo Avión” a veces lo suelo utilizar, desde que leí tu relato.

    Un saludo Charly, a cuidarse 😉

  • José A. Padilla
    Posted at 10:29h, 20 mayo Responder

    Me resulta cuanto menos extraña, esa tranquilidad con que afrontas, desde hace ya tiempo, conseguir tus objetivos. Me refiero por ejemplo a viajar solo, por un lugar tan poco acogedor, a tenor de lo que nos cuentas de la cultura Mozambiqueña, y que apures tanto tu visado para pasar la frontera. No estaría bastante nervioso y me habría planteado todo dejando al menos un día de margen, por si surge alguna complicación.

    Pero esa es la ventaja que nos llevas amigo Carlos, que tu sabes entrar en el “modo avión” en muchas situaciones en la que el resto de mortales estaríamos estresados.

    Como siempre, un placer leerte.

  • Juan Magaña Alfonso
    Posted at 12:03h, 20 mayo Responder

    Sé que no es tu intención, pero qué poco me está gustando Mozambique.
    Pero siempre es una maravilla leerte.
    Un abrazo y disfruta Tanzania

  • Ciudad del Cabo - Madrid - EL Mundo en Moto SinewanEL Mundo en Moto Sinewan
    Posted at 21:09h, 06 febrero Responder

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  • Sinewan Blog - EL Mundo en Moto SinewanEL Mundo en Moto Sinewan
    Posted at 01:58h, 01 junio Responder

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