Charly Sinewan | Volando voy
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Volando voy

Volando voy

Vuelta al Mundo en Moto Sinewan. Capítulo anterior

En Bangkok, Tailandia, en un restaurante.

Viajando tan rápido es complicado  llegar a conocer realmente algo en profundidad, no da tiempo. Con la gente local es difícil conectar, el idioma es un claro problema y cuando no lo es suele ser en zonas turísticas donde los blancos somos objeto de deseo por razones obvias, lo que desvirtúa la realidad.  A veces puede que esto no sea tan rotundo como lo escribo pero normalmente creo que sí.

Pero por otro lado, viajar por carretera tan largo y siempre al este en mi caso, te da una perspectiva global de cómo va cambiando el mundo. Los paisajes, las razas, las carreteras, la arquitectura, las religiones y las culturas en general. Aunque detesto el ambiente y las gentes que rodean las fronteras, también me fascina el hecho de que una simple barrera metálica te haga cambiar de mundo, a veces no mucho pero otras veces el cambio es radical. La carretera y la moto te hacen ir asimilándolo poco a poco, con la serenidad que da estar dentro de un casco a solas, observando los cambios que a ambos lado de la carretera van apareciendo. Las primeras paradas, el comportamiento de las gentes ante un ser tan diferente, las gasolineras, los puestos de comida…

Hace seis días hoy que amanecí muy pronto en Katmandú. Como en esos chistes tan malos que afortunadamente ya no se escuchan, un inglés, un alemán y un español que cogieron un taxi dirección al aeropuerto. La ciudad a las seis de la mañana empezaba a despertar, se estaba cociendo el caos que después vendría. Katmandú, una ciudad caótica y decadente pero con algo especial y positivo que no sé muy bien explicar. No sé si es por estar rodeada de montañas, aunque la polución casi no deje verlas, o quizá por la amabilidad de los nepalís, o por venir de India que es más caótica y ruidosa aún. Por lo que sea, no sé, el caso es que me sentí muy a gusto allí y me queda un muy grato recuerdo.

La cosa es que con mis compañeros de viaje y mis legañas atravesamos Katmandú, reposando la frente sobre la ventanilla del taxi y observando por última vez la ciudad. Llegamos al aeropuerto, embarcamos, volamos, y en cuestión de cuatro horas el moderno gusano que se pegó a la puerta del avión nos escupió a un nuevo mundo, sin tiempo de  asimilar nada en este caso…

Bangkok y el desarrollo, con un aeropuerto enorme y ultra moderno, con aire acondicionado, con taxis esperando pacíficamente y sin golpes en la chapa, sin conductores que pitan para avisar que van a pitar, con edificios gigantes de ladrillos del mismo color, con asfalto liso, sin un puñetero bache en los tres carriles que nos llevaron al centro, sin basura acumulada en cualquier rincón, con alcantarillado.

Como Paco Martínez Soria llegando a Madrid, así mirábamos todo después de varios meses por países poco desarrollados y con religiones tan estrictas. Porque la bofetada que da ver la moda femenina en Tailandia, después de haber atravesado Pakistán, impresiona. En este caso nos alegramos de no ir en moto porque podríamos haber perfectamente tenido varios accidentes. Con lo tranquilos que estábamos en Pakistán nos decíamos…

Y ahora escribo esto desde un restaurante Tailandés con una conexión mejor que el ministerio de asuntos exteriores nepalí, después de varios días en Bangkok y empezando a asimilar el cambio. Esperando que mañana la moto esté preparada para seguir viaje, posiblemente dirección norte de Tailandia para después bajar al sur y buscar un lugar “paradiasiático” donde celebrar que empieza un año nuevo. …

….

Después de Teherán y Delhi, entrar en Katmandú me pareció un chiste. Mis indicaciones eran ir a Thamel, barrio turístico donde encontraría alojamiento y comodidades. Preguntando se va a Roma y Thamel debía estar en la misma ruta porque entré derecho. Me alojé rápido y esperé un par de días que llegara Marc, el alemán con el que tenía pensado volar.

Pedí tres presupuestos para antes que llegara él y todos parecían parecidos. Mientras me dediqué también a comer en restaurantes en los que si dabas la espalda a la ventana parecía que estabas en Europa. Incluso cuando llegaba la cuenta, que parecía la España de antes del euro. También a pasear por Thamel, un barrio que vive del turismo y que por ello no hay un hueco en el que no vendan algo. Casi siempre lo mismo por cierto, las tiendas son clónicas en secuencias de seis, comida, ropa de montaña, ropa local, librerías, internet a cámara lenta y alojamiento.

Al rato de llegar Marc apareció Duncan, un recién licenciado ingeniero inglés con cierto parecido físico con el tan nombrado Ewan. Antes de entrar en la dura rueda de la realidad de la vida, Duncan ha decidió viajar en moto desde Manchester a Sídney a visitar unos familiares, trabajar un tiempo allí y después seguir viaje por Sudamérica. Perfectamente podría tener el apodo de manos negras, viaja en una antigua ktm 640 y eso, junto a su mala suerte, hace que siempre tenga algo que arreglar en su moto. En varios días que llevo con él no le he visto un mal gesto con nada ni con nadie, ni con los camioneros que le sacan de la carretera, ni con los vendedores de lo que sea que le ven cara de bueno y le preguntan seis veces si quiere lo que sea, ni con un puñetero clavo que por enésima vez, hace que pinche.

Los tres juntos apalabramos el pasaje de las motos con el primer contacto que tenía, el que me había dado Pablo y que por lo que parece es el mejor, a Duncan también se lo habían recomendado.

(Eagle Eyes Cargo, cuando tenga tiempo pondré el contacto en su sitio dentro del blog, si alguien lo necesita antes que me mande un mail)

Con la alegría de tener el asunto encarrilado nos dimos un primer homenaje, el alemán y el inglés con cerveza y el español, con vino. Más típico imposible. Por una cómica cadena de sucesos, y con mucha alegría en el cuerpo después del homenaje, la noche termino en una carrera de ricksaws (un ciclista que propulsa un carro para dos personas) por las calles de Katmandú que a esas horas ya estaban casi vacías. Emulando la pasada Eurocopa, ganamos por la mínima a los alemanes, Inglaterra quedó ultima y pago los tres euros que nos costó dar la vuelta a la manzana a toda leche subidos en los chismes en cuestión, hasta la última recta que era en subida y en la que todos nos bajamos para empujar nuestros respectivos vehículos. Una risa la verdad.

Quedaban tres días para volar así que Marc regresó a Pokhara donde tenía asuntos pendientes que resolver.
Duncan y yo, ilusos de nosotros, nos fuimos a intentar ver el Everest. Mis preocupaciones por la suspensión habían quedado casi en el olvido cuando me pareció ver la ktm de Duncan a través de la inmensa mancha de grasa que la rodea. Es increíble, no le funciona el arranque eléctrico, tiene que hacer reglaje de válvulas, pierde líquido de frenos, los controles no le van, tira aceite por varios sitios y la estructura de las maletas se ha partido. Y creo que se me olvida algo.

Tardamos una hora larga en salir de Katmandú, cosa que al menos yo agradecí porque realmente conocí la ciudad, toda esa parte caótica y decadente que no se ve tan acentuada en Thamel. Después poco a poco fuimos adentrándonos en el Nepal rural, el de las montañas y carreteras pequeñas y bastante tranquilas. Nos dirigíamos a Giri, un pequeño pueblo a 2000 metros donde comienzan gran parte de los trekking que se acercan al Everest sin utilizar avión.

A 120 kilómetros de nuestro destino salimos de la carretera principal por un pequeño puente sobre un río grande y caudaloso y comenzó uno de los mejores tramos hasta la fecha, en términos moteros. Carretera casi vacía, montañas increíbles de 4000 metros rodeándonos y aldeas a ambos lados con gente dedicada a la agricultura y ganadería. Gente maravillosa que nos saludaba y sonreía y cientos de niños con sus uniformes volviendo del colegio. Una cosa que sorprende gratamente del Norte de India y Nepal es el nivel de escolarización, apenas se ven niños deambulando por las calles como en Pakistán, en África o en otros muchos sitios supongo.

Los obstáculos del día era algún que otro camión, los niños que a veces intentaban tocarnos, baches, y las montañas de paja que las mujeres depositan en la carretera para que los vehículos las aplasten. Acelerar más de la cuenta sobre ellas te podía dar un susto.

El otro obstáculo era la mala suerte de Duncan, al poco de empezar primer pinchazo. Paramos en una aldea de varias casas pegada a la carretera y alguno de sus pocos habitantes nos rodearon y no dejaron de observar a escasos centímetros como el bueno de Duncan y su paciencia, otro paciente inglés, desmontaba la rueda, sacaba la cámara y ponía una de repuesto.

PINCHAZO 2

Entre eso y la lenta salida de Katmandú se nos hizo de noche a treinta kilómetros de llegar, lo que supuso una hora de conducción nocturna por carretera de montaña llena de baches. A cambio del estrés que eso conlleva, la calma total de la montaña a esas horas.

Giri es un pueblo con cuatro hoteles bastante cutres que albergan montañeros en temporada alta, ahora que estaba acabando éramos cuatro los allí alojados. Casualmente uno de ellos era Sergi, un catalán trabajador autónomo al que la crisis le había invitado a darse un trekking de tres semanas. Estuvimos hablando en castellano, cosa que agradecí, y me contó un poco de su vida y yo a él la mía. Iba acompañado de dos personajes entrañables, su guía tibetano de sesenta años, que ya estaba mayor para hacer “ochomiles” y tenía que conformase con “sietemiles”, y su porteador, un chico de menos de treinta que para tres semanas de trekking llevaba un saco de dormir como único equipaje. No pensaba cambiarse de ropa y posiblemente tampoco ducharse, con los pantalones que él llevaba yo pasaría frio en Madrid en Marzo. Y pensaban subir a casi cinco mil metros, gente desde luego de otra pasta.

Esa noche nos convencieron de no intentar subir las cinco horas de pista infernal que nos llevaría a ver el Everest, después de andar casi otras dos horas y tener que volver al mismo lugar para dormir. Casi imposible.

Así que al día siguiente decidimos ir a la frontera con China, intentar al menos pisar su suelo y dormir allí. Recorrimos los mismos 120 kilómetros pero de vuelta, con luz de mañana y colores amarillos y verdes increíbles que el día anterior no pudimos apreciar. En las dos primeras horas además no nos cruzamos con ningún camión y apenas ningún coche, la paz era total y la sonrisa permanente, con esa sensación incomparable de libertad que da viajar en moto por parajes tan espectaculares y tan lejos de casa. Espero no olvidar esas sensaciones nunca.

En el paso más alto, dos mil ochocientos metros, surgía una pequeña aldea de cuatro casetas, dos restaurantes de comida local y dos tiendas de bebidas. Hay muchas aldeas de este tipo en las carreteras, viven del paso de gente, de los autobuses, coches y camiones. Las tiendas se convierten en casas por las noches y sus quince o veinte habitantes viven aparentemente de eso y de algo de agricultura alrededor. Frente a las casetas, al otro lado de la carretera y en lo alto de un valle sobrenatural, una mesa de plástico y cuatro sillas nos esperaban.

PINCHAZO

Duncan tuvo el gran detalle de pinchar por segunda vez en tan inmejorable lugar, con un cielo completamente azul que me hacía recordar a casa y con aire puro de montaña. Además en la rueda trasera, que el pobre tarda horrores en conseguir reparar y que cuatro manos en este caso no sirven mucho más que dos. Mientras Duncan reparaba, los locales apenas se acercaron, ellos se dedicaban a competir en un juego  de mesa y ellas, como siempre en estos países, a trabajar…

MUJER CARGANDO

Con retraso de nuevo terminamos los 120 km y en lugar de girar dirección Katmandú lo hicimos dirección China, unos  cincuenta  kilómetros en ascensión. La carretera empezó perfecta, serpenteando paralela al mismo río que habíamos cruzado y emparedada por un cañón gigante.

Poco duró el disfrute, la única carretera que comunica Nepal y China se  fue convirtiendo en piedra, arena y barro. De nuevo tramos de pista imposible pero esta vez con la moto cargada al máximo y con la suspensión tocada. Lo bueno es que seguía sin problema el ritmo de la ktm, lo malo vendría después.

Llegando a la frontera  aparecía el último pueblo nepalí, dos hileras de decadentes edificios a ambos lados de la carretera, una apoyada sobre la pared del cañón y la otra casi flotando sobre el río. Justo antes del pueblo esperaban más de trescientos camiones, a mercancías que entraran a píe, o a que los Ch
inos les dejaran pasar, no sé. Ruido, mucha suciedad y ambiente fronterizo  terminaban de decorar el lugar tan maravilloso que habíamos elegido para dormir.

Como era normal no pudimos pasar sin visado, pero sí  pudimos pasar  de  uno en uno andando al puente que hacía de frontera. Los militares nepalís nos dejaron llegar hasta la línea roja que pintada en el suelo marcaba el final de Nepal y el comienzo de China. Al fondo, en el lado Chino, un imponente arco con algo escrito en Chino y dos impolutos y rectos militares subidos en sendos pedestales, uno frente al otro y con el saludo militar casi constante. Nada que ver con los nepalís que me dejaron cruzar la línea de buen rollo y me pidieron que me hiciera una foto con ellos.

Ya puedo decir que he estado en China.

De nuevo, y aunque fuera de lejos, observé cómo cambiaba el mundo esta vez por un simple cruce de río. Arquitectura diferente, militares diferentes y normas diferentes, China en moto es casi imposible, lástima porque estando allí me imaginé lo bueno que habría sido poder pasar y olvidarse de volar.

Al regresar a la moto observé el desastre, el aceite de la horquilla ya encharcaba la pinza del freno y goteaba al suelo, e incluso un poco a la rueda. El último tramo y el peso habían terminado de cargársela y temía que el freno con tanto aceite goteando funcionara mal.

Aun así, y sabiendo que nos tocaría conducir de noche, decidimos abandonar lo antes posible aquel lugar nada agradable para llegar a Katmandú. Fuimos despacio y llegamos a las tantas, pero lo compensamos con una mega cena que nos hizo olvidar el cansancio.

Por fin llego el día de facturar las motos, a primera hora fuimos a la agencia y las tres motos juntas en mitad de Thamel sirvieron de entretenimiento a los comerciantes y turistas que pasaron por allí. Después nos dirigimos al muelle de carga del aeropuerto donde dimos un espectáculo para meterlas dentro sorteando decenas de paquetes que esperaban a pasar por las cintas de la policía.

Nos tocó esperar largo rato a que llegaran las cajas de madera en las que teníamos que meterlas, no sé cómo  apareció un balón, pero apareció y dimos otro espectáculo jugando al fútbol en la terminal de carga ante la complicidad de algunos nepalís que esperaban sus trámites.

Finalmente llegaron las cajas y acto seguido, manos negras. Las cajas venían desmontadas y había que subir las motos a la base, ponerlas el caballete central para después empezar el engorroso trámite. Fuera pantalla, fuera retrovisores, fuera cubre manetas, fuera rueda delantera, fuera guarda barros, desenchufar la batería, bajarlas del caballete y atarlas con cinchas. Después atar el resto de equipaje alrededor de la moto para una vez terminado que el carpintero hiciera la caja.

MOTO EN CAJA

Menos mal que éramos tres, por el soporte físico de subir y bajar las motos y por el soporte psicológico de estar acompañados. Una vez terminado nos tocó esperar hasta que aparecieron seis nepalís y nos dijeron:

Ahora hay que empujarlas a la cinta.

– Cómo? Pero no ha llegado la rueda aquí todavía? Y los elevadores? Si pesan más de trescientos kilos…

Mientras uno grababa el memorable momento, los otros dos ayudaban a los nepalís a empujar las cajas por la terminal de carga hasta la cinta de la policía, elevada unos cincuenta centímetros del suelo. Hubo que levantarlas y en el aire, apoyadas sobre uno de los cuatro lados, girarlas para que entrara por la cinta y que pudiéramos ver la cómica imagen de las motos pasando por los Rayos X y  la radiografía de las cajas, con el esqueleto de las motos. A la salida de la cinta más de lo mismo, bajarlas con el mayor cuidado posible para empujarlas hasta un almacén donde las despedimos.

Casi de noche, llenos de grasa, llegamos de nuevo a la oficina donde pagamos diferentes cantidades por volumen y no por peso. La más cara la Varadero, unos quinientos euros.

Esa noche volvimos a celebrarlo.

Al día siguiente volamos a Bangkok donde nos tocaba esperar tres días a que llegaran las motos. En esos tres días Duncan y yo principalmente nos dedicamos a preparar los arreglos de las motos y de paso perdernos en gigantes centros comerciales en busca de algún que otro juguetito tecnológico que nos faltaba. Se juntaron el hambre con las ganas de comer, el inglés es más “friki” que yo y lleva todo tipo de “gadgets”.

En una tienda de motos nos dieron un contacto del mejor taller de Bangkok aparentemente para arreglar motos de gran cilindrada, “Red Baron”, donde quedamos en llevar las motos cuando las tuviéramos para ver si las podían arreglar.

El lunes por la mañana aparecimos a las nueve en la terminal de carga del aeropuerto de Bangkok, una especie de ciudad gigante llena de hangares, oficinas de compañías aéreas, oficinas de funcionarios tailandeses, restaurantes, trabajadores y tráfico de camiones furgonetas y elevadores rodantes.

Tardamos seis horas en tener los papeles resueltos, llegamos con un papel para los tres y acabamos cada uno de nosotros con un fajo que se iban pasando de unos a otros, a veces sin sentido y otras con menos aun.  Atravesamos varias veces la terminal de carga en busca de nuevas ventanillas y funcionarios y  vimos como movían las motos una vez para después volverlas a llevar al mismo lugar.Todo con la amabilidad tailandesa y dentro de un funcionamiento mucho más ordenado y correcto que en España. Era como estar en las oficinas de Hacienda en Madrid pero con funcionarios que hubieran fumado algo raro esa mañana y no dejaran de sonreír.

Seis horas después, muy cansados de la espera, y ante la mirada de unos cuantos trabajadores de la terminal, nos dieron una palanca para que abriéramos las cajas mientras un inspector esperaba ver el contenido. Toda la tensión de la espera salió despedida en la forma que abrimos las cajas, mientras uno hacía palanca, los otros primeros a manotazos y luego a patadas las iban destrozando. Aparecieron las motos ante la sorpresa de nuestro público y sin daños aparentes. Nos firmaron el último papel y nos pusimos manos a la obra, manos negras de nuevo.

Después de casi nueve horas en el aeropuerto y de noche, salimos de allí eufóri
cos, habíamos ansiado el momento en el que circuláramos por Bangkok con nuestras motos. Tuvimos que eludir las autopistas que están prohibidas para las motos y eso hizo que tardáramos mucho  mucho en acercarnos al hotel, pero nos daba igual, cada parada en cada semáforo eran nuevas risas con tailandeses que nos miraban. Además Duncan y yo traíamos un nuevo  juguete de Nepal, el mejor accesorio que hasta la fecha he comprado. Una bocina de plástico con fuelle que emite un sonido digamos que contradictorio al volumen de la moto. Y en Nepal era gracioso, pero aquí es espectacular la reacción de los niños y no tan niños.

Casi llegando, un error nos llevo a dar una vuelta en busca del hotel y aparecimos en un cruce sin indicación, sin tiempo para pensar giramos a la derecha y nos metimos en una autopista…

… al fondo vi la silueta de un uniforme con la espada de Obi-Wan Kenobi, de negro él y la  espada de color fucsia reflectante, haciéndome señales para que parara. Lo rebasé de la inercia y en segundos de decidir qué hacer, me vino el civismo y paré en el arcén. Detrás Marc y Duncan hicieron lo propio.

El gendarme con su espada sólo sabía decir en inglés “permiso de conducir internacional” y “motos no permitidas en autopistas”. Intenté hacerme entender y explicarle que estábamos perdidos, le enseñaba el gps que marcaba un círculo absurdo alrededor de una bandera que era el hotel, le decía que éramos extranjeros y que no había señal. Daba igual, no quería entender nada.

Duncan se adelantó con su moto, se puso a su lado y con acento británico empezó con el mismo intento con el mismo éxito. En un ramalazo sajón metió primera y exprimió los bajos de la ktm escapando de Obi-Wan Kenobi y eludiendo por centímetros el espadazo de colores que el gendarme intentó propinarle. Yo miré a Marc que estaba detrás y decidimos no escapar, parecía peor si nos íbamos los tres.

Marc se bajo de la moto y empezó su intento absurdo a la alemana de intentar convencer al gendarme y su cabreo, en Tailandia por lo que he podido observar sólo los policías no sonríen.

Al estar al margen me dio para pensar en lo que estaba pasando y comencé a entender todo.

Por primera vez en mi vida, y con cierto miedo a la reacción, decidí hacer lo que parecía por un lado obvio que había que hacer. Metí la mano en el bolsillo y saqué el único billete decente que llevaba, 500 Bath (10 euros). Aunque era mucho pensé que era mejor eso que seguir en ese arcén.

Extendí la mano, llamé al policía que me miró, se acercó, comprobó el color del billete, lanzó su mano como un depredador, cogió el billete y casi al instante empezó a balancear su espada dándonos paso y con prisa para que nos fuéramos.

Para mucha gente puede ser una tontería pero a mi estas cosas me superan, el corazón me latió más de la cuenta durante un rato hasta que poco a poco, mientras nos alejábamos, se fue relajando a la vez que se me instalaba una sonrisa de satisfacción. Salimos de la autopista y paramos en un semáforo, nos miramos y empezamos a reír y a chocarnos las manos como si hubiéramos ganado algo. Y en el fondo fue así, aprendimos la lección desde el principio de cómo funcionan aquí las cosas, la próxima serán doscientos Bath y esperemos no titubear. En averiguaciones posteriores hemos sabido que la policía aquí es una mafia y que todo el mundo paga bajo cuerda cuando les paran, no sólo los turistas.

El fugitivo nos esperaba en el bar más cercano al hotel, en plena zona turística, al llegar nos abrazamos todos y montamos un poco de revuelo con las motos antes de sentarnos y celebrar el final victorioso del incómodo trámite de hacer volar las motos.

Mi moto estará lista mañana, en “Red Baron” no sólo nos atendieron muy bien sino que además nos dieron mucha confianza. Además de la suspensión, me están arreglando la  palanca del freno, cambiando el aceite y filtro (en India no había sintético), limpiándola, y después de mucho pensar, cambiando las ruedas. Decidí poner unas metzeler mixtas a bastante buen precio y tirar con ellas hasta Australia, con la seguridad que da no llevar ruedas de 30 euros . Lo que me encuentre sin asfalto a partir de ahora he prometido pasarlo despacio y no hacer tonterías.

Veremos si cumplo, porque también prometí dejar de fumar en Asia y me estoy liando un cigarro en este momento…

Gracias amigos

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19 Comments
  • dani
    Posted at 13:15h, 03 diciembre Responder

    jóven,
    que te estas quedando como

  • Diego
    Posted at 17:20h, 03 diciembre Responder

    Como siempre genial. Es un placer leerte. Nos tienes a toda España enganchados a tu aventura. Felicidades y suerte.

  • Julio
    Posted at 18:07h, 03 diciembre Responder

    Fantástico. La verdad es que estoy enganchado a la página, cada dos o tres días miro por si has escrito otra nueva entrada, y he de decir que tengo envidia (sana) del viaje que estás haciendo. Seguro que estás recopilando recuerdos y material suficiente como para escribir un libro tipo guía de viaje en moto (viendo como escribes, creo que no te resultará complicado, eres un crack).

    Seguiremos al tanto de las publicaciones. Suerte y gracias por relatar tan bien tu experiencia que hace que nos sintamos un poco aventureros y nos imaginemos estar ahí contigo.

  • anónimo
    Posted at 18:12h, 03 diciembre Responder

    Impresionante tu viaje… ya queríamos noticias de tus aventuras. Matu fue papá,opr si lo querés felicitar, y por si lee el blog, y el comentario, “Felicidades por Seve! (rino)”
    Besos.

  • Héctor
    Posted at 19:59h, 04 diciembre Responder

    Hola! De nuevo, te felicito por tu excelente redacción, de veras que espero con ansía mas de tus vivencias de tu recorrido para así poder compartir contigo tu sueño. Por favor continúa escribiendo.

    Saludos.

  • Flamauder
    Posted at 12:28h, 05 diciembre Responder

    Me alegro de seguir leyendote….Un Saludo.

  • Jaume
    Posted at 20:02h, 05 diciembre Responder

    Hola, veo que sigues adelante con la aventura.Adelante y animo, no dejo de sorprenderme con tus relatos.Saludos Jaume.

  • Paratito
    Posted at 19:43h, 06 diciembre Responder

    Ahora si que estas al otro lado del mundo!!!!
    Espero que no tengais que volver a soltar mas dinero a la policia thai, pero creo que eso sera dificil ya que con esas motos es un poco dificil pasar desapercibido.
    Seguid asi.
    Un abrazo!!!!

  • tu tio
    Posted at 19:45h, 06 diciembre Responder

    sobrino esto que nos cuentas es la leche y sigue con esa flor que te acompaña por esas rutas que me ponen los pelos de punta,sigue sobornado a los chapas pero ten cuidado en Australia que esos no se casan ni con su padre ya que tienen la misma mala leche que los yankis,muchos besos artista.

  • KARAKOLES
    Posted at 15:06h, 10 diciembre Responder

    IM-PRESIONANTE…llevo como 5 horas leyendote….increible…..no me e levantado del pc nadamas que para realizar mis funciones vitales basicas jajaja, una pasada….has conseguido meterme de lleno en tu mundo….podria imaginnar claramente las situaciones…el entorno… yo pensando si irme a Austria..y tu… en el fin dle mundo!!!

    UN 10 PARA TI!!

  • Diya
    Posted at 01:14h, 13 diciembre Responder

    Hello my love,

    Waoh!!!! Haven’t checked in for a while and you’re already on the other side of the world. God… from what I read from you’re amazingly descriptive writing, you’re having the adventure of your lifetime, as predicted. I cannot wait to see you and hear from you live all these amazing and unique adventures. Take care and have a safe trip.

    Your dear teacher who misses you.

    Diya

  • Pajara
    Posted at 18:59h, 15 diciembre Responder

    Charly, eres la leche, ya estas practicamente en las antipodas, animo y disfruta, como un buen amigo dice… “un viaje en moto no tiene destino, es un destino en si mismo”.
    Me alegro que hayas encontrado un buen taller donde reparar la suspensión.

    Saludos Javi

  • webrian
    Posted at 16:13h, 17 diciembre Responder

    quieto León!!

  • fer
    Posted at 09:56h, 18 diciembre Responder

    Animo. Nos tienes enganchados. Yo miro todos los días y me da pena no ver más entradas. Cuentanos más cosas aunque se que a veces es dificil. La envidía que me das,yo sentado en la oficina y tu viviendo a tope.

  • Rafa
    Posted at 13:51h, 18 diciembre Responder

    Bueno , simplemente decirte que me gusta cómo escribes porque enganchas. He pasado la página a varios amigos y todos comentan lo mismo.
    La página genial.
    Te deseo que sigan bien las cosas , que sigas con el diario (que sigo recuperandome de un accidente de moto y es mi gran salida) y una Feliz Navidad
    Saludos desde la más absoluta de las envidias por tu gran aventura.

  • Pakita
    Posted at 19:18h, 18 diciembre Responder

    A pesar de estar en las antípodas seguro que no se te olvidan los miniforages.. todo bien. Dont worry. y, a seguir el camino !!

  • jaimeleonu
    Posted at 12:15h, 20 diciembre Responder

    Hola

    hacía tiempo que no te leía nada para ya veo que todo marcha, enhorabuena.
    ¿qué recorrido piensa hacer por Australia? ahí sí te puedo ayudar en algo.

    saludos

  • SINEWAN | El golpe — El mundo en moto Sinewan
    Posted at 16:54h, 28 marzo Responder

    […] Vuelta al Mundo en Moto Sinewan. Capítulo anterior […]

  • Rober
    Posted at 01:56h, 19 enero Responder

    Hola, Charly.
    Te sorprenderá leer un comentario aquí, tanto tiempo después tu aventura. He encontrado tus viajes de casualidad y me he vuelto adicto a tus relatos y tus vídeos. Me impactan muchas de las cosas que cuentas por cómo las cuentas y lo que implican, y el efecto que tienen a nivel emocional. No te descubro nada diciendo que estás influyendo en mucha gente, más de la que imaginas, pero tengo que decirlo igual. Cuando hablas a la cámara realmente sentimos que nos hablas a nosotros. Gracias por hacer esto y por compartirlo (yo no soy motero, lo digo para que pienses que hay más gente siguiéndote de la que parece).
    No sé si estás ya en ruta ascendente desde Madagascar o no, pero te deseo lo mejor. Mucha suerte en la siguiente etapa y ánimo.
    Gracias.
    P.D. Para la siguiente “Elige tu propia motoaventura” pensaré en alguna idea chula.

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